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Full text of "Horacio Arredondo 1959 La Sociedad Uruguaya"

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HORACIO ARREDONDO 


LA SOCIEDAD URUGUAYA 

PASADO Y PRESENTE DE LA VIVIENDA 
EN MONTEVIDEO Y SU REGION 


Apartado de “Anales Históricos de Mon¬ 
tevideo”, Tomo I, Año 1957. 

Publicación del Museo y Archivo His¬ 
tórico Municipal. 


19 59 



LA SOCIEDAD URUGUAYA (*) 


Pasado y presente de la vivienda en Montevideo 
y su región 


Una visión algo fugaz pero lo suficientemente informativa sobre 
la habitación nuestra relacionándola con la perspectiva europea, prin¬ 
cipalmente la española, italiana y las propias de los demás pueblos 
que contribuyeron a la formación nacional, habilita para la presen¬ 
tación de sucesivos cuadros ilustrativos de su evolución en lo que se 
refiere al largo período comprendido en las últimas dos centurias. 

Hablar de tiempos más primitivos no corresponde desde que 
es de sobra conocido el hecho de que nuestros autóctonos vivían 
por ese entonces en el umbral de la civilización como pueblos nóma¬ 
des que eran, sin arraigo de clase alguna a la tierra, ya que vivían 
de la caza y de la pesca, y, de consiguiente de continuo debían trasla¬ 
darse de uno a otro lado, emprendiendo cortas pero efectivas emi¬ 
graciones obligados por haber agotado las reservas alimenticias pro- 


(1) Hubiera preferido titular esta contribución al conocimiento y estudio 
de nuestro pueblo con la calificación de “oriental” voz con la que durante casi 
dos siglos fueron conocidos en esta parte de América y aun en determinados cír¬ 
culos europeos, los viejos pobladores de la Banda Oriental para distinguirlos 
de los de la banda opuesta del rio de la Plata. 

A partir del XVIII, esos pobladores, sus hijos, nietos y biznietos fueron lla¬ 
mados “orientales” y basta la misma denominación oficial adoptada por el país, 
cuando en 1830 logró, —tras sangrientas luchas, aventar cinco dominaciones, espa¬ 
ñola, inglesa, argentina, portuguesa e imperial brasilera— y obtener la ansiada 
independencia política, la reconoce al denominarla “República Oriental del 
Uruguay”, precisando su situación geográfica. 

Tiene pues, para los hijos de esta tierra, la calificación de ‘‘oriental” un 
arcaísmo tan grato al oído como a nuestros sentimientos. Dice de una antigua 
estirpe generada en un existir de más de dos siglos plenos de luchas y de es¬ 
fuerzos comunes, pero la moderna tendencia viene desplazando la justificada otrora 
por una razón^ geográfica local, aquel llamamiento que tanto dice a nuestros cora¬ 
zones- y el viejo concepto de orientales” y “occidentales”, que desde hace muchas 


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ducidas por la naturaleza en los campos, los montes y los arroyos en 
que accidentalmente moraban. 

Debo decir que era un movimiento de rotación producido en 
perímetro determinado que transcurría rítmico dentro de la superfi¬ 
cie de su permanente habitar, por cuanto las áreas de dispersión geo¬ 
gráficas de las varias parcialidades indígenas que poblaban lo que es 
hoy el Uruguay, prácticamente estaban limitadas por convenios táci¬ 
tos acordados entre las diferentes tribus y su violación, sobre no ser 
común, era seguro motivo de cruentas guerras, pues cada uno defen¬ 
día lo que siempre había tenido por suyo. 

Por otra parte, se repetía lo sucedido en Europa y en las 
regiones del mundo habitado por el hombre en los períodos prehistó¬ 
ricos, desde que las parcialidades humanas comenzaron en todas 
partes su vida primitiva casi igualmente, con las excepciones inevita¬ 
bles en toda generalización: primero nómades viviendo de la pesca 
y de la caza; luego, poco a poco, agricultores; más tarde, paulatina¬ 
mente más sedentarios, subsistiendo del cultivo del agro y de los 
productos industriales y, finalmente de todas esas actividades más de 
su trueque, con las substanciales modificaciones de hábitos que esas 
mutaciones en la manera de vivir y las influencias de los climas traían 
aparejadas. 


centurias individualizó a los pueblos de Europa y de Asia, ha tomado más cuerpo 
y un amplio auge con motivo de encarnar en la fecha dos ideologías dispares que 
se disputan el dominio del mundo al punto que, en el concepto general, hoy 
oriental es sinónimo de los pueblos asiáticos y occidental de los europeos así 
como de los americanos. Conservar, pues, el nombre de oriental para nuestro 
pueblo es hermoso, pero preferimos seguir usándolo “en la intimidad”, pero no 
más, por cuanto, al exterior es calificación que induce a confusión. 

Algo por el estilo, no sucede a los americanos desde hace siglos con la cono¬ 
cida calificación de “indios” dada a los pueblos aborígenes de nuestro continente, 
nombre falso que fue motivado por el error de Cristóbal Colón y los hombres 
de su época, que nos llamaion de tal suerte convencidos que en el célebre viaje 
habían llegado a la India asiática, a la auténtica, ignorando que habían descubierto 
un nuevo continente. 

Y si en la esfera internacional se nos conoce por uruguayos, no hay motivo 
para titular este ensayo, por modesto y circunscripto que sea, de otra manera, 
reservando para usar el nombre de “oriental” para exclusivo uso nuestro, en opor¬ 
tunidades que no se presten a confusionismos. 


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CAPITULO I 


Distintos enfoques de los escritores de historia al examinar el pasado 
nacional. Las primitivas construcciones en España y en nuestro 
país. — La cocina y la alcoba en nuestro medio y en el mundo 
antiguo. — Virtual desaparición 'de la última en ta revolucionada 
planta de algunos ambientes de la casa moderna. — La estufa o 
chimenea en el presente y en el pasado, en el campo y en la ciudad. 


En nuestro medio, desde el comienzo de la labor en que nuestros 
estudiosos y hombres de letras comenzaron a registrar el pasado, se 
ha enfocado una y otra vez, por lo general, los sucesos políticos y mili¬ 
tares haciendo completa abstracción de todos los otros, de todo lo que, 
con aquellos, constituye la vida de un pueblo. 

Este fenómeno ha sido común y no sólo se ha circunscripto a 
nuestro país. Los sucesos políticos han ocupado por completo el inte¬ 
rés de nuestros investigadores, los que apenas si se desplazaron en 
este miraje ampliándolo a la vida privada de los políticos y de los 
militares, publicando o colectando en sus rimeros las “memorias”, 
formando su anecdotario y luego, felizmente con mayor visión de 
la realidad, describiendo las reacciones populares, pero casi siempre 
enfocando el matiz militar o político, centrando la atención de los 
lectores en torno al sentir de las masas en el juego de la política res¬ 
pecto de sus caudillos, juzgando su aporte inmenso y decisivo, sobre 
todo lo acaecido con motivo de la dolorosa gesta de la independencia 
y, luego, sobre el no menos doloroso e inquieto proceso de la consoli¬ 
dación nacional lograda tras una dura lucha de partidos y de los 
intereses de los hombres que polarizaban la atención nacional. 

De lo demás nada, ni tan siquiera en muchos cuadros más o 
menos completos del escenario en que la historia se iba escribiendo, 



con hechos materiales. En lo que se refiere a su geografía física y 
a su medio social, tal cual esbozo tímido a veces, mal pergeñado, 
incompleto otros, denotando a las claras una falta total de interés 
por conocer el medio que explica, muchas veces tantas cosas, con¬ 
templaciones o rebeldías, así como también omitiendo la evocación 
del medio social y el económico. Pareciera olvidarse o menospreciarse 
el juego de los intereses comerciales, no recordando que es el motor de 
casi todas las apetencias políticas o sus resultancias. En este cuadro 
poco lisonjero demás está decir que ha habido sus excepciones, pocas 
pero evidentes. 

Este fenómeno, repito, no es solo nuestro. Esa identidad de con¬ 
diciones casi es continental y lo explica el hecho de que es esa historia 
del pasado, la que más tarde atrae tanto al lector como al autor, y que 
se empezara a escribir en medio de las luchas candentes o en fechas muy 
cercanas posteriores, en las que predominaban aún el eco de las pa¬ 
siones en que las posiciones habían sido logradas, las más, no 
por la fuerza de los razonamientos y de las ideas sino a base de sangre y 
fuego casi siempre. 

De un tiempo atrás, felizmente, han aparecido contribuciones al 
estudio de la vida económica del país, al de su medio social y, más 
contemporáneamente, monografías que serán la base sobre la cual el 
historiador del porvenir, estudiará el pasado nacional como debe ser 
estudiado, de manera integral, dando a cada factor el sitio que le 
corresponda, determinando la exacta posición de las causas motoras y 
la actuación fiel del existir de las primeras generaciones uruguayas. 

La acción del político o del militar es, no sólo apreciable, sinó 
algo imprescindible, pero también lo es —y desde luego muchas ve¬ 
ces menos desquiciante y más constructiva— la obra de la cultura. 
Lograda la independencia, la acción encomiable de la primera hora 
de aquellos hombres, que con sus esfuerzos dieron existencia mate¬ 
rial a la nacionalidad, termina o se desplaza a planos secundarios 
desde que su misión fue llenada cumplidamente y queda limitada a 
la conservación del orden y a cuidar, como algo intangible, el libre 
juego de las disposiciones constitucionales que aseguren la marcha 
regular de la administración y de los bienes e intereses morales de la 
comunidad. Y, salvo casos excepcionales, nada más. 

Los hombres de ciencia —ingenieros, arquitectos, médicos, quí¬ 
micos, en fin, todos los profesionales— y los intelectuales —hombres 
de letras escritores, poetas, pintores, escultores grabadores, músicos; 


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los de acción material —industriales, ganaderos, agricultores, comer¬ 
ciantes; y la inmensa masa de los trabajadores manuales, de los 
artesanos — desde los que esculpen maderas, levantan edificios, la¬ 
boran la piedra o el mármol, cincelan los metales, fabrican los 
tejidos, dominan las complejas ramas de la mecánica — desde la 
obra de forja hasta los montajes de máquinas; la infinidad de va¬ 
nantes de las artes de la construcción: carreteras, puertos, aeródro¬ 
mos, la industria del transporte, etc. Todos estos hombres son los que 
en realidad forman y mantienen la nación, no han tenido aún su 
crónica orgánica que es más útil y más fundamental para la vida del 
país, ya que esas actividades, tan oscuras como fundamentales, son 
las que han forjado el bienestar de la nación y deben conocerse inte¬ 
gralmente. 

En el existir de esta masa hay y han habido siempre usos y cos¬ 
tumbres que la historia no se ha cuidado de registrar y comentar con 
la extensión que se merece y <u propia crónica —vasta y múltiple 
como ninguna— no ha merecido aún los desvelos de los hombres de 
estudio, lo que es lamentable porque ya, en sus distintos medios, se 
han registrado cambios fundamentales que apura anotar, por cuanto 
más distantes se hallan en el tiempo tanto más difícil será cap¬ 
tarlos para incluirlos en el inventario que debemos poseer para dar 
a cada uno el sitio que se merece en las pasadas actividades. 

La obra de esta multitud anónima es inmensa y, desde luego, 
su estudio apasionante. Es un tema casi virgen, por lo que estimo es 
obra útil ir tratando de saharla del olvido, exhumando todo cuanto 
se sepa sin temor a que sea aportación fragmentaria, pues la obra 
de conjunto, la perfecta, la harán los estudiosos que nos sucedan, que 
actuarán, es de presumir, en un medio de cultura más sedimentada y 
no como al presente en que los lectores del tema escasean, no son mu¬ 
chos, atraídos, los más, por otros que vienen siendo tratados de mucho 
atrás. Con todo, estoy lejos de ser pesimista, puc^ es fácil apreciar en 
ia producción bibliográfica de la hora, trabajos de indudable valor y 
aún obras de conjunto sobre aspectos concretos verdaderamente fun¬ 
damentales perfectamente enfocados y sujetos a los buenos cánones. 

Una verdadera autoridad en estos aspectos folklóricos, el escritor 
español Leoncio Urabayen, en introducción a su libro ''De la Ar¬ 
quitectura popular. La casa Navarra'’ (Madrid 1929) expresa: 
"La necesidad de hallarse seguro mientras descansaba obligó al hom- 


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bre a habilitarse la primera habitación que le sirviera de refugio. 
Mas pasaron los años y años antes que las sociedades adquiriesen 
estabilidad y se fijasen de un modo permanente en determinados lu¬ 
gares. Fue verdaderamente entonces cuando nació la casa, y cada día 
que pasaba fue atrayendo más la atención del hombre, hasta devenir 
con el tiempo uno de los productos humanos más cornplejos y más 
expresivos. De esta complejidad y expresividad se origina la riqueza de 
temas que salen al paso de cualquier investigador de folklore. Forzo¬ 
so es, pues, abstraer de la realidad ciertos aspectos con el propósito 
de conocerlos mejor, y esta es la intención que nos anima a ocupar¬ 
nos de la arquitectura popular en la casa navarra. Porque es bien 
cierto que esta puede estudiarse desde el punto de vista higiénico, pro¬ 
fesional, sociológico, geográfico, artístico y otros muchos más’\ 

Estos conceptos, por otra parte de sobra conocidos, explican la 
amplia perspectiva que al estudioso ofrece la consideración del tema 
comenzando a allegar materiales para uno tan vasto, a desarrollarse 
por otros, limitándome, en lo que me es personal, a dar mis impresiones 
sobre el casi virgen en nuestro medio, sobre el cual avancé algunos 
comentarios en el tomo I de mi obra “Civilización del Uruguay”. 

Y doy principio, por el clásico, el más humilde habitáculo, 
expresión de nuestra tierra donde no existen habitaciones subterráneas 
como en otros países de Europa, donde hoy todavía se resguardan de 
las inclemencias del tiempo las clases más escasas de recursos como he 
podido verlas en algunas regiones de España —Navarra, Andalucía, 
Granada, etc.— donde constituyen hasta el 40 % de las habitaciones 
de algunas aldeas —muchas de ellas, bastantes confortables dicho sea 
de paso, estimándolas en su extrema rusticidad— pues si bien carecen 
de los más indispensables servicios higiénicos, son extremadamente 
secas, muy limpias, bien soleadas y hasta térmicas— frescas en el 
verano y abrigadas en invierno, comparados con nuestros ranchos de 
fajina o con los miserables refugios de lata y maderas en desuso que 
suelen verse aún hoy en los suburbios de nuestras ciudades. Y las hay 
en Francia, en Suiza, en Italia, aprovechando barrancas. 

Desde luego se encuentran fuera del área de la piedra pero sí en 
el dominio del ladrillo y del adobe, en terrenos secos y consistentes 
por lo general. Al respecto dice el Dr. Jauristi: “No pagan impuestos. 
Se escoge un terreno yesoso, bien igual y compacto: un montículo 
que tenga un corte al N E. o al S. Se adquiere el permiso del Muni¬ 
cipio, por simple solicitud, casi siempre con motivo de una boda 


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próxima Es una manera de solucionar más o menos satisfactoria¬ 
mente, el problema de la vivienda modesta. No debe creerse que, 
como su nombre pudiera hacer suponer, que se trata de cuevas na¬ 
turales, cavernas y similares que pudieran haber servido de refugio 
a los animales salvajes en tiempo pretéritos. Se tíi^a de casas exca¬ 
vadas en un material natural apropiado, que se construyen a pico, 
de una o de dos plantas, que tienen un pequeño portal, cocina, dor¬ 
mitorios y cuadra, despensa y bodega. La cuadra suele recibir aire y 
luz por el portal, las demás habitaciones tienen ventanas al exterior 
—excepto la bodega— y aquellas dotadas de vidrios, son de madera 
y a la usanza general de la región, con sus jambas encaladas. Algunas 
poseen hasta balcones, pero sin saledizo. “Las habitaciones son gran¬ 
des y limpias, blanqueadas con cal ligeramente teñidas de azul. No 
hay puertas interiores o son escasas. Los dormitorios se separan por 
cortinas. El suelo está muy apisonado y es limpio. En algunas hay 
baldosas de barro cocido en alguna estancia. El mobiliario es el 
corriente y sencillo. Son característicos los tinajones pintados de alma¬ 
zarrón. La temperatura es siempre muy agradable. La bodega o des¬ 
pensa, oscura y profunda, hacia el N. es fresca. En todos los dormi¬ 
torios y cocinas entra el sol. No hay la menor humedad ni olor. La 
cubicación es más que la suficiente, aunque los techos son bajos — 
2.20 a 2.50 metros.—” (M 

En nuestros medios rurales este tipo de habitación no ha tenido 
el menor eco, y eso que no han faltado inmigrantes de regiones en 
que aquella es muy común como ya llevo dicho. Indudablemente que 
su habitación representa un esfuerzo humano considerable si se esta¬ 
blece cotejo con el que demanda la construcción de nuestros típicos 
“ranchos”, que existen por todos los medios rurales no sólo en Europa 
y en los demás continentes, aunque con características distintas en 
planta, nombre y alzado. 

Las manifestaciones humanas son similares en todas partes y es 
natural que así sea pues el hombre reacciona de parecida manera en 
todos los ambientes como lo denota la analogía de su genero de vida, 
de su casa, v de sus armas. Pero es el clima y el medio el que más 
establece las diferencias. Los justifican ampliamente las ^’ariantes, ya 


(1) Victoriano Jauristi cil. autor, a más, del interesante libro ‘‘Las fuentes 
de España” Madrid 1944 y de numerosos trabajos entre ellos uno sobre esmaltes, 
que lo llevaron a la Academia de Bellas Artes de Madrid. 


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que una casa del tópico no puede ser igual a la de un clima templado 
\ mucho menos la de uno frío. El exceso de piedra o de madera 
explica la preferencia de material y, en su ausencia, el ser humano 
recurre al adobe crudo o algo más primitivo y ligero que exige menor 
esfuerzo la choza de ramas, “de fajina", azotada con tierra mezclada 
con estiércol de ganado mayor que la recubre de un revoque que, 
bien tratado, impide por cierto tiempo la entrada del frío, del agua 
y del viento. 

Estas son las primeras manifestaciones de la habitación uruguaya, 
aunque debe recordarse que en tiempos anteriores al 1700, el abo¬ 
rigen construía su más que sumario habitáculo echando mano del 
material que más en cuenta le venía, que era el cuero de los anima¬ 
les salvajes, —del ciervo y del carpincho primero— del vacuno y del 
equino cuando el conquistador los trajo y se reprodujo de la manera 
prodigiosa por demás sabida. Y también de cortos lienzos formados 
de vegetales, presumiblemente junco y paja si en las inmediaciones 
la había, como anota el jesuíta Sepp usaban los yaros. 

El cuero, convenientemente extendido con ramas secas estirado a 
manera de los tablones de hoy, era colocado al capricho de los vien¬ 
tos y de las lluvias. Eran rústicas mamparas, movibles, que se ubica¬ 
ban como techo y como divisiones o paredes que se situaban para 
preservarse de la dirección donde las inclemencias atmosféricas ofen¬ 
dían con sus rigores; y tenían sobre las ramas, la ventaja de ser más 
fáciles de hacer, eficaces y de poder trasladarse a voluntad en las bre¬ 
ves mudanzas que provocaban los continuos cambios de campamentos 
a que estaban acostumbrados por imperio de la alimentación y guerras. 
Indudablemente que cortinas de ramas bien pobladas de hojas com¬ 
plementaban las paredes de cuero crudo, cemo es indudable que los 
lechos eran de cuero más o menos estirados sobre montones de pastos 
secos, blando y acogedor para los más sibaritas. 

Pero es verosímil que la cueva natural también se usó por el 
aborigen, y mucho, como lo demuestran el suelo de las cavernas na¬ 
turales, en que se han encontrado innumerables restos de la industria 
lítica y de la alfarería que fabricaban. Pero no eran cuevas subterrᬠ
neas, sino, huecos más o menos profundos —otras veces simples 
saledizos, que suelen existir en las rocas más o menos cortadas a pico, 
de la que hay ejemplares en las sierras, tanto al sud del territorio— 
la gruta de Lemes cerca de Aiguá, en Maldonado por ejemplo, o al 
norte, las concavidades nombrada Galpones en la comarca vecina de 


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Masoller, en Rivera. En cambio, en cuevas francamente subterráneas, 
como la de Arequita en el actual departamento de Lavalleja, no se 
han encontrado, —por lo menos que yo sepa— restos de objetos Uti¬ 
cos o de alfarería y eso que se ha removido todo el subsuelo para uti¬ 
lizarlo como abono en las vecinas chacras por estar compuesto de gua¬ 
no de los murciélagos que lo habitaron, quizá existentes aun hoy día. 
Y el hecho explica por ser prácticamente inhabitables por falta de luz y 
exceso de humedad, y, por tales causas sólo utilizables en caso de 
emergencia. 


Enfocando el problema de la consideración de la habitación, pa¬ 
sada la primera etapa del indígena salvaje, el deseo por comenzar por 
las células más importantes del conjunto, plantea una duda, ardua 
de resolver. ¿Cuál es el recinto de mayor categoría de acuerdo con el 
rol que jugó en la vida de la familia? ¿La cocina, donde está el fuego 
ancestral, donde se gestaba diariamente la alimentación de todos o 
el dormitorio, elemento tanto más principal cuanto en él, normalmente, 
se cumplen las tres funciones capitales de la vida la concepción, el 
nacimiento, la muerte? 

Así la cosa cabe una tercera posición. En las casas más modestas, 
en las más humildes, 1? función principal cupe a la primera, pues 
allí está el hogar en su acepción primigenia, de fuego, la utilitaria 
fogarada. Y en torno a él, en las familias más primitivas y en las 
económicamente más desamparadas, en la vecindad del fuego se vive. 
De ahí sale el alojamiento, a su derredor, en invierno (y en los climas 
fríos casi en todo tiempo; está el calor, el elemento que vivifica el 
cuerpo y torna grato y acogedor el ambiente. Luego, a su vera, como 
directa consecuencia de esto, se hace la tertulia y, comenzada la 
noche, a su derredor, estratégicamente se dispersan les más despro¬ 
vistos de comodidades para dormir. Es pues, también, alcoba. 

Entrando en materia, echando la primera hojeada a nuestra 
civilización, el indio dormía cerca del fuego virtualmente a pleno 
cielo, o junto al misme, dentro de su carpa primitiva de ramas o de 
cueros sin curtir. Luego, el gaucho, durmió también junto o inme¬ 
diato al rescoldo de las brasas, según la temperatura del ambiente, y 
en las interminables noches de invierno procuraba reparo contia el 
frío en más estrecho contacto, y allí se estaba, junto a los perros y 
gatos de la modesta vivienda, que horas antes había procurado el 


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mate y el asado. Porque el perro, y más tarde el gato fueron los prime¬ 
ros animales domésticos foráneos que se incorporaron al grupo familiar. 

El dormitorio nació pues en nuestro medio —y en casi todos los 
primitivos— en la cocina vernácula. Es hijo del fogón hecho sobre 
el suelo al centro del rancho construido de palo a pique y techado de 
cueras \o paja y aún colocado paralelamente al rústico paramento 
del mismo material o de junco y otros sucedáneos, con zócalo de 
piedra unidas con barro. También del de terrón y techo de quincha. 
A\ principio, junto al fogón indigente de todo pero pleno de eficacia 
para preparar la comida, se tendían los cueros sobre el suelo, junto 
a las paredes, los cojinillos y, como elemento principal, en un 
ángulo, el recado utilizado por el jefe de familia y los mayores, 
mientras que el elemento femenino y los menores se recostaban 
también en cueros y cojinillos o en tal o cual rústico colchón — 
los primeros— hecho a base de lana de las últimas zafras colocada den¬ 
tro de rústicas bolsas de arpillera. Todo el mundo dormía vestido, ape¬ 
nas si los mayores calzados se quitaban los “tamangos” o se despoja¬ 
ban de las botas de potro o de baqueta de talabartería. Esta costumbre, 
que nos parece intolerable hoy, también se seguía en Europa en las 
clases similares y más altas aún del XVI y XVII, como luego se verá. 

Avanzando en el tiempo y en la comodidad, el rancho primitivo, 
tuvo al principio un solo ambiente: el descripto. Pero después fue 
perfeccionándose, y rápidamente. Tuvo dos cuartos, uno cocina y 
otro dormitorio para los padres y aquí nació la cama rústica de pies y 
travesaños de madera de monte, de complicada red de cuero trenzado, 
o sólo estirado, criollo jergón que sostiene el ya mencionado colchón, 
donde aparecieron las sábanas mucho después, desde luego, del poncho 
o ponchos que de noche se usaban como cobertores. Y en donde la^^ 
manos femeninas fueran industriosas se vieron mantas de tejido rústico, 
pero mantas al fin, para mayores y menores —según las medidas, todas 
del mismo tipo— y aún lo son en los lugares más atrasados, más amplias 
que las jergas, que los “sudaderos” que se colocan sobre el caballo 
bajo la carona para no lastimar el lomo con el recado. También hoy 
en los ranchos más coquetos, sirven de alfombras colocadas a vo¬ 
luntad pero principalmente, junto a las camas, para posar los pies 
desnudos al subir o al apearse. 

Sobre la inconveniencia de esta promiscuidad, en capítulos si¬ 
guientes, hay una constatación de Espinosa por demás sugestiva. 


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En la ciudad colonial el proceso comenzó más o menos igual, 
pues las primeras casas de los poblados fueron simples chozas que, 
con el andar del tiempo mejoraron, posiblemente con un ritmo 
más acelerado que en el medio rural, pero siempre en los planos mo¬ 
destos que me han venido ocupando aunque estos ni por asomo, debe 
crearnos un complejo de inferioridad. 

De estas características extraordinariamente primitivas nosotros 
no debemos soprendernos pues, en las demás partes del mundo, sin 
excepción, idénticos fueron los comienzos. “Los egipcios, ya en la época 
histórica, pero un par de miles de años antes de Jesucristo, usaban 
camas más que primitivas, igualmente que los griegos, pero el romano 
fue el que empezó a dotarla de todos los halagos que la hicieron 
apetecible. Y la herencia romana fue de sus antecesores, los etruscos. 
El dormitorio etrusco era una habitación única: para comer, dormir 
y orar, construida con barro, cañas y tablas. Después, y por las fami¬ 
lias pudientes, se hizo de piedra. No existía más comunicación al 
exterior que la puerta; la luz penetraba por una abertura cuadrada 
situada en el centro del techo, que permitía el paso de la lluvia para 
ser recogida en una pequeña alberca situada también en el centro, 
de la habitación. Eso era una casa etrusca, y eso mismo era un pa¬ 
lacio, salvo la diferencia en algunos de los materiales y en las piezas 
del ajuar. La limitación de espacio en la vivienda etrusca no permite 
suponer que hubiera para los lechos de dormir alguna estancia reser¬ 
vada. Hay, por el contrario, la tradición de que sólo había una cama 
para el matrimonio montada sobre una tarima; los hijos y los esclavos 
dormían sobre el suelo en los rincones”. 

Al respecto, vuelvo a seguir la autorizada opinión de Juan de 
Lafora cuando dice: “En los países en que el feudalismo ha tenido 
más arraigo, la cama, durante los siglos oscuros de la Edad Media, 
es la pieza esencial de la vivienda; emplazada en la estancia más 
amplia —y alguna vez única— de la fortaleza o castillo, es exage¬ 
radamente grande, capaz de dormir varias personas. En algunas oca¬ 
siones ese inmenso lecho se comparte con extraños, pero hay que 
advertir que por no ser corriente todavía el uso de las sábanas, se 
dormía vestido, y es de suponer que envueltos individualmente en 
mantas o capas, aunque un gran cobertor tapara a todos. A los 
tres Reyes Magos se les ve durmiendo juntos en un bajo relieve de 
la Catedral de Chartres como la cosa más natural del mundo". 

Cuesta creerlo, pero así eran las costumbres de esos tiempos 


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pretéritos, difíciles de comprender en ciertos aspectos pues nuestro 
modo de sentir y de pensar se resiste a admitir como normales procedi¬ 
mientos que eran corrientes como lo son al presente las modalidades 
que nos dificultan esa evocación del pasado. 

Recientemente he tenido oportunidad de admirar una monu¬ 
mental cama de pabellón de este tipo, en el Museo Victoria & Alberto 
de Londres, típico ejemplar de arte inglés del 1500 al 1660 pertene¬ 
ciente al estilo Túdor y principios del Stuart pleno de artesanía y de 
esculturas (M. Aunque evidentemente se trata de un mueble de lujo 
de una extraordinaria suntuosidad, es de una por demás elocuente 
representación de esa costumbre, pues comprueba su uso en las clases 
más altas, habiendo en otras colecciones europeas, otros ejemplares 
de más modesta ornamentación pero de semejantes y aún mayores 
características según versión verbal de quienes allí, en el momento de 
mi visita, lo custodiaban. 


Antes de entrar a considerar con más amplitud el rol desempe¬ 
ñado por la alcoba en nuestro medio, deseo hacer algunas considera¬ 
ciones sobre las mutaciones últimas, como un saludable desahogo 
para mi espíritu fuertemente impresionado con las revolucionarias 
costumbres que en estos días apuntan por el mundo, trastornando 
quizá más de lo eludible, el orden económico en la exposición. 

La suerte que, generalizando, parece le espera a la alcoba, por 
lo menos en las urbes populosas donde la falta de espacio material 
para levantar la vivienda humana a precio razonable, hace sacrifi¬ 
car ambientes que cuentan con una tradición casi milenaria, es lo que 
sugiere determinadas consideraciones. Es indudable que, por lo menos 
en ese aspecto está en plena y radical mutación de lo que antes fuera, 
de lo que antaño significaba en la vida espiritual y material de la 
familia. La alcoba se va. Lo que acertadamente hace casi dos siglos 
calificara Javier de Maistre en libro célebre —“Viaje alrededor de 
mi cuarto” — como el tálamo del amor del hombre, su cuna y su 
ataúd, se retira, por lo menos en los medios ciudadanos de las urbes en 


(1) De la ficha de clasificación del Museo que luce junto con la reproduc¬ 
ción con el N" 131 en “Maslerpieces in llie Victoria & Albert Museum” London: 
His Majesty’s stationery office, 1952, reproducida en la página 133 de este trabajo. 


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progresión de aumento prodigioso, pero queda el consuelo que perdu¬ 
rará en las tranquilas poblaciones de provincias y hasta me permito 
augurar siglos antes de que se erradique de los medios campesinos 
porque la fuerza de la tradición en éstos es más fuerte que la presión 
utilitaria de las urbes. 

En aquellos sitios de progreso agudo, ya no es cama, es otra 
cosa: por lo general es un canapé o un mueble híbrido que debido a 
simples y más o menos ingeniosos manipuleos, se convierte en cama, 
en asiento tipo sofá, en mesa, perfectamente aparente para esos 
varios usos. 

El ambiente recoleto en que nacimos, sereno y cordial, con una 
tradición de siglos, se va alterando profundamente desplazado por 
nuevos imperativos de la vida moderna, distinta por cierto, en más 
de un aspecto, de la que nostálgicamente se retira. Y la cama es su 
primera víctima, esa cama en la que pensamos, durante las horas 
tensas de trabajo del día, descansar de vuelta al hogar; en la que, 
exhausto el cuerpo, consumidas durante el día las energías en la lu¬ 
cha diaria tras “el pan de cada día” pensamos utilizar también en la 
noche ya cercana reparando en sueño profundo los esfuerzos derrocha¬ 
dos en la labor diurna. El mueble de los días fríos, el confidente de las 
horas de enfermo, el acogedor de los feriados, se va de la gran ciudad 
y ya no es posible ir pensando en las delicias de la siesta diurna después 
del almuerzo, en las gratas tardes del “sábado inglés”, en el amplio 
campo de regodeo propicio a la felicidad de los humanos sanos. El 
hueco de esa nuestra almohada predilecta no será tan propicio, ya 
que el ambiente ha cambiado, para acunar nuestros sueños, para, 
inmovilizados gratamente entre las blancas sábanas, al amparo ama¬ 
ble de los necesarios cobertores, meditar en el problema que la vida 
presenta cada día, sopesando el pro y el contra sobre lo que corres¬ 
ponde hacer al día siguiente. Ya no será posible, con los ojos entre¬ 
abiertos mirando en la penumbra —o, cerrados, adivinar en ese 
ambiente recoleto— los contornos de los muebles familiares, el espa¬ 
cio ocupado por la puerta, la ventana. No, esa pieza ha sido elimina¬ 
da por los arquitectos en algunos de esos edificios absurdos que se 
llaman rascacielos, que no son más que antiestéticas colmenas huma¬ 
nas, de cemento, pues el hombre ha terminado jx)r copiar a la abeja 
tales recintos abominables, en que también hay calefacción y tempe¬ 
raturas uniformes sea cual sea la estación, como en la colmena o en 
el similar recinto de las hormigas, de los termites, lugares donde la 


— 14 — 



personalidad del ser humano ha comenzado a desintegrarse para 
convertirse en una unidad más, que, al paso que vamos va a ser el 
final de nuestro decantado progreso. 

La alcoba ya no es tal; es, sigue siéndolo materialmente pero sólo 
en parte pequeña, casi infinitesimal. Ahora es el “estar'’, el “sitio de 
recepción*', el “lugar de tertulia'’, el espacio más despersonalizado, el 
más ruidoso de la casa. También es, a la vez, comedor, sala de jue¬ 
gos, un comodín de inocuo perfil. 

Para peor, para comenzar un desarraigo tal, para llegar a estos 
extremos, han venido actuando, paulatinamente, miles y miles de 
personas, de las acomodadas desde luego, disponiendo de medios que 
hacen fácil la vida, que ya no nacen ni mueren en los ambientes de an¬ 
taño. . . Lo hacen en los sanatorios o en los hospitales, fríos lugares 
plenos de higiene, colmenares en los que sólo está ausente la reina 
madre, ahitos de comodidades, pero faltos de calor de hogar, tan 
manoseados como los felpudos o los lupanares. Tal ha sido el co¬ 
mienzo de la ineludible defenestración de nuestra personalidad. Esos 
lugares tienen a su cargo la importante misión de recibir y expeler 
al ser humano a la llegada y a la salida de este picaro mundo. . . 
Y todos tan contentos. Las nuevas costumbres nos han ido preparando 
para estos trances fundamentales; y a fe que lo han hecho a mara¬ 
villa, insensibilizándonos, cloroformándonos, de manera tal que el 
hombre de nuestro tiempo no siente por ello el menor dolor. 

La evasión para el viaje eterno se realiza sobre una fría cama 
de tipo estándar, todas iguales, blanca de cobertores y plena de im¬ 
pecables brillantes niquelados o de neutros y opacos cromados (al 
fin por lo menos una variación), sitio en el cual se repite, periódi¬ 
camente, por cientos y por miles el mismo suceso, pues allí se consume 
la vida humana como antaño se consumían las velas en una palma¬ 
toria de mesa de luz, apenas si dejando rastros prontamente borrados 
por la buena atención del servicio. 

Ya no existe el consuelo al moribundo de echar las últimas mi¬ 
radas, el vistazo postrero, al ambiente familiar donde esa cama que 
lo sostiene centra todo un pequeño mundo, que él creó o contri¬ 
buyó aerear con su esfuerzo, hombre o mujer. Espacio testigo de to¬ 
das sus intimidades, recinto colmado en plenitud de todo lo pasado 
en la vida que es la visión fugaz y nítida que el moribundo recibe en 
un adiós venturoso aunque nostálgico; acto en el que se ve rodeado 
por todos los suyos y, al estar solo, acompañado por el cortejo amistoso 


— 15 — 



de los recuerdos dentro del viejo marco familiar pictórico de evo¬ 
caciones. En cambio allá, en el frío sanatorio, al llegar el instante fa¬ 
tal, hasta tiene la conciencia que a poco se irá pero ni siquiera trans¬ 
poniendo la puerta principal: saldrá por la puerta excusada del 
fondo como “resto” que ya es. . . 

Pero, como ya dije, eso no sucede aún en el interior del país, 
en los medios rurales, y en las poblaciones del interior, donde si bien 
ya han aparecido los sanatorios y los hospitales, el dormitorio, la al¬ 
coba familiar, tardará en desaparecer porque significa mucho en el 
pasado ancestral de la especie humana, y es ambicionada y buscada 
por todos, pobres y ricos. 


En el pasado de la alcoba, remontándonos hasta los más distantes 
días de la historia, puede apreciarse la unanimidad del sentir general 
por crearla, adonarla, mejorarla, haciendo de su ambiente lugar de 
reposo para el cuerpo a la vez que de recogimiento para el espíritu. 
El más compendiado examen denota una preocupación similar en 
todos los pueblos, que la ansian para hacerla deseable, artística, si¬ 
lenciosa, buscándose de preferencia ubicarla en el lugar más recoleto 
d^l recinto, para el logro de esa particularidad. 

Si bien hay ventajas poderosas, sobre todo de orden higiénico y 
de mejor atención facultativa de los expertos en medicina, que acon¬ 
sejan y justifican la preferencia que en la actualidad se da, con razón, 
en los medios de mayores adelantamientos materiales para utilizar el 
sanatorio y el hospital, como elemento primordial, no creo que esté 
en el mismo caso la eliminación de la alcoba en los edificios caracte¬ 
rísticos de la clase media como tampoco en los más populares y 
mucho menos en los medios rurales, aún cuando se me alcanzan las 
poderosas razones de orden material que aconsejan posponerla adosada 
a servicios mixtos. La perspectiva, cada día más apremiante, de la falta 
de servicio doméstico en el mundo, viene también conspirando contra 
ese recinto tan pleno de tradición y de poesía. No se me oculta que su 
desaparecer es seguro por los motivos apuntados, j>ero muchos como 
yo, desearán que eso tarde en llegar. 

No es nuestro deseo dar ni siquiera una ojeada sintética sobre la 
evolución habida en este mueble, adminículo otrora esencial —catre, 
cuja, etc.— en las civilizaciones, pero sí deseo dejar constancia que 


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la evolución fue muy lenta y sólo el curso de los siglos la transformó 
en base del mayor refinamiento que se lograba. También destacar que 
en nuestro medio el salto fue brusco, cosa natural por cuanto, en 
todas las materias, los pueblos nuevos como el nuestro, se aprovechan 
de la experiencia ajena, rápidamente adoptando sus mejoras, en todos 
los órdenes de la vida, incluso en los períodos iniciales, —como hemos 
dicho— pues el estanciero —no el paisano común— más modesto de 
nuestro XVIII dividió su rancho en tres habitaciones de primera in¬ 
tención: al centro el fogón, cocina, “estar”, sitio de reunión y a am¬ 
bos lados, dos aposentos, uno para el matrimonio, el otro para los hijos. 
Paralelo al rancho principal, a diez, quince o veinte metros, un rancho 
en un todo similar: dentro, al centro el fogón, etc., de los esclavos pri¬ 
mero, de los peones después; y a los lados una o dos habitaciones igua¬ 
les en un todo al rancho principal en la que moraban los hijos mayores 
solteros cuando había un solo aposento y, cuando dos, los esclavos, la 
peonada. Las hijas mayores solteras, en el principal, ocupaban ellas 
solas la habitación que había cobijado en sus principios a todos los 
“gurises” sin distinción de sexos. 


Ya en pleno XIX, he creído ver en las grandes estancias vecinas 
a la frontera de propiedad de familias de ascendencia portuguesa o 
brasileña, la influencia del mobiliario lusitano, pues he observado arrum¬ 
badas más de una cama de pabellón, trabajadas aunque muv rústica¬ 
mente en ese tipo de amoblado. 

En la ciudad colonial el mobiliario fue español siempre, de ma¬ 
nera que la cama española con sus variantes —gallega, andaluza, ca¬ 
talana, vasca, etc.,— matizó la uniformidad de lo que fue siempre el 
mueble principal. Le siguieron las sillas y las mesas y también a me¬ 
nor distancia, los antiguos arcones hispánicos, de los más distintos 
modelos por cuanto nunca hay que olvidar que si bien predominaban 
los en extremos sencillos, venían muchos magnates, funcionanos 
de jerarquía, militares de alta graduación y también marinos, que 
traían sus comodidades y que, al retorno —cuando lo hacían— ven¬ 
díanlos, por lo general, para alivianarse de equipaje en esos años de 
minúsculas bodegas, y hacerse de algunos pesos extra pues, con lo 
bien pagado que era, fácilmente podían adquirir a su llegada a la 
península objetos similares en condiciones más económicas por lo 


—^17 — 



general. También no debe desdeñarse ni mucho menos, el aporte de 
le > comerciantes ricos, de los proveedores de las fuerzas armadas pe¬ 
ninsulares, que eran candidatos indicados para la compra de lo que 
pudieran dejar los altos funcionarios a su retiro, sin perjuicio de ha¬ 
cerlos traer directamente a la par de sus mercaderías para lo cual 
contaban con la gran ventaja de su experiencia en el transporte, dili- 
genciamientos aduaneros, sin olvidar que disponían de la buena vo¬ 
luntad de sus representantes en las distintas ciudades donde el mo¬ 
blaje estaba siempre al alcance de la mano. 

Esta uniformidad del mueble español en el XVIII, se rompió 
por completo en el XIX y en lo que va del XX. Las invasiones ingle¬ 
sas de 1806 trajeron el mueble inglés que fue muy bien recibido no 
sólo por la novedad sino que por sus líneas, su practicidad y las como¬ 
didades que ofrece, al punto de seguir mereciendo el interés de consi¬ 
derable público. Antes, el portugués traído por el contrabando y más 
tarde por las lógicas ventajas que le procuraron el cambio al tor¬ 
narse el país —muy a su pesar y pese a su heroicidad— en provincia 
Cisplatina. Lograda la independencia, los estilos franceses entraron 
casi soberanos a favor no sólo de su riqueza y hermosa ornamenta¬ 
ción sino porque también la moda los impuso. Más tarde, ya mediado 
el XIX, el artístico mobiliario italiano, aparatoso, tratado en nogal, 
muy bien acabado y con magnífica artesanía de ebanistas, sobre todo, 
conquistó el gusto del público manteniéndola la fortísima corriente 
inmigratoria que lo popularizó desde los modelos de suma suntosidad 
hasta los más modestos. El mueble flamenco tuvo su influencia a tra¬ 
vés del español pero en cambio los estilos alemanes, sobre todo el 
hamburgués, sólido y rico, tuvo sus grandes admiradores a fines de 
la centuria. 


Con posterioridad, a fines del XIX, en la ciudad, en las habita¬ 
ciones confortables, hubo una incursión del fuego en el dormitorio, 
de carácter permanente, para darle confort, como había habido otra, 
accidental, mejor dicho, no permanente aunque diaria. Me refiero al 
haberse adoptado, siguiendo los modelos europeos, las chimeneas a los 
dormitorios, como antes —en el XVIII y principios del pasado siglo— 
los braseros y calentadores de distintos tipo, de hierro o de bronce, 
de las diversas formas, muchos realmente artísticos. Estos calentado¬ 
res, tuvieron otras modalidades pues, reducidas de tamaño y variando 
de forma, y también de metal —de cobre— aparecieron, para las 


— 18 — 



camas, los que se introducían entre las sábanas segundos antes de 
reposar y finalmente, fueron desplazados por los porrones de barro 
—el clásico de “ginebra" y también de “cervezas”— y por los eléctri¬ 
cos en forma de tubos metálicos niquelados con resistencias conve¬ 
nientemente aisladas dentro del tejido, o en alfombritas de lana como 
cobertores, hábilmente disimulados los alambres conductores, todos 
desplazados a su vez por la calefacción central, y ahora por la losa 
radiante. 

Volviendo a los calentadores, también hicieron su aparición en 
el comedor, como calientafuentes o platos, ya más “paquetes”, 
pues si bien los había de bronce, tampoco faltaban los de plata cin¬ 
celada o no, siendo la mayoría de metal blanco. El calentador triunfó 
en esto, como en sus similares de pie, que contenían brasas, saliendo 
el calor por una rejilla sobre la cual, a manera de escabel, ponían sus 
cansadas extremidades los abuelos y los enfermos, coincidiendo con 
la estufa o chimenea en su función de mayor abrigo en las habitacio¬ 
nes, ya fuera de la alcoba, dormitorio, escritorio, comedor y hasta 
patios cubiertos. Me refiero, desde luego, a las casas acomodada^!, 
pues las familias de menores recursos se defendían perfectamente de las 
inclemencias invernales con los braseros, mucho más baratos por cuanto 
con sólo una o dos decenas de pesos se obtenían de bronce, buena 
parte sumamente artísticos con o sin pie, mientras que las chimeneas 
costaban cientos porque había que horadar las paredes y luego la 
armazón de la base exigía decoración, en mármol de Carrara al prin¬ 
cipio, insumía una suma mayor. Evidentemente, de mármol, de pór¬ 
fido, de hierro o madera, etc., las había muy artísticas, y contribuían 
al decorado del salón. 

Pero tenían sus serios inconvenientes y aún sus pequeñas trage¬ 
dias ambos sistemas de calefacción incluso el tipo conocido “salaman¬ 
dra”. Estas y las chimeneas funcionaban a base de carbón de distin¬ 
tos tipos y densidades, y leñas las últimas también. 

Y pese a ser miles las instaladas, o por defecto de las cajas 
de humo o por los conductos de tiraje deficientes, muchas ahumaban, 
algunas al punto que era preferible no usarlas. Hoy todo eso se ha 
corregido y las estufas de leña se hacen en todos los ambientes, desde 
los más rústicos a los más confortables, hasta donde existe calefacción 
central, porque es tan cautivante la vista del fuego de la madera, 
crepitante o no en las chimeneas, hay un encanto tan grande en ver 
como él va avanzando consumiendo los leños, es tan poderoso imán 


— 19 — 



todo eso, tan profundamente incide en la mente, que siempre lo he con¬ 
siderado un colapso ancestral que recibe el hombre de las generaciones 
de los tiempos primitivos. Esto es lo que lo induce a adoptar en su 
casa de hoy, plena de comodidades, ese atractivo primario, mucho 
más poderoso que la radio con televisión, sobre todo en ciertos mo¬ 
mentos en que el ser humano hundido en un sillón junto al fuego, 
se amodorra o se deleita viendo el desarrollo del proceso de disgregación 
que lo acompaña siempre desde que nació y que, de seguro, proseguirá 
hasta la consumación de los siglos. La contemplación del fuego en esas 
condiciones es tan poderosa como la del mar observado desde la costa. 

Y volviendo a las incomodidades del humo de las chimeneas 
mal construidas que provocaron no pocos sinsabores cuando no se 
tenía la experiencia necesaria para hacerlas tirar, sea cual fuere el 
viento reinante, recordaré las tragedias de los braseros que han cau¬ 
sado no pocas muertes a los imprudentes dormidos en ambientes ce¬ 
rrados, víctimas de las emanaciones carbónicas que producen, por lo 
cual su desplazamiento fue acelerado usándose hoy sólo en muy con¬ 
tados ambientes rurales, siempre por los motivos de escaso costo que 
lo propicia. 

También, esta modalidad de los braseros alcanzó otra utilización 
en todas partes. Me refiero a las planchas-braseros, usadas aún hoy 
en las sastrerías, etc., con preferencia a las eléctricas, que si bien en 
buena parte suplantadas por éstas en la ciudad, en las estancias si¬ 
guen siendo utilizadas para el planchado de la ropa blanca regu¬ 
larmente. 


En la Edad Media las casas rurales españolas —y las de casi 
toda Europa— eran muy distintas a las actuales, acercándose las más 
modestas a las nuestras, al tipo de nuestros ranchos de la primera hora, 
ya felizmente, en plena evasión hacia la posteridad. Los aldeanos ha¬ 
bitaban chozas cubiertas de paja, de esparto quizá, mientras, por lo 
menos en la parte central y norteña, los pudientes, habitaban torres 
macizas, de piedra trabajada o de común mampuesto, escasa de aber¬ 
turas, oscuros edificios prismáticos, a veces, casi siempre de cuadrada 
planta, con varios pisos con entrada en la segunda, con puente 
de quita y pon, sostenidos por pavimentos de madera, unidos por 
escaleras también de madera, que se podían destruir en poco tiempo, 
en caso de necesidad, porque esos edificios asumían a la vez funciones 

— 20 — 



de fortalezas. Allí convivían colectivamente numerosas personas, pues 
el aposento particular no se conocía y mucho menos los lechos indivi¬ 
duales, refinamientos que sólo aparecieron muy adelantado el Rena¬ 
cimiento. Después alumbraron las fortalezas —palacios, claro, antes 
que las abaluartadas. 

Desde luego que las estufas no se conocían y los destartalados 
ambientes se caldeaban por braseros de hierro que a veces eran sim¬ 
ples cajas enrejadas provistas de ruedas que facilitaban su traslado, que 
se utilizaron para hacer menos frígido el ambiente de ciertos rerintos 
muy amplios, como el de las catedrales, las amplias salas de consejos, 
y otros lugares de reunión. 

La estufa colocada en un hueco del muro hecho exprofeso cuan¬ 
do la edificación de la casa —o realizada después—, con su tubo de 
tiraje o chimenea, vino de Francia a España y simultáneamente a 
América, donde el sibaritismo ha sido siempre la regla de una pobla¬ 
ción propensa a los placeres sin que este goce excluyera su vigor para 
las empresas rudas y heroicas, pero tardó mucho en difundirse por 
prejuicios que la situaban propensa a pulmonías y parecidas cala¬ 
midades. 

Si bien penetró en el siglo XV, su desarrollo lento no perjudicó 
la construcción de algunos ejemplares notables, pues los estetas y el 
gusto por las artes, en especial esto último, y la mayor comodidad de 
los ambientes templados, no es excluyente de la tendencia al existir 
monacal, adusto, que ha sido y es característica especial de la España 
ruda y aventurera. No es de extrañar que en nuestro territorio, colo¬ 
nia española hasta los primeros años de la pasada centuria, no con¬ 
tara con esta comodidad en los modestos edificios construidos en la 
época virreinal que, en lo relativo a ese siglo, abarcó el período de 
mayor florecimiento material del país. 

Los ecos de la prosperidad lograda por España con anteriori¬ 
dad y por casi trescientos años merced al torrente de oro que de 
nuestra América fluía a sus arcas, le procuró la realización de in¬ 
gentes obras suntuarias encauzadas en la magnificencia de sus cate¬ 
drales, y en la construcción de inmensos palacios, como el Escorial, 
aparte de una serie de suntuosas re idencias levantadas por la nobleza 
y corporaciones beneficiadas por esa prosperidad que les llegaba de 
allende los mares de manera caudalosa y, al parecer, inextinguible. 
Es así, que ya en el XVIII las magníficas residencias abundaban, 
pero de ese esplendor que a fa\or de esa riqueza material \ al refi- 


— 21 — 



namiento propio de Italia y de Francia si algo se benefició en Ame¬ 
rica, se reflejó en la sede de los dos virreinatos principales, Méjico 
y el Perú, pues el Río de la Plata, que con el correr de los años 
habría de sobrepasarlos en riqueza y suntuosidad, era por ese enton¬ 
ces una colonia pobre donde el florecimiento de las artes no tenía 
la menor posibilidad de desarrollo. El medio era muy modesto y no 
daba para refinamientos, apenas si para vivir. 

Fue de mediados del XIX y en adelante, cada vez en ritmo 
más firme y ascendente, cuando todos los refinamientos de la civiliza¬ 
ción, todas las representaciones materiales por ella producidas que 
hicieron irrupción en el Plata, tanto en la Argentina como en el 
Uruguay, simultáneamente, pero en aquella más que en ésta respecto 
de cantidad, pero con absoluta igualdad de aceptación así como de 
gusto pues es conveniente señalar un paralelismo en todo, tanto en 
la construcción como en las artes decorativas, como en las industrias 
aplicadas, en la manera de vestir, prácticamente en todo, hasta en los 
defectos sin duda. Hoy día, se sindican estos otrora paupérrimos paí¬ 
ses platenses, en la avanzada sudamericana en lo que se refiere a 
incremento cultural y bienestar y comodidades de que gozan tanto las 
élites como las masas ciudadanas, sin que esto excluya, claro está, los 
núcleos de muy altos quilates que se observan en las demás naciones 
hermanas del continente al sud y aun a la orilla del Caribe. 

Entrando en detalles, mediado el XIX ya no hay diferencias 
con España en lo que respecta al tema. Y la casa uruguaya no po¬ 
dría ser la excepción, máxime la fuerte herencia peninsular que se 
acusó poderosa como ninguna, sobre todo en el patio durante todo 
el siglo pasado, como lo evidencia la propia observación y lo confir¬ 
man el testimonio unánime de los viajeros que han señalado los nues¬ 
tros como típicamente andaluces o gaditanos, con alzados circundan¬ 
tes de neta influencia italiana, sin duda alguna. 


Al tratar el tipo de cocina de firme integrando el núcleo princi¬ 
pal de la casa, el marqués de Lozoya nos informa que en ella, por 
lo menos en el campo, la gente adinerada, “se congregaban señores 
y pecheros, como aún sucede en las casonas de labranza, en que, en 
las veladas de invierno, se congregaban al amor del fuego los amos 
y los gañanes”. Y también es esa costumbre muy criolla en el pasado 


_ 22 _ 



y aún en el presente, en este caso, en algunas estancias de “criollos 
de ley" a la que el “patrón" y sus hijos concurren a la cocina termi¬ 
nada la diaria tarea, para “matear”, para comentar las incidencias 
de la jornada, las novedades del “pago” y para recibir el personal las 
instrucciones a seguir en los trabajos del cercano día. O simplemente 
para “prosear”, para intercambiar ideas, pues la existencia del tra¬ 
bajador rural, es muy individual y por lo tanto, solitaria. 

Este lugar de tertulia es muy común, reitero. Es el nexo de vin¬ 
culación que mantiene la unión entre el propietario o arrendatario y 
sus subordinados, en que la jerarquía de aquellos jamás se desco¬ 
noce. Todo transcurre en un ambiente de cordial y amplia camara¬ 
dería pero donde, pláceme señalarlo, en democrática y hermosa con¬ 
vivencia social, todo el mundo gana. El patrón, en el peor de los 
casos, ladino, hábil “tironeador de lengua”, en esos contactos, por lo 
general suele hurgar en el sentir de su peonada, permitiéndole un me¬ 
jor conocimiento de sus aptitudes, del ambiente imperante en sus su¬ 
bordinados, a la vez que le procura que éstos, acercándose al que está 
en una posición económica muy superior, si obran con cálculo pero 
con habilidad, sin el menor desmedro de su yo, sin adulonería, pueda 
“ganarle el lao de las casas” como muy bien califica el decir popular 
al acto de captarse la confianza de terceros. De día, el propietario y 
sus hijos, aquilatan en campo abierto las aptitudes físicas, las habili¬ 
dades del “mensual”, del “puestero” o del simple jornalero; al atar¬ 
decer, final de la labor, siempre en una corta hora, pues el lecho a 
todos temprano los reclama, se sondean las almas con una finalidad 
un tanto egoísta, pero muy humana, conveniente para ambas partes, 
y muy útil para que impere un ambiente cordial en el trabajo. 

Uno de los más tempranos, calificado y hábil escrutador de 
nuestras cosas, el ilustre escritor británico —W. H. Hudson— ya des¬ 
tacó en su “Tierra purpúrea” (^) describiendo las modalidades de 
nuestro medio rural, al referirse a los distintos aspectos de la libertad 
humana, dijo: “En cambio aquí, el señor de muchas tierras e innu¬ 
merables rebaños, se sienta a platicar con el asalariado pastor, po¬ 
bre y de.scalzo, en su humoso rancho, sin que los separe ningún sen¬ 
timiento de casta, ni que el sentido de sus posiciones, tan distante 
una de otra, enfríe la viva corriente de simpatía que une a dos co- 


(1) Novela regional uruguaya del tiempo antiguo. 


— 23 — 



razones humanos. Que alentador es hallarse con esta perfecta liber¬ 
tad de trato, templada solamente por aquella innata gracia y corte¬ 
sía propia de los hispanoamericanos. Que cambio para la persona 
que llega de países donde hay clases altas y bajas, cada cual con sus 
numerosas y detestables subdivisiones; para el que no aspira a aso¬ 
ciarse con la clase superior a la suya, y que sin embargo, se estremece 
de aversión del servilismo y humildad de la clase inferior a la de él'’. 

Desde luego, a estas tertulias no concurren el elemento femenino, 
ni el allegado a los propietarios y ni el de su servicio, pues la reunión 
no se hace en la cocina de aquellos, sino en la otra, la de hoy donde 
sólo se calienta el agua para el mate y se suele preparar alguno que 
otro asado, pues la comida para todos se hace en la de aquel por lo 
general, excepción de los grandes establecimientos. Esta exclusión de 
la mujer quizá obedezca, en algunos casos, a la influencia árabe que 
la excluye del trato masculino, pues lo regular es que, en los medios 
rurales de clase media europeos, es que todo el mundo, patronos y 
asalariados, esté presente. También puede ser el deseo de dar más 
libertad de expresión a la tertulia muchas veces convulsionada de 
risa por algún cuento “verde'’ y también, porque dada la rudeza del 
medio, no es conveniente exponer al elemento femenino a una con¬ 
vivencia nada prometedora, desde que la excesiva familiaridad, so¬ 
bre todo entre los jóvenes de ambos sexos, no es oportuna. 


Como ya he expresado, un elemento que desde fines del XIX 
hasta el presente ha venido difundiéndose al punto de imperar en 
la fecha, soberano, es la estufa en su acepción corriente de aparato 
estable para caldear habitaciones incorporado a la pared, ya sea en 
pleno lienzo, ya en el ángulo de los aposentos con su conducto al 
exterior que provoca el con\eniente tiraje de los materiales en com¬ 
bustión —leña, carbón— encendidos en ella que se llama comúnmente 
“chimenea'’. 

Estufas, chimeneas, son las expresiones corrientes, pero suele 
usarse más la de chimenea, al punto que se le calificó —principalmente 
antaño— con el de “chimenea francesa " pues es indudable que el 
país galo es su patria de origen en lo que se refiere a la península 
ibérica, conviene aclarar, pues en el frío norte europeo el antbiente 
se caldeaba de esa y otras maneras de mucho atrás. 


— 24 — 



Estos términos los define la Real Academia Española en su co¬ 
nocido “Diccionario de la Lengua Castellana" (14 edic.j así: “chi¬ 
menea: 1" Conducto para dar salida al humo que resulte de la 
combustión. 2” Hogar o fogón para guisar o calentarse, con su cañón 
o conducto por donde salga el aire. Chimenea francesa: La que tiene 
el hogar en un hueco abierto en la pared y está guarnecida de un 
marco". Esta sería la acepción castiza pero en nuestro medio, comparte 
con la estufa la calificación vulgar. 

En realidad son hogares, fogones, o como se quiera llamárseles, 
destinados a la calefacción de habitaciones individuales que funcionan 
mediante el empleo de leña sobre todo. El carbón, en sus distintos ti¬ 
pos: de piedra, de leña, coke, ha decaído casi totalmente y .'ólo se 
emplea en una variante, la “salamandra", que necesita una gran 
corriente de aire para actuar, cuyo oxígeno consume, de este modo 
para mantenerlo en continua combustión. Los gases, el humo y el 
aire caliente que produce, se expelen por la chimenea a la que ascien¬ 
den por lo que se llama el “tiro", corriente de aire que succiona el 
existente en el aposento, renovándolo continuamente. 

Este es el tipo de estufa o chimenea usado al presente en el 
país por el cual se caldea el ambiente de los aposentos sólo per irra¬ 
diación del calor que provoca el fuego del hogar, pues los otros sis¬ 
temas de aprovechar el agua caliente introduciéndola en tuberías que 
recorre templando la temperatura de los distintos ambientes, no es¬ 
tán en uso sino en la ciudad, salvo excepción. Lo están pero en hogar 
independiente colocado en el subsuelo de los edificios que los po¬ 
seen con la variante, que al accionar las llamas sobre una caldera 
llena de agua, ésta recorre las cañerías convenientemente incrustadas 
en las paredes, pisos y circulando en un vaivén de ida y vuelta, apa¬ 
reciendo las tuberías al descubierto de distinas maneras en cada apo¬ 
sento, dispositivos que se llaman “radiadores", como se llama a todo 
el sistema, calefacción central; u ocultas bajo los pavimentos que reca- 
licntan, tal el sistema llamado “losa radiante", última modalidad. 

Desde el año 1900 por lo menos las estufas con diferentes adap¬ 
taciones estuvieron en uso en muchas partes en los climas fríos dcl 
universo y servíanse del aire caliente, como ya se ha dicho, entubado 
convenientemente, para caldear las habitaciones. Tales sistemas están 
aún en uso en muchos ambientes ciudadanos y en todo el interior 
rural de Rusia, Finlandia, etc., y su uso representa tornar habitables 
lugares en que sería casi imposible vivir sin esa comodidad. 


— 25 — 



La estufa o chimenea francesa entró en nuestro medio, como dije, 
de manera similar que en España, desterrando los braseros de antaño 
clásico adminículo de que se servían nuestros abuelos para mitigar los 
rigores de nuestros cortos y a veces soportables inviernos, con vientos 
helados pero sin hielo. 

La estufa de leña coexiste con la electricidad, la calefacción cen¬ 
tral, la losa radiante, el aire acondicionado y otros medios modernos 
en que se busca el confort, no sólo como elemento decorativo impor¬ 
tante de los aposentos que ocupa, sino que también, para mejorar la 
vida del hombre procurándolo precisamente por esa extraordinaria vir¬ 
tud que tiene el fuego que arde en su hogar que “es apacible y serena el 
alma”, invita a meditar, concurre de manera poderosa a hacer soñar 
y allega el reposo, siendo un calmante, un calmante excepcional para 
disminuir la excitación nerviosa que procura el diario y áspero cho¬ 
que que nos procura el diario vivir. Me refiero exclusivamente, a la 
estufa de leña, la otra, la de combustión a carbón, sólo nos beneficia 
con el calor, recuperador de las perdidas energías en les duros días 
de nuestro invierno, a condición claro está, que en uno u otro sistema, 
los registros que regulan la combustión obren efectivamente, normal¬ 
mente, sin tropiezos de clase alguna porque, de lo contrario, es toda 
una pequeña tragedia la que provoca, como ya anotara. 


Hurgar en los antecedentes históricos de la estufa es remontarse 
a los orígenes de la humanidad. En las “Monografías de arte y ho¬ 
gar” que desde hace unos años viénese publicando en Madrid, en 
lo que respecta al viejo Mundo se dice en el tomo inicial: “Los ci¬ 
mientos institucionales de Europa están presididos por la propagación 
del fuego, ya sea a bordo del bajel helénico, la escuna vikinga o el 
escuadrón de veregos, navio de la estepa, y la chimenea simboliza 
nuestro sistema patrimonial, sentado ante sus troncos encendidos el 
patriarca, como en la saga islandesa, en que las mujeres recitan ver¬ 
sos épicos y el más joven acaricia sumisamente los hombros del más 
viejo”. Lo mismo puede decirse en lo fundamental, de los otros pue¬ 
blos de la tierra, sin excepción alguna y, por tanto, nuestro hombre 
primitivo, el aborigen, no podía e^^capar a la regla, como lo evidencian 
los restos de fogones que se suelen encontrar en nuestros antiguos 
“paradores” de las costas del e>te, donde las huellas de la combus- 


— 26 — 



tión están presentes en las cenizas y las marcas del hollín en la alfa¬ 
rería lisa u ornamentada que desde mucho atrás se viene descubriendo, 
sirviendo tanto para la coción de los alimentos como para lo demás. 

Desgraciadamente, hasta la fecha, yo por lo menos no he tenido 
la suerte que en mis andanzas por esos lugares de haber hallado ves¬ 
tigios más completos del antiguo fogón aborigen, como en Suiza, en 
Drachenhohle, donde se han encontrado las piedras colocadas en la 
disposición conveniente para sostener la leña encendida —aunque no 
es menester mayor esfuerzo mental para imaginarlo y realizarlo— lo 
que puede considerarse primer tipo de hogar, tal como se hace aquí y 
en todas partes de suerte de ubicar los leños en forma de que el 
aire circule obrando a manera de soplete, activando el fuego. Si seguro 
es que el fuego lo hacían por el intencionado choque de los silex (ma¬ 
terial que utilizaban para muchos fines, incluso la confección de fle¬ 
chas) actuando sobre un montón de hojas secas o de otros elementos 
de origen vegetal, que colocaban bajo cañas débiles o ramitas secas, 
superponiendo luego los troncos grandes, hasta llegar a los enormes 
que en abundancia suministraba el árbol criollo, de manera de con¬ 
servarse por largas horas y aún el día para evitarse la tarea del 
nuevo encendido, es también evidente que el elemental dispositivo de 
las piedras siempre debió empiarse. Ciertos orificios superiores que 
suelen encontrarse en lugar inmediato a la parte superior de las vasi¬ 
jas pudieran hacer pensar que también cocinaban suspendiendo sus 
ollas con ramas verdes, o con tendones animales, pero es lo positivo 
que este detalle no excluye el otro, ya que el procedimiento es común 
en los pueblos que integraron el paleolítico y las épocas más moder¬ 
nas en el pleno vivir de primitivos. 

Lozoya, en otra parte de su monografía, asienta: “Los pueblos 
mediterráneos no gustan de introducir el fuego en el interior de las 
casas, sino que prefieren cocinar en hogares dispuestos en recintos 
abiertos, para evitar en las estancias el olor del humo y de los man¬ 
jares. Todavía en el Levante de España, en cuyas costumbres dejaron 
su huella fenicios, griegos y árabes, es costumbre que las mujeres 
guisen la mayor parte del año en hornillos situados al aire libre. 
Roma, en esto como en tantas cosas, viene a resumir des culturas 
contrapuestas mediterránea la una y norteña la otra. Así la casa 
romana conserva el “atrium’' estancia con el techo abierto, en re¬ 
cuerdo de las cabañas etruscas, con una abertura para la salida del 


— 27 — 



humo, y admite también el gran patio porticado de la vivienda 
mediterránea”. 

Dada la estrecha relación de los núcleos pobladores que al fu¬ 
sionar con el aborigen o entre sí, han forjado nuestra nacionalidad 
—español e italiano— esa costumbre de los pueblos sureños europeos, 
se observa en el país en la habitación primitiva de nuestros campesi¬ 
nos, de los gauchos del XIX y también del XX si se mira la disposi¬ 
ción de la vivienda rural más modesta. En el núcleo de los ranchos 
que constituyeron nuestras estancias más antiguas cuando se dis¬ 
ponía de dos piezas, la primera se destinaba a dormitorio y la otra, 
frontera a la cocina, cerrando o dando forma un tercero —cuando se 
contaban con más comodidades— actuaba de galpón para la con¬ 
servación de cueros, etc. Concretando, era el depósito. Y esta caracte¬ 
rística de la planta primitiva rural lo permitía la benignidad del 
clima, que procuraba el aislamiento del lugar donde se cocinaba, 
como un elemento de mayor comodidad. Y lo mismo acontecía con los 
países linderos al Mediterráneo de clima templado, que también faci¬ 
litaba el aislamiento; pero, en los países de ambiente frío, tanto en la 
Europa norteña o central, o en los sureños, del extremo sud de nues¬ 
tro continente, la cocina estaba incorporada al núcleo principal y 
como su célula más significativa. 

Cuando el progreso desplazó el rancherío de la primera época, 
cuando los edificios de firme, de piedra o de ladrillo, dieron la soli¬ 
dez apetecible a la casa rural, tanto aquí como allá, la cocina pasó 
a ser una de las unidades del edificio más representativa, pero el 
humo y los malos olores fueron combatidos con cierta eficacia, por 
las campanas una veces y por orificios de salida de aquellos, con el 
tiraje deseable para la eliminación de los molestos efluvios propios de 
la preparación de alimentos, cuando no se dispuso de chimeneas para 
la evasión del molesto humo. En cuanto a los hornillos portátiles aquí 
se usan y se han usado siempre, no tanto por el alzamiento de los ma¬ 
los olores de la comida sino por su economía. 

Lozoya en otra de sus producciones, apunta también otra laceta 
interesante de la casa hispana que si bien nos aparta algo del tema, 
da cierta unidad a este esbozo retrospectivo, pue^ hace girar la cons¬ 
trucción sobre sus dos puntos fundamentales: el fuego y el agua. 

“En dos grupos se podían repartir las familias del viejo conti¬ 
nente donde estuvo la cuna de la civilización: las que se agrupan 
alrededor del fuego, en el hogar, que adopta las estructuras más 


— 28 — 



diversas a lo largo de los siglos, y las que desarrollan la vida domés¬ 
tica en torno a la pieza de agua-fuente, estanque o aljibe, situada en 
el centro del patio. En España, campo de batalla entre Oriente y 
Occidente, rosa de los vientos que a todas partes apunta, están los 
más bellos patios que pudieran soñar los poetas, solazados con la mú¬ 
sica y el frescor de su> fuentes; pero en ella es fácil estudiar también 
los más diversos ejemplos de chimeneas que puedan encontrarse en 
parte alguna, pues la Península, con sus altiplanicies heladas y sus 
comarcas montañosas, requiere, de Tajo arriba calefacción en las 
estancias". 

No entran en el marco de esta contribución la consideración de 
este nuevo aspecto de la vivienda, que aquí como allá como acullá, 
es similar en climas semejantes aunque el matiz de las variantes es 
infinito, todas o casi todas productos del medio. 

Predominaron en la habitación ciudadana —de la ciudad— los 
fogones adosados a los muros pero sin campanas. Los de este tipo 
clásico español comenzaron a usarse en algunas de nuestras grandes es¬ 
tancias, las primeras quizá inglesas, pues al acaparar con más eficien¬ 
cia y por métodos simplistas el humo de la habitación, permitía al 
personal, en los días lluviosos del invierno, ya de vuelta del trabajo, 
hacer más amplia la rueda en torno al fogón, secándose las ropas 
mientras circulaba el mate amargo, sin el inconveniente del exceso 
de humo casi siempre propio de los fogones primitivos. 

No sé por qué no han tenido mayor andamiento en el país los 
de campana central, “roncaleses" como se le llama en tierra de los 
“godos", por las grandes ventajas que presenta en las estancias de 
numeroso personal o en las familias campesinas donde se goza de 
bienestar y se cuenta con prole numerosa. El espacio que ampara con 
su calor se cuadruplica exigiendo con el mismo volumen de fuego, 
vale decir, con igual consumo de leña y son más viables aún las ven¬ 
tajas y comodidades que ofrece para calentar las macizas “pavas", 
calderas y calderines de agua para el mate, para el uso culinario y 
para los otros menesteres. 

En la nueva cocina del pabellón del personal del parque nacional 
de Santa Teresa hice construir dos hace algunos años — otro en el 
Parador del salón de té del cerro de Montevideo— y veo que en am¬ 
bientes de mayor comodidad se vienen instalando algunos otros, que 
serían muchos más, no me cabe la menor duda, pero estimo que 
posiblemente su mayor costo y el temor a que “no tiren" atemoriza a 


— 29 



muchos, ya que significan una variante del común, pues el riesgo a 
que la habitación se llene de humo siempre persiste, pese a que arqui¬ 
tectos y constructores tienen hoy una mucho mayor práctica que los 
de antaño, aunque ninguna en este tipo. 

El que tire bien una estufa es, para muchos hogares, una cosa 
tan capital que, de fallar, trastueca el símbolo de felicidad familiar 
cual lo califican con sobra de razón más de uno. 

A más de las proporciones entre las dimensiones del hogar y la 
caja del humo, hay también el escollo del tiraje variable por la mayor 
o menor amplitud de las chimeneas no fácil de fijar con exacti¬ 
tud, como tampoco lo es regular la renovación del aire de la ha¬ 
bitación, encauzando la circulación del que existe en el aposento 
hacia el hogar, por medio de toberas o al través del cenicero cuando 
el se utiliza sirviendo de sostén a los leños. Hay que ocurrir a los 
croquis hechos por los especializados, no por el primer audaz —como 
a menudo acontece— que por ignorancia o por exceso de “toupet” 
se creen autorizados para hacerlo. Hay muchos aparentes detalles 
nimios que no lo son, que, por el contrario, revisten cuantía y, entre 
ellos, está no sólo el diámetro de la embocadura, la caja de humo 
y la altura de las chimeneas cuando aflora al exterior, pues siempre 
debe sobresalir a las cumbreras y en sitio donde masas de edificación 
inmediatas, no dificulte el codiciado tiraje. 


El erudito Director de Bellas Artes de España, citado marqués 
de Lozoya, comienza su ilustrativo trabajo “La chimenea en la histo¬ 
ria” del tenor siguiente: “La historia del hogar es la historia del fuego, 
cantado por San Francisco De Asis entre las cosas bellas y útiles, como 
el sol, el agua y nuestra piadosa hermana la Muerte. Es, mejor dicho, 
el poema del fuego en tanto ha sido utilizado por el hombre. El fuego 
es apacible y serena el alma, y ha recibido de Dios la amigable vir¬ 
tud de congregar. Atrae a los dispersos y los reúne en su torno, y es 
propicio a la dulce conversación. El hace suculento los yantares, y 
el sueño tranquilo y profundo. El sirvió para que fuese posible ofrecer 
sacrificios a la divinidad. Es el gran inventor de cuentos, de fábulas 
y de poemas y, en resumen, a él se debe en parte muy principal la 
suavidad de las costumbres, las útiles in\enciones y el agrado y so¬ 
siego de la vida”. 


— 30 — 



No puede pedirse una síntesis más poética y realista de lo que 
significa para la humanidad. Su importancia es vital y, por tanto, no 
es de extrañar que en este siglo XX sobreviva, poderoso y triunfador, 
tanto en el suntuoso palacio como en la humilde cabaña. 

Las estufas de mármol, sin campana, con repisa y, sobre ésta, 
el clásico juego, el reloj flanqueado por dos candelabros de varias lu¬ 
ces, —de bronce casi siempre dorado, otras de porcelana, etc.— apa¬ 
recieron en Montevideo mediado el siglo XIX, y este tipo marca no 
sólo una evolución —se vivía en pleno período post-romántico— sino 
que revoluciona en España y aquí los medios de calefacción, des¬ 
terrando de la ciudad los braseros, pues también en los años en que 
los costumbristas Larra y Mesonero Romano después, hacían sus 
crónicas impregnadas de poesía y de realismo popular, él imperaba en 
la península. Al respecto se lee en “El Semanario Pintoresco'’ de la 
villa del oso y del madroño corriendo el año 1839 “En la mayor parte 
de los pueblos de Italia, y en casi todas nuestras provincias, no se usa 
más que el brasero para templar el vigoroso frío del invierno, y sólo 
en Madrid y en alguna otra capital se principia ya a desterrar este 
mueble para sustituirlo con las chimeneas”. 

Fue en este tipo de estufa donde la leña comenzó a sustituir al 
carbón por lo cual los canastillos de hierro ocuparon el sitio de 
aquélla donde ardía el mineral y más tarde, la “salamandra” cerrada. 
Caldeó —como ya expresara— no pocos ambientes, pero quitándole 
el encanto de la clásica fogata lenta, convirtiendo los grueso troncos 
en ascuas al término de las horas, felizmente hoy vuelta a hacernos 
compañía, en especial en el campo, trayendo una vez más belleza y 
alegría a los ambientes que favorece, regresando su clásico utilaje; las 
pinzas, las palas, la escobilla, los “morrillos”, quedando la “pantalla” 
accionada a mano por inútil pues el tiraje y el avivamiento del fuego 
se hace hoy solo mediante el perfeccionamiento de las cajas de humo 
y su registro, accionado a voluntad, de chimeneas de tiraje, estando 
también desterrados los pequeños fuelles de antaño. 

En los ambientes rústicos de no pocas casas rurales ha vuelto, 
como elemento decorativo tan solo, la “espetera” que se coloca frente 
a la lumbre y donde se suele recostar o colgar las pinzas, palas y esco¬ 
billas, todo trabajo en hierro de forja o fundidas en bronce, historia¬ 
do o sencillo; y en los suntuosos ambientes ciudadanos la “pantalla ’ 
no para avivar la combustión, sino el adminículo finamente calado 
para evitar que los estallidos de ciertas maderas al quemarse, células 


— 31 



hasta entonces herméticamente cerradas, arrojen pequeños trozos en¬ 
cendidos que suelen sobrepasar la distancia normal produciendo per¬ 
juicios a los pavimentos de madera o quemando las alfombras. Pero 
estas pantallas, como en la ciudad juegan un rol inocuo en las estufas 
sólo se colocan en los ambientes como grato elemento decorativo. 
No prendiéndose, se hacen hasta de seda dentro de marcos trabajados 
de bronce o de madera historiada y dorada casi siempre; otras, en¬ 
marcando pequeñas tapicerías de Beauvais y de otros tipos de tejidos 
hechos a mano, casi siempre hermosísimos. 

En mucho de estos casos, en vez de fuego, se colocan dentro y 
por tanto poco visibles, ocultos por estas artísticas pantallas, los radia¬ 
dores de la calefacción central y hubo casos en que la eléctrica con 
su trama de filamentos metálicos incandescentes, se refugió allí, simu¬ 
lando leños encendidos, pero, desde luego, estéticamente no es aconse¬ 
jable todo eso. La estufa debe estar dotada de todo lo necesario para 
prenderse, se usa o no la calefacción central o las otras. El aire acondi¬ 
cionado inclusive debe correr por cuerda aparte, siendo siempre posible 
disimularla cuando aquélla no actúe, y en el caso de hacer tuberías, 
tras los muebles, siendo preferible las bocas de aire caliente que han 
aparecido últimamente trayéndonos una comodidad más. 

Pero, a pesar de ser un cultor de todo esto, no se debe abusar 
de estos sibaritismos. Al cuerpo sano hay que acostumbrarlo al rigor 
del frío, al ejercicio continuo y a veces violento, a las faenas duras, 
pues todo ello es fuente de salud lo que no excluye en cierto momento 
lo otro. De otra manera nos convertimos en seres artificiales: en 
plantas de invernáculo, sin la menor resistencia para la enfermedad 
y caeríamos vencidos ante el menor rigor con que nos obsequiara 
la natura. 


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CAPITULO II 

Esquemas sobre parciales aspectos arquitectónicos de la vivienda 
nacional en épocas distintas^ incluso la presente. — Nuestra casa 
y su evolución en las pasadas centurias. — El jardín suburbano. 


En el tomo I de mi ‘'Civilización’', en los capítulos pertinentes, 
di una impresión fugaz de la arquitectura uruguaya examinada en 
sus dos aspectos, urbanos y rurales, desde sus comienzos hasta el 1900. 

Se ven en esos rápidos trazos lo que fue llamada “arquitectura 
colonial” y también “hispánica”, pero desde luego hasta el fin del 
período político que le dió nombre, ya que al advenir la indepen¬ 
dencia y constituirse la antigua Banda Oriental en un país libre, 
comenzó a independizarse de la influencia de la arquitectura española 
que había nacido en planos modestos, modestísimos, con sus ribetes 
y reminiscencias de las modalidades sureñas de la península —en es¬ 
pecial de las andaluzas y gaditanas— dadas las similitudes de clima, 
de ambientes soleados y campesinos, que les eran comunes. Sólo el 
neoclásico se puso de manifiesto cuando la importancia del edificio 
hizo del caso hacer arquitectura y en algunos de fuste, de orden pú¬ 
blico —el Cabildo, la Catedral, iglesia de San Carlos,— y anotadas 
débilísimas influencias barrocas en ciertas portadas de casas particu¬ 
lares, acentuada en la llamada de Llambí y alguna otra. 

En aquellos capítulos doy la razón de la modestia de nuestra ar¬ 
quitectura que no tenía otro motivo que la sensillez de los habitadores, 
su insuficiencia de recursos y el dominio de un nivel cultural inci¬ 
piente no deparaba mayor exigencia en el levantamiento de los 
edificios en cuanto se alejara de la planta amplia, sentir perfectamente 
comprensible, y más, dado el patriarcal medio de vida y la escasa 
valía de los terrenos. Concretando, creo puede decirse que, desgra- 


— 33 — 



ciadamente, las preocupaciones de orden suntuario, la apreciación 
de los estilos, los aspectos artísticos para nada desvelaron a nues¬ 
tros abuelos, atentos, en la ciudad, a los amplios y soleados patios de 
indudable influencia andaluza como ya dije, a la no menor vastedad 
de los cuartos, desde la sala a las cocinas, pues, en cuanto al campo, 
la estancia se planeó desde el primer momento con los padrones arqui¬ 
tectónicos que exigía su inmediato destino utilitario: las faenas ga¬ 
naderas a campo abierto realizada lo más económica posible. 

Terminado el período político hispánico, las sucesivas aportacio¬ 
nes que de la propia España se continuaron recibiendo, se vieron in¬ 
crementadas y matizadas per otras de países europeos, suministrando 
Italia, Portugal, Francia, Inglaterra, etc., nuevas ideas, nuevas nece¬ 
sidades, pues en volúmenes mucho mayores los nuevos pobladores de 
esa procedencia, no pocas veces, trataron de reproducir, en cuanto 
les fue posible, las características, las modalidades arquitectónicas de 
sus países de origen, desde luego adaptándolas al nuevo ambiente casi 
siempre. A este respecto^ nuestro clima templado modificó las realiza¬ 
ciones en todo el correr del XIX de las personas que se vieron en el 
caso de hacer su casa propia, y ya a principios de la nueva centuria 
en que vivimos, fue que se crearon en cierta manera, rápidamente, nue¬ 
vos tipos que respondían a nuestras necesidades de ambiente y del género 
de vida que se alteró profundamente, uniformándolos en líneas de 
determinado padrón. 

Con todo confirmando una vez más la excepción a la regla, 
hay muchas, por ejemplo, la de porción de “chalets”, —francesismo 
incluido intencionadamente, dada su infundada vulgarización— edi¬ 
ficios que en su segunda o tercera planta presentan techos de teja mar- 
sellesa de desnivel pronunciadísimo, y aún lozas de pizarra, repro¬ 
duciendo en nuestro ambiente templado, techumbres propios de los 
climas muy fríos, donde esos desniveles se justifican para provocar el 
rápido deslizamiento del hielo que el clima acumula. Con todo, pese a 
estar completamente fuera de ambientes, hay hermosos edificios que 
muestran belleza y proporción. 

Ultimamente, en zonas residenciales de Carrasco y de Punta del 
Este, se vienen edificando suntuosos edificios que reflejan los viejos 
estilos estadounidenses propios de la Nueva Inglaterra, de los estado 
de Virginia y Carolina del Sud, y, entre ellos los que en su frente^ie- 
nen adosado, una especie de peristilo saliente que en nuestro ambiente, 
marca una predilección de última hora. 



Todo esto no se me oculta que es propio de un país sin tradición 
arquitectónica, lo que por otra parte no tiene motivo de tenerla por 
ser nuevo, formado sobre un heterogéneo concurso de emigrantes lle¬ 
gados de las más distintas latitudes, y es valedera razón que marcadas 
diferencias de origen se acusen en la arquitectura. 

También, sobre todo en la última mitad del XIX, predominó en 
Montevideo y en el interior, así como en todos los poblados urbanos 
de la cuenca platense, un tipo de arquitectura, en sus aspectos artísti¬ 
cos, mala de verdad, que hasta sirvió de motivo para un comentario 
mordaz de un conocido viajero francés que nos visitara. 

Me refiero a las fachadas de casas de una sola planta que tenían 
sobre ellas una especie de balcón corrido, que era la balaustrada de 
!a azotea, elemento que, mirado de fren^, bruscamnte interrumpía la 
fachada, pues la balconada calada —no tanto las llenas— hacía su¬ 
poner que se trataba de un edifico inconcluso, detenida la obra con 
la terminación de la planta baja. Un viajero, criticón como buen 
francés desde luego, calificó de “medias casas” esos tipos y, con bas¬ 
tante razón pues, a más, los historiados pilares que presentaban casi 
todos los paramentos, se interrumpían también al llegar a la azotea. 

Me refiero a Jorge Clemenceau como también pudiera ser 
Anateole France, Jules Huret, cualquier otro de los viajeros galos o 
personas de buen gusto que nos visitaran por el principio del siglo XIX. 

El porcentaje de estas casas es enorme y lo era mucho más al 
filo del 1900 en que su decadencia felizmente comenzó. Se trataba 
de fachadas de mal gusto italiano, fabricadas, en su mayoría por “fren¬ 
tistas” genoveses, lombardos, etc., por demás recargados de ornamen¬ 
tación y horros de buena estética (^). 

Aun cuando son numerosas las moradas de tal suerte tratadas, 
—y por tanto ser muy conocidas— no está demás dejar constancia 
escrita de que la fachada presentaba una puerta de madera provista 
con el inevitable llamador de bronce, cuyo aldabón representaba —casi 
indefectiblemente— una mano femenina sujetando la bola percutora, 
también de bronce, con los dedos, a veces muy donosamente tratada. 
A uno de sus lados dos o tres ventanas correspondientes a la sala; al otro, 
una o dos que daban luz natural al escritorio. Al principio de esta mo¬ 
da estas aberturas estaban cerradas por rejas de hierro fundido, en mu- 

(lí Cleinenreau, en 1902, las caleiilaba en 30.500, dato seguramente sumi¬ 
nistrado posiblemente, por Daniel Muñoz, Intendente en aquel momento y su 
anfitrión. 


35 — 



cha; oportunidades de complicada ornamentación y, en este caso, una 
persiana de finos y li\’ianos tabloncillos colocados horizontales a escasa 
distancia —cinco a \einte centímetros— manejadas desde el interior 
de las habitaciones con un par de tiras de lienzo que las alzaban 
recogidas en rollo, regulaba la entrada de luz o de aire. 

En mi ya nombrada “Civilización, etc.'’, he entrado en detalles 
sobre la planta y demás características de estos edificios que, por lo 
conocidos que aun siguen siendo en el día, me creo excusado de 
presentar. 

El ocaso de estas modalidades comenzó cuando empezó a supri¬ 
mirse el patio de los primeros tiempos, que nuevas maneras de vivir 
no los hacían indispensable, como también, las azoteas, volviendo a 
predominar las tejas, pero no las de tipo francés que habíanse usado 
en la última mitad del XIX totalmente viniendo de Marsella. Reapare¬ 
ció la teja tipo colonial fabricada en el país y obtenida más o menos 
buena — liviana e impermeable — pero dando a ese nuevo estilo de 
la casa uruguaya la denominación de colonial en cierto modo falta 
de base, pues lo único que hacía pensar en la época pasada era 
ese tipo de teja peninsular tan penosamente fabricada y obtenida 
tras muchos fracasos, tanto española como en parte también por¬ 
tuguesa, las rejas, etc. También algunos la calificaron de arquitec¬ 
tura patricia con bastante base pues es un estilo pleno en arcaísmo 
que nació con la patria y que de su sabia se nutrió. 

Y estas nuevas formas se produjeron tanto aquí como en la vecina 
orilla por lo cual quizá fuera más lógico hablar de un estilo rio- 
platense ya que en la cuenca del gran río ella nació, prosperó y 
ahora impera, casi totalmente soberana tanto en los barrios residen¬ 
ciales de todo el país como en los argentinos, en los poblados veranie¬ 
gos de las zonas playeras como en las de tierra adentro y penetra en 
el interior de los campos, en las poblaciones de las estancias, y en 
todas partes con la prestancia propia de lo autóctono, con la impeca¬ 
ble albura de sus paredes blancas encaladas, el alegre tono rojo de las 
techumbres y la fresca nota del \’erde recubriendo la carpintería en 
todas sus aberturas. 


Indudablemente que, dentro de las preocupaciones del hombre, 
en todas partes, ha sido una de las más constantes la edificación de la 
casa propia. En nuestro medio este sentimiento se ha agudizado de 



unos años a esta parte provocada por distintos factores —entre ellos 
las facilidades del crédito— con las consiguientes ventajas para todos, 
desde que es un factor de unidad dentro de la célula familiar. Signi¬ 
fica también una mayor contracción al ahorro que prácticamente, 
por el imperio de las amortizaciones, lo hace obligatorio; es un intere¬ 
sante elemento de mayor nivel de convivencia social, aparte de lo 
que significa como factor de progreso para el individuo y la comuni¬ 
dad en sus más diversos aspecto que van desde el artístico al econó¬ 
mico, sin olvidar el psicológico. 

^ Antiguamente era cosa común el vivir sin mayores preocupacio¬ 
nes en una casa alquilada y hasta no pocos sentían cierta voluptuosi¬ 
dad en el cambio de alojamiento fantaseando sobre la nueva residen¬ 
cia, o la mejor disposición de los muebles. También dentro de otro 
rubro, había novedad, por cambiar de barrio, para alternar en otro 
ambiente, etc.; pero, de un tiempo a esta parte, sea por el paulatino 
e incontrolado aumento de los alquileres, por las facilidades que dan 
para la construcción las entidades particulares y las oficiales, por la 
mayor consideración social que al parecer disfrutan los que tienen casa 
propia, la venta a plazos largos de los terrenos suburbanos, el deseo 
de afincamiento se ha hecho evidente y es hoy la preocupación de 
miles de hogares que no han podido alcanzar aún el logro de sus 
aspiraciones. Promisorio sentir en verdad, halagador por más de un 
concepto. 

Todo esto ha traído como consecuencia la mejora de la habita¬ 
ción en todos sus planos, desde la colectiva de distintos pisos, los 
grandes blockes de apartamentos que, con la conquista de la propie¬ 
dad horizontal, ha logrado beneficios indudables para esa clase de ar¬ 
quitectura, las casas individuales, de fin de semana en la periferia de 
la urbe o en los pueblos de los alrededores, la permanente en la 
ciudad, las miles de los poblados balnearios, y la casa rural de las estan¬ 
cias o de las chacras, conquista esta última lograda para el bienestar 
general que interesa destacar como nueva modalidad de la que se 
beneficia tanto la salud de la familia, el progreso de los cultivos inten¬ 
sivos, la avicultura, la apicultura, la jardinería, la huerta, el laboreo 
de mentes frutales, y los mil y un aspectos de la mejora del agro y la 
artesanía rural: carpinteros, herreros, albañiles, pintores, plomeros, 
y demás, y la salud para todos que es natural. Y se refleja en los habi¬ 
tadores de tales excelentes ambientes, conquista ejemplar a todas las 
otras logradas. 


37 — 



•^Este aumento de riqueza pública ha traído, como consecuen¬ 
cia directa e inmediata, la mejora de la vialidad suburbana, la de to¬ 
dos los servicios públicos que le son inherentes —desde el transporte 
colectivo, la energía eléctrica, el teléfono, etc.— afectando el mayor ni¬ 
vel cultural del personal de las chacras en lo que dice respecto a aloja¬ 
miento, cultivos y a mejoras de toda clase: la producción de vinos, el 
aprovechamiento industrial de las frutas, el mayor nivel de los salarios, y 
la indudable mejora de la habitación, tanto del patrón como del 
artesano que ahora cuenta con cosas que ante ni fueron soñadas, el 
agua corriente como la luz eléctica —o, mejor dicho, la energía 
eléctrica ya sea la pública como la individual— la refrigeración que 
conserva los alimentos y procura bebidas frescas en los días más ri¬ 
gorosos del verano, la radio y, ya en plena realidad, ésta con la tele¬ 
visión. En una palabra: civilización. 

Todos estos factores aunados han traído como consecuencia una 
transformación radical en la manera de vivir de las gentes, mejorán¬ 
dola en términos sorprendentes en el lapso de pocos años. Entre otras 
ventajas que se derivan para el común afines con el tema, está el 
aumento de conocimientos de las clases interesadas respecto no sólo a 
jardines y decoraciones, sino que alcanza a carpintería, a la herrería 
y a otros aspectos de las artes aplicadas que antes no despertaban inte¬ 
rés sino a los profesionales y los entendidos, sin olvidar los importan¬ 
tes rubros del aumento de riqueza pública y de rentas fiscales. 

Resulta hoy común oír discurrir a los integrantes de la clase 
media sobre estilos de amoblado, sobre tapicería, sobre alfombras he¬ 
chas a mano, sobre cerámica, y sobre las infinitas ^’ariantes con que 
la artesanía adorna las habitaciones. 

Sobre las ventajas intrínsecas que esas nuevas inquietudes pro¬ 
curan, está, entre otras cosas, el mayor apego al hogar donde se pro¬ 
cura imprimir en tal o cual aspecto el sello personal, no siempre muy 
feliz al principio, pero que irá afinando con el tiempo. Es así que la 
estructura social del hogar se robustece junto a las pequeñas indus¬ 
trias que florecen. 

Y se ha producido, al favor del mayor sedimento cultural, una 
preocupación por el estilo, la decoración, la comodidad, suprimiendo 
todo lo inútil —o lo poco útil— procurando rodearse de un ambiente 
en que la vida pueda desarrollarse fácil y cómoda, dentro de una gran 
simplicidad, pero teniendo como norte la comodidad y la belleza. De 
ahí la preocupación felizmente predominante de hacer la casa eurít- 


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mica, con la proporción debida. La proporción, supremo escollo... 
bendita sea! Significa lo que no es fácilmente alcanzable pero que 
preocupa a todos: la línea y el volumen, el color, la buena distribu¬ 
ción. 

He aquí el otro escollo del arquitecto, quién no sólo debe ceñirse 
ai logro de esa finalidad por su propia función de tal, sino que tiene 
que contemplar algo más difícil de dominar para su obra de belleza 
práctica: los deseos del cliente, que paga y exige muchas veces, des¬ 
consideradamente, que ignora cosas fundamentales, pero que desea 
hacerse su gusto. . . 

No es fácil el acierto en la concepción arquitectónica en sí y, 
menos fácil, es trabajar en esas condiciones, poder captar las ideas del 
que manda realizar la obra. El cliente culto, el familiarizado con los 
estudios humanísticos, forzosamente debe tener una concepción de 
la casa que se dispone a hacer muy distinta del industrial enriquecido 
que, ducho en los negocios domina el ambiente en que estos se desen¬ 
vuelven; del estanciero triunfador en el mercado de las haciendas me¬ 
jores, del agricultor que ha arrancado los frutos de la tierra y ha sabido 
negociarlos con provecho personal, del cabañero que, dominando el 
complejo problema de los cruzamientos, obtiene, tras ímprobo trabajo, 
los campeonatos con sus productos de alta mestización en las compe¬ 
tencias rurales, del especulador que ha sabido dominar el mercado de 
valores en la Bolsa de Comercio, el que, pacientemente ha logrado 
reunir un capital cuyas rentas, al término de la vida, le permitan le¬ 
vantar su casa para pasar en ella, sosegadamente, las horas de retiro, 
¿cómo contemplar los deseos de toda esa buena gente? Son todas difi¬ 
cultades a vencer. Y, un último escollo, quizá el más temible las se¬ 
ñoras que, como dueñas de casa, tienen sus ideas respecto a la distri¬ 
bución de la mansión de las cuales se apean difícilmente. . . todo esto 
debe vencer el arquitecto para el cual, después de la obra realizada 
van todas las críticas. Pese a ello, hay quienes se atreven a lidiar con 
esos toros. . . Luego, conciliar la economía con la belleza y ccn las 
ama de casa, quedamos en que distan de ser una tontera. 


Evidentemente el cambio en la casa uruguaya ha sido profundo, 
afectando tanto la planta como el alzado. Y que la mejora ha sido lo¬ 
grada ampliamente, a la vista está. . . 


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Generalizando, tomando ideas de las casas habitaciones de todos 
los pueblos adelantados, combinándolo con nuestro clima y con nues¬ 
tras costumbres, se ha llegado a una meta realmente satisfactoria, tan¬ 
to en la distribución como en la presentación de los paramentos, inte¬ 
riores y exteriores. La simplicidad preside con acierto y han sido dese¬ 
chadas las ornamentaciones inútiles de las decoraciones que estuvieron 
tan en boga en todo el mundo no hace muchas décadas, así como se 
ha suprimido, de raíz, en la casa-media, la inútil sala de otrora, el 
pomposo comedor, el poco apro\'echado escritorio, todo ello refundido 
en el área del antiguo patio, también suprimido, donde se ha creado 
el “estar”, que es sala, escritorio, comedor, cuarto de costura, todo 
ello dentro de un área lo suficientemente amplia, cómoda, hermosa, 
útil, en donde se concentra toda la vida de la casa. Los dormitorios 
tienen lo elemental, una vez eliminado los muebles inútiles de antaño: 
armario, psiché, chaisse longue, lavatorio, etc. Los placard —supervi¬ 
vencia de las antiguas alacenas— suplen todos ellos ventajosamente y el 
cuarto de baño inmediato concentra, en área mínima, todas las ne¬ 
cesidades higiénicas habiendo desterrado hasta el horror de las acia¬ 
gas vasinicas de la mesa de luz. Queda la cama —que no siempre 
se salva en estas hecatombes— y dos veladoras: todo fácil de limpiar 
pues no hay muebles y los paramentos lisos apenas si decorados con 
algunos cuadritos amables de tema y de color atrayente, ponen una 
nota coqueta. 

Para apreciar el espacio recorrido y la mejora lograda basta unos 
instantes de meditación. Debe evocarse la sala de antaño con lo que 
tenía y para lo que servía, sin olvidar que ese sitio, escasísimamente 
frecuentado otrora, ocupaba el mejor lugar, el más aireado, el que 
tenía ventanas. El resto de la casa, los dormitorios principalmente, 
casi siempre sin ellas al exterior, con el aire viciado característico de 
los oscuros recintos de ese tipo y los pesados muebles agrupando tierra 
día tras día ya sobre los roperos inmensos de “tres cuerpos", o bajo ellos 
y también en los muebles menores. El escritorio sólo útil cuando el 
dueño de casa era un titulado, —con bufete abierto— o un escritor, 
o un procurador. Hoy la tarea del profesional se hace aparte, en el 
“estudio", sito, por lo general, en casas de departamentos donde se 
alquilan locales especiales a tales efectos, cómodos y construidos espe¬ 
cialmente a esos fines. Hace la excepción, en algunos casos, el médico 
que tiene su “consultorio” a veces, en su propia casa, a cuyo fin la 
hace de dos plantas, aquél abajo, en la alta, el domicilio con las habi- 


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taciones particulares. Pero esta es posiblemente la supervivencia de 
la antigua costumbre, por cuanto los médicos tienen su consultorio 
fuera de casa, raramente utilizada para ese fin, para eso están los sa¬ 
natorios y consultorios particulares. 

No sólo eran constructores italianos los que divulgaron el auge 
de estas “medias casas ’. Tanto aquí como en todas las ciudades de la 
cuenca del Plata, fueron también arquitectos los que las construyeron, 
muchísimas veces en extremo suntuosas. En Montevideo, puede pre¬ 
sentarse como tipo de la expresión superior de esa morada, la que le¬ 
vantó el arquitecto Capurro para el general Máximo Santos, que ha 
tenido varios destinos señalados, llegando a ser la sede del Consejo 
Nacional de Gobierno, Ínterin se reacondicionaba la antigua Casa de 
Gobierno de la plaza Independencia, siendo hoy el local que ocupa 
el Ministerio de Relaciones Exteriores. 

No es de extrañar que a los viajeros europeos les haya llamado 
la atención esta arquitectura. Acostumbrados en sus ciudades, invaria¬ 
blemente casi, a los edificios de varias plantas, les ha chocado con 
razón que las nuestras, sobre todo en el pasado, fueran de planta baja. 
Sobre significar un precario aprovechamiento de las áreas centrales 
urbanas, el considerable lugar que ocupan ha hecho que las urbes 
se extiendan de manera considerable nada acorde con los usos de 
allende los mares. Si bien esto puede significar habitaciones mejor 
aireadas, los servicios municipales se ven obligados a considerables in¬ 
versiones por la inusitada extensión de sus calles, red cloacal, agua, 
luz, de suerte que en Europa a igualdad de población, en tres o cuatro 
veces se ve reducido el lugar ocupado por el casco de la ciudad. 

Hace ya algunos años que la tendencia moderna sudamericana 
es otra. Hoy, las calles de los lugares vitales de las ciudades se ven 
flanqueadas por altos edificios, obligados, sin duda, a sacar mayor renta 
de las áreas disponibles, pero el gusto antiguo no ha desaparecido, y 
los propietarios han ocupado la periferia de los poblados con casas 
de una sola planta, pero mucho más estéticas e higiénicas que las 
de otrora ya que las procuran hacer de tres o cuatro frentes de 
suerte que las habitaciones tienen ventilación directa al exterior, pe¬ 
netra el sol, se renueva el aire viciado, y se obtienen otras ventajas 
pues si bien los “espacios verdes", que antes se circunscribían preca¬ 
riamente a los patios, han sido prácticamente suprimidos y los arbustos 
y las plantas ponen su nota grata al frente y a los costados. 

Con todo, me atrevo a suponer que estas ventajas corren peligro 


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de quedar anuladas por los rascacielos que están siendo de moda, y 
muy buscados porque !a propiedad horizontal permite disponer de la 
casa independiente en esos enormes aglomerados, predilección a la 
cual quizá no esté ajena la dificultad para conseguir servicio domés¬ 
tico cada vez más escaso, más deficiente y más caro. 


/ Volviendo a los gustos arquitectónicos inmediatos al 1900, diré que 

en los enrejados de las ventanas que daban a la calle, se anotaron más 
de una variante. La hermética verja de hierro que venía de las forjas 
del XVIII y que, con variantes de dibujos se complicaron en rebus¬ 
cados arabescos de fundición, antes de desaparecer, se dividió hori¬ 
zontalmente, en dos planos. El inferior, fijo; el superior, se abría en 
dos hojas movibles a voluntad, de manera que se convirtió en balcón. 
En el tomo II de mi ya citada “Civilización” expongo en una serie 
de gráficos toda la evolución habida no sólo en el renglón que me 
ocupa, sino que en todos los aspectos arquitectónicos ciudadanos. 

Esa modificación fue una conquista de la alteración de las vie¬ 
jas costumbres. Antiguamente, la tertulia familiar, diurna y nocturna, 
se desarrollaba en la sala, y en el buen tiempo, las ventanas abiertas 
ponían en comunicación visual a la reunión con lo que pasaba en 
la calle. Pero esa modalidad se alteró: las personas de edad —espe¬ 
cialmente las del sexo femenino— siguieron intercambiando impre¬ 
siones dentro de la sala, pero las jóvenes, las de igual sexo, se aso¬ 
maron a los balcones, por las tardes y por las noches, pues era 
costumbre también transitar por las veredas, pausadamente, en ritmo 
de paseo. Y de inmediato, vino lo otro: lo que se llamó “el dra¬ 
goneo”, primero de “ojito”, firme el galán en la esquina, pasando 
de vez en cuando, frente al balcón oteando su “Dulcinea ; al co¬ 
mienzo del noviazgo, tímidamente por la vereda de enfrente, luego, 
más osado, por la propia, para al final detenerse a conversar por 
largas horas si los familiares de la joven no ponían reparos a esa 
aproximación. 

Interin la tertulia femenina proseguía en la sala o, una tía, her¬ 
mana o amiga complaciente —a falta de tertulia— tocaba el piano, 
mientras el futuro casal “pelaba la pava” en el dichoso balcón que al 
final, evolucionando, se hizo de columnitas de mármol con repisa ídem, 
o de hierro con repisa de madera, etc., y fue cuando hizo su apari- 


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ción un adminículo que ahora se desconoce, y consistente en “halco¬ 
neras", una franja de género-terciopelo, a veces ligeramente acol¬ 
chado, etc., bordado, sujeto por cintas a la repisa, que permitía 
apoyar los brazos sin sentir la dureza molesta del mármol o de la 
madera. Y en este accesorio, los bordados y las filigranas de las la¬ 
bores manuales femeninas tenía donde expandirse. 

Observo que me desvío de los aspectos arquitectónicos incursio- 
nando en el de las costumbres ampliamente tratadas, por lo menos 
en estos rubros, en mi libro “Civilización’’, a la cual acudo transcri¬ 
biendo, con leves agregados, los párrafos que siguen. 

“A continuación de la puerta el zaguán, el pavimentado de 
mármol, intercala losas blancas con negras, o en los modestos de bal¬ 
dosas, unas veces extranjeras, en los de menor inversión, de portland, 
nacional. Frisos a lo largo de las paredes acompañando, general¬ 
mente, el material del pavimento; escalones de mármol cuando había 
que eliminar un desnivel. A este zaguán daban las puertas de la sala 
y del escritorio dispuestas bis a bis. Al final una cancela de hierro ca¬ 
lado y hasta afiligranado muchas veces, que lo cerraba impidiendo el 
paso libre al primer patio. Con posterioridad hubo puertas cancelas 
de madera, barnizada, casi siempre ricamente esculturadas en los 
únicos tableros, uno en cada hoja, que constituían la base. La parte 
superior dotada de grandes cristales de una pieza, también por hoja, 
opacos y en estos casos ornamentados con finos trabajos al agua, 
por lo general, canastas de flores, pájaros, y las iniciales del propie¬ 
tario, algo sacramental, entrelazadas. Los cristales casi siempre eran 
claros, transparentes, y, en este caso la susodicha ornamentación y las 
iniciales, estaban cuidadosamente esmeriladas. En las canceles de hierro 
forjado —menos en las fundidas— y en esa rica, suntuosa y costosa 
cristalería, solía haber ejemplares artísticos de extremado acierto co¬ 
mo también lamentables excesos de decoración, pero tanto los traba¬ 
jos al agua como el esmerilado acreditaba una hábil artesanía. Al cen¬ 
tro del zaguán, pendiente, un gran farol a gas, mucha ^ \ eces provisto 
de gruesos y transparentes cristales biselados, cuadrados, octogonales, 
o como gustara al dueño. 

El primer patio, descubierto al principio, luego techado de cla¬ 
raboya de vidrio triple. Cuando era simple, lo resguardaba una cubierta 
de alambre tejido, superpuesta, dispuesta en lienzos movibles, daba acce¬ 
so a la luz y al sol y, en estos casos, un toldo horizontalmente colocado, 
se corría en el verano para evitar los excesos de calor. Las grandes 



y claraboyas se ventilaban con aberturas movibles a voluntad, desde 
la azotea y, cuando no eran grandes, eran corredizas, accionadas des¬ 
de abajo, por una rueda de multiplicación que actuaba con el 
manubrio a mano. Esto facilitaba, en los días de lluvia el lavado de las 
plantas con agua meteorizada que enviaba el cielo para arecas, y otras 
palmeras, incluso la latania borbónica, y demás vegetales que lo 
adornaban, colocados por lo general, en grandes macetones de cerᬠ
mica o de mayólicas europeas y también de mármol de Carrara. Des¬ 
pués del 1900 en los edificios de mayores pretensiones, las claraboyas 
se cubrían de multicolores vitreaux, traídos del exterior, de línea 
Luis XVI y Renacimiento por lo general, pero esta modalidad no 
perduró mucho tiempo porque los patios virtualmente desaparecieron, 
y los pequeños, al estar de esta suerte cubiertos, no daban mayor 
luz, por el alto precio y porque a muchos les resultaba un exceso de 
color de discutido gusto aunque siempre se reconoció que este tipo 
de vidrieras era más apto para colocarse en ventanales. 

Al primer patio, en las residencias de mayor viso, solían circuirlo, 
por lo general en tres de sus lados, una galería sostenida por columnas 
de hierro, techo plano de bovedilla con cielorraso de yeso o de metal 
estampado, que permitía circular bajo ella al amparo de la lluvia. 
A este patio —casi siempre a la enunciada galería— daban los dormi¬ 
torios principales, una puerta del escritorio — cuando había dos — 
una amplia portada para el comedor y la entrada al zaguán que, 
en ¡a misma línea del de la puerta de calle, daba acceso al segundo 
patio. 

- No falta en este patio —cuando el edificio era suntuoso— esta¬ 
tuas de mármol y, en los corredores, bastantes pies-bases para sos¬ 
tén de macetas y demás adornos. En sus paredes mecheros de gas 
de brazo de bronce historiado —los de vidrio eran propios de salas, 
escritorios y comedores— provisto de su bomba de cristal esmerilado 
ccn finos motivos trasparentes tratados al agua. 

En las salas la iluminación se hacía a base de arañas de cristal 
plena de caireles y brazos ornamentados del mismo material, provis¬ 
tas de bombas igualmente tratadas, redondas, cuadradas, exagona¬ 
les, etc., de seis, doce y hasta más luces que esparcían una luz discreta 
tamizada por el esmerilado y que iluminaban más por refracción des¬ 
cendiendo una luz difusa de los blancos cielorrasos enyesados, que 
de “rasos"’ no tenían muchas veces más que el nombre, pues eran 
bastantes comunes magníficas gargantas, frisos y artesonados. Al cen- 


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tro el gran rosetón moldurado del plafond central de donde pendía 
la araña, así como el de las gargantas respondían al Renacimiento ita¬ 
liano y francés, pero luego los ‘‘putti", angelitos, más o menos mo¬ 
fletudos, fueron desplazados por las guirnaldas de flores, medallo¬ 
nes, etc., propios del Luis XV y especialmente del Luis XVI. 

Regularmente daba acceso al comedor, desde el primer patio, la 
amplia portada de que hablé, y entrando en pormenores diré que in¬ 
variablemente era adintelada, provista de hojas plegadizas —cuatro 
por lo general— su puerta provista de vidrios esmerilados y, en mu¬ 
chos casos, adornados no sólo de pájaros sino que de frutas, propios 
del lugar y haciendo juego con las filigranas de que se adornaban la 
anteriormente citada cancel. 

Era casi de rigor en las residencias “que presumían” una antesala 
separada por una amplia portada adintelada de cuatro o más hojas 
que se plegaban proporcionalmente a ambos lados cuando se quería 
formar un solo ambiente. Al principio estaba dotada de vidrios de 
colores, azules, verdes, blancos y opacos, pero pronto desapareció posi¬ 
blemente por la incomodidad de su manejo, y la sala quedó en un 
solo ambiente, en planta de ángulo, pero marcados los dos recintos 
o por columnas de capiteles dóricos en los dinteles planos, o por arco 
de los distintos tipos, esto abovedado por excepción. 

A la antesala —en caso que la hubiera— seguía el cuarto de 
vestir o el primer dormitorio. Luego los otros, de las hijas o hijos, 
pues el primero era el de los progenitores. El baño daba por lo regu¬ 
lar, a la mitad del corredor que ponía en comunicación el primer 
patio con el segundo, y, en este caso su puerta se abría bis a bis con 
otra que daba en mitad del comedor, repitiéndose la disposición de 
las del zaguán de entrada, de la sala y del escritorio. 

En el segundo patio, al contrario del primero que sólo tenía cons¬ 
trucciones a los sumo por tres de sus lados, se abrían habitaciones a 
una y otra mano. Siguiendo la línea de dormitorios continuaban estos 
en casos de alojar numerosa descendencia, con otro cuarto de baño 
al fondo, y a veces, con la intercalación de un cuarto de costura. El 
opuesto lado, lo ocupaba, siguiendo al comedor, pero ahora en dispo¬ 
sición de dos plantas, el ante-comedor que a la vez solía ser des¬ 
pensa. A esta la cocina, y también un cuarto de plancha, todos ellos 
con techo mucho más bajos que los generales que, por lo regular, 
eran altísimos, verdaderos excesos que iban de los cinco a los seis 


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metros y más aún, páramos en invierno imposible de caldear por 
los medios simples de entonces. 

Arriba de esta serie, los cuartos del servicio, dos o tres, el de 
armarios —los antecesores de las roperías de hoy— y el imprescindi¬ 
ble de los “cachivaches’’, a los que se ascendía por una escalera que 
daba a un breve corredor volado, pavimentado, por lo general, de 
pisos de baldosas Sacomán como casi todos estos ambientes. La esca¬ 
lera, por lo general era de hierro. 

En este segundo patio, bajo la escalera o el mencionado corredor 
del servicio, o en breve lienzo de pared existente entre la puerta del 
ante-comedor y de la cocina, había un aljibe, con la roldana pen¬ 
diente de un brazo de hierro empotrado en el referido paramento. 

El brocal de este aljibe, como también parte o toda la cocina y 
los servicios higiénicos del personal doméstico, que por lo general ocu¬ 
paba el último cuarto de la izquierda, se recubrían de baldosas de 
cerámica francesa, de Marsella o de Rouen, de fondo blanco in¬ 
variablemente con motivos azules o excepcionalmente marrones que 
ahora el vulgo llama incontroladamente “coloniales’’. Al final, tam¬ 
bién se usaron baldosas italianas y alemanas, de cerámica. 

Estos aljibes arrastran, claro está, auténtico e indiscutido origen 
colonial, pero se hicieron hasta ya entrada la segunda mitad del XIX, 
fecha en la cual recién la ciudad tuvo agua corriente. Con todo, 
ya contando con esta importantísima mejora, se siguieron construyendo 
hasta el 1900, utilizándose el agua para la limpieza para aminorar la 
cuenta mensual de “agua corriente”, que, como toda cosa nueva a 
muchos su pago producía cosquillas las cuales serían una bagatela, 
ante los estremecimientos que periódicamente les producirían la obla¬ 
ción de los adeudos a la Ose de nuestros días provocada por el 
mismo concepto (o conmociones cerebrales). 

Desde luego que este tipo de edificación tuvo muchas variantes. 
Los de altos tenían igual planta, a excepción de los patios y, para su¬ 
plantar los abiertos, un amplio corredor techado sustentado por 
columnas de hierro en la planta baja, corría a todo lo largo de lu¬ 
gar en que se abrían los dormitorios más o menos en serie. El costado 
hacia el patio lo limitaba un múrete surmontado por una galería 
abierta unas veces, cerrada con amplias vidrieras que se abrían y 
cerraban a voluntad. El segundo patio, casi siempre ocupaba la planta 
de su similar de planta baja, pavimentada por patines dando así luz 


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a éste. Unas veces era abierto a pleno cielo; otras cubierto por clara¬ 
boya cerrada o corrediza. 

En estos edificios, siempre las entradas eran independientes, pues 
la entrada y escalera común sólo se usó en lo que va de esta centuria 
—salvo las inevitables excepciones— en las casas de departamentos. 

Las cocinas de estos edificios eran, por cierto, muy distintas a 
las de nuestros días, a cada instante en evolución hacia nortes mejores 
y que terminarán, sin duda alguna, para la habitación de clase popu¬ 
lar y media, en la cocina-estar —norteamericanas— que se ha hecho 
amplio camino en la moderna vivienda montevideana a favor de los 
extraordinarios adelantos que la electricidad y la mecanización del uti- 
laje ha traído para la simplificación de la ingrata tarea. 

Las hornallas adosadas a la pared accionadas a base de car¬ 
bón de piedra o de leña, con o sin campana, sin extractor de aire, 
ni depósito de basura automático, licuadoras, frigidaires, no se veían 
por ese entonces, pues hasta faltaba lo que es hoy elemental: el 
grifo proveedor de agua caliente. 

Pero este oteo de la vivienda nuestra, en el pasado y en el pre¬ 
sente, no me permite entrar en estos y otros muchos detalles más pro¬ 
pios de otros capítulos monográficos, pues entiendo que sólo debo 
evocar generalidades sin entrar en particularizaciones, salvo ciertos 
casos en que una pincelada descriptiva de más fondo, puede contri¬ 
buir a la más rápida comprensión de como antes se vivía. 


El comedor de antaño, aparatoso con una amplitud, sólo utilizada 
—salvo en el caso de tener numerosos hijos— media docena de veces 
al año —-santos, casamientos, cumpleaños,— hoy está reducido a lo 
indispensable en la casa media, dando comodidad, practicidad, exi¬ 
giendo al mínimo la utilización del siempre complicado y oneroso ser¬ 
vicio doméstico. Los muebles sumarios, —mesas y sillas— todo lo de¬ 
más oculto en los placards de antaño, las alacenas de ogaño. Excep¬ 
ción hecha de residencias palaciegas, el lujo está hoy en el servicio de 
porcelana y en los útiles de plata, de los cubiertos, bandejas, de la 
manera de vivir de hoy y en todo esto aparece sólo al ser utilizado. 
Nada de exposición en vitrinas más o menos suntuosas, en los aparado¬ 
res y trinchantes monumentales, de varios pisos. 

La cocina chica —todo a mano— con su embaldosado y a lace- 


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ñas, agua fría y caliente en sus grifos, aparatos de refrigeración coci¬ 
na a gas o eléctrica, todo blanco o claro matizado de ^al o cual 
azulejo artístico que pone una nota de color amable en el conjunto 
de lo contrario por demás monótono, y su extractor de aire viciado. 

Antaño no hay que olvidarse que se carecía de las máquinas 
succionadoras del ahora; entonces la casa se barría y se plumereaba, 
toda. Salvo la parte que recoge la pala, el polvo se alborotaba con 
ese trajín, trasladándolo de un sitio a otro. Prácticamente no se eli¬ 
minaba. 

Ese tipo de casa-habitación es la existente en los barrios residen¬ 
ciales de todos los lugares del país irradiado de Montevideo, en todas las 
estaciones balnearias y turísticas y se ha difundido en el campo, en 
la propia estancia, en la casa principal, allegada por las ventajas de 
su practicidad y la economía de servicio que procura, pues la dificul¬ 
tad del personal doméstico idóneo es quizá más aguda fuera de la 
ciudad, pues en ésta existe, aunque se emplea a alto precio, pero el 
idóneo, fuera de la periferia, por más que se pague no se encuentra, 
porque no existe. 

Otro detalle que felizmente se cuida mucho en la moderna casa 
del Uruguay es el recubrimiento de los paramentos tanto en lo interno 
como en lo externo. En este último aspecto, el de pastillas de una sola 
coloración, tipo mosaico, es la última innovación. El uso de la piedra 
ha ennoblecido elevando sus cualidades y llegando a permitir, en al¬ 
gunos casos, primorosos trabajos de estereotomía o combinaciones 
sumamente artísticas. Pero esto se deja para las localidades muy bien 
provistas de excelentes canteras y, sobre todo, en las circunstancias 
donde es posible la inversión de capital sin mayores economías, bus¬ 
cándose el logro de alcanzar la belleza sin tener muy en cuenta al 
precio que se consigue. 

También hay una experiencia grande sobre el particular y en 
estos casos se busca las paredes exteriores dobles, con espacios vacíos 
que la haga térmica al interior: caliente en invierno, fresca en verano. 
A más, es sabido que en todos los medios, pero más especialmente en 
los húmedos de la costa principalmente —en las noches y al atarde¬ 
cer— se concentra en la piedra la humedad del ambiente y torna 
incómoda, cuando no insalubre las habitaciones, especialmente las no 
muy bien aireadas, que no cuentan con paredes huecas. 

Las paredes dobles es el ideal para estos casos y para todos por 
las innumerables ventajas que reporta, pero no todos disponen de las 


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cantidades necesarias para efectuar esas inversiones y se limitan a 
cubrir con la sombra que dan árboles apropiados de hojas caducas 
provistas de células de aire los lienzos expuestos al sol durante todo 
el día. 

El revoque externo también es muy cuidado y se buscan los 
más hermosos que, por regla general, desgraciadamente no son siem¬ 
pre los más baratos. 

Al huir de las inversiones excesivas se suele llegar a los muros 
encalados, que son aconsejables en los medios rurales sobre todo, pero 
empleando las pinturas al agua de la mejor calidad para no tener 
luego que renovarlas. Y no sólo por esto, sino por cuanto resulta agra¬ 
dable tener los muros siempre perfectamente limpios, y en lo posible 
impolutos, también resulta en extremo razonable tenerlos discretamente 
maculados por el correr del tiempo, ya que les da un carácter, unas 
tonalidades y un cariz vetusto que, al ennoblecer las fachadas, extiende 
una credencial de cosa antigua al inmueble. Ese sabor rancio, esa 
gustación de antiguo afincamiento quizá sea más interesante que los 
muros inmaculados propios de toda casa nueva, pero para alcanzar 
esta finalidad, debe emplearse en la pintura primitiva materiales de 
primera calidad, pues, de lo contrario, los efectos que se logran no 
son satisfactorios. Es curioso que, en estos casos, se ven efectos desa¬ 
gradables de descuido. No se obtiene la grata pátina que es de desear 
lograr; y, por tanto, debe cuidarse lo que se hace, documentarse res¬ 
pecto de calidades y no improvisar. 

Al efecto recuerdo la experiencia que al respecto tengo. Los mu¬ 
ros encalados del edificio de la vieja Comandancia de la Fortaleza 
de Santa Teresa, que son los únicos revocados por ser sus paredes de 
tosco mampuesto, que existen en su plaza de armas, pues los demás, 
es obra de piedra de sillería, en algunos casos, y, en otros, los más, 
cierto remedo del opus insertum, arreglados los viejos revoques que 
en el curso de más de una centuria de abandono se habían caído, 
se encalcaron una y otra vez, cuidadosamente, pero el exceso de hu¬ 
medad según creo, propio del lugar y de su orientación que le niega 
la caricia del sol por completo, deseada para patinarlos con decencia 
y verdad, hace que se echen a perder al cabo de poco tiempo. Varios 
encalados han tenido un mal final, por lo menos para mi exigencia, 
puesto que no he podido lograr la finalidad perseguida. 

Mejores resultados creo haber obtenido al restaurar las viejas 
paredes de la también hoy centenaria hermosa casa-posta del Chuy 
del Tacuarí, en Cerro Largo. Es menos antigua que Santa Teresa 


— 49 — 



y sus paramentos van pasando la centuria, pero muy semejantes en 
su composición de material, aunque quizá en la posta exista la piedra 
en proporción total mientras allá se encuentra mezclada con ladrillos 
mal cocidos, pero la exposición es distinta y el sol la acaricia todos los 
buenos días, y no hay la continua, ruda y perniciosa caricia plena de 
yodo del mar. 

Estos muros —altos, de dos plantas— hubo que arreglarlos en 
algunas partes, en los lugares que estaban fuera de plomo, y como 
es natural, los nuevos revoques detonaban una enormidad y hubo ne¬ 
cesidad de encalarlos total y discretamente. En su origen remoto la 
casa había sido pintada de rosado más de una vez al parecer, dada 
la fuerte capa de ese tone originario que luego se vió cubierta de otras 
blancas. El curso de los años, la furia de las aguas en los días ventosos 
al castigar los muros, puso al descubierto en más de un lugar —y, des¬ 
de luego, con distinta intensidad— la pintura original, y así es que 
todos aquellos antiguos muros presentábanse de un blanco sucio de 
fondo rosado, todo patinado de una manera realmente atrayente. 
Excusado añadir que se dieron las manos de encalados, repitiendo el 
proceso de antaño y, veremos lo que el futuro nos depara, cuando la 
acción climatérica ofenda descascarando la nueva pintura. Anticipo 
que habiendo variado, quizá las calidades de los materiales, el resul¬ 
tado pueda no ser el mismo, pero, por lo menos dejo de manifiesto 
que se ha hecho lo posible por llegar al buen fin, y que ya hay un prin¬ 
cipio de éxito positivo. 

Toda esta experiencia la volqué en los muros, casi todos dos ve¬ 
ces centenarios, de la antigua casona que levantó, en un paraje pin¬ 
toresco, inmediato a la barra del arroyo de las Víboras con el río Uru¬ 
guay, don Juan de Narbona en 1750. Veremos si aquí, sin fondos 
losados, se logran resultados distintos. La exposición es buena, a pleno 
sol, y la cal será la que provee el lugar, que se utilizó en Buenos Aires 
a fines de XVIII, durante todo el período colonial, pues, precisa¬ 
mente, don Juan de Narbona levantó esa casona no sólo para su re¬ 
creo en mitad de ese siglo, sino que para explotar la calera que lleva 
su nombre —o la de Camacho, su yerno— a pocos metros y su su¬ 
cesor. 


Actualmente, en les encalados, se van teniendo muy en cuenta 
los colores que pudieran llamarse calientes o fríos. Los primeros se 


- 50 



buscan para la obtención de una impresión de sosiego, de recogi¬ 
miento: los segundos, para dar la de aseo y de frescura, muy buscados, 
en los sitios de veraneo donde el calor acucia precisamente en las tem¬ 
poradas en que el edificio se busca para descansar. 

Pero hay matices que se deben tener muy en cuenta y, que fe¬ 
lizmente, el espíritu afinado de hoy no los deja olvidados. El blanco 
rechaza el exceso de calor de los rayos del sol, pero molesta a la 
vista, hiriéndola vivamente, y precisamente en las horas en que se 
busca tener el espíritu en ambiente recoleto. Por eso es que muchos 
procuran combinaciones para atenuar ese exceso de luminosidad, v 
los combinan con amarillo suave, colocándolos a la manera antigua en 
frisos, esquinas, aleros, encuadrando las aberturas, etc. Ese color, como 
también el rosado, y el salmón, combinan muy bien y disminuyen el 
desasosiego de la vista, pero para mí es más atrayente el azul de bien 
saneado uso en el país en las viviendas antiguas. 

La luminotecnia tanto de día como de noche, es cosa no tan 
baladí. Antes se ignoraba prácticamente, hoy, por el contrario, la 
gente que sabe vivir la tiene muy en cuenta, tanto al exterior como 
al interior. Y, en estos casos, ya es cosa corriente, buscar, en los estar, 
en las bibliotecas, en los dormitorios, y en los comedores, la ilumina¬ 
ción concentrada en uno o en varios puntos, pero manteniendo el resto 
de los ambientes en cierta penumbra, siempre lugares de reposo para 
el espíritu que desea descansar, soñar o estar en pleno nirvana en un 
ambiente grato. Por eso es que, para las noches, para muchos am¬ 
bientes, las lámparas de pie, reposando en el pavimento o sobre las 
mesas, procuran lugares agradables, habiéndose desterrado las grandes 
arañas que le quitan intimidad. 

La presente centuria ha revolucionado la manera de vivir de las 
clases acomodadas del país y sus ventajas han alcanzado a todas, aún 
las más modestas en el plano urbano, no así en el rural donde las 
clases más humildes viven y se alimentan deficientemente, en gran 
parte provocada por su propia incuria. Nunca se me podrá justificar 
que disponiendo de tierra no tengan verduras. La recorrida por los 
medios campesinos europeos demuestra que la gente más escasa de 
recursos, en el plano en que vegeta la muestra, vive infinitamente 
mejor. Hay en esto una falta de cultura que no me cabe la menor 
duda costará desarraigar, pues la indolencia de nuestro criollo es pro¬ 
verbial, no diré incurable, por cuanto las excepciones son muchas, mu¬ 
chísimas. Pero este es un problema que no interesa tratar aquí, porque 


— 51 — 



por más relacionrido que este con el tema, excede las dimensiones de 
esta disquisición. Para cambiar esta dolorosa realidad de la hora, sólo 
el régimen cooperativo de granjas dirigidas, el trabajo técnicamente 
responsable con severas multas a los infractores, semillas seleccionadas, 
fertilizantes, mecanización, podría resolver el arduo problema en un 
plazo más o menos breve. Eliminando de raíz los “pueblos de ratas”, 
de que se macula nuestra campaña, sería el primer paso para imponer 
un plan agrario promisor. 


El cambio operado en el régimen de vida —por otra parte simi¬ 
lar en la cuenca del Plata y en el vecino Brasil— de las poblaciones 
urbanas, ha creado una serie de necesidades que ha transformado 
profundamente la habitación y por tanto la arquitectura que debe 
adaptarse a cada necesidad. 

Se crearon los edificios de varias plantas exclusivamente para 
oficinas en que se concentran todas las actividades de la industria y 
del comercio en sus aspectos administrativos a la vez que se levan¬ 
taron los especiales para fábricas y talleres; luego las casas de depar¬ 
tamentos, habitaciones colectivas dotadas de sectores independientes 
que llenan las necesidades por lo general de cada familia, orientación 
últimamente acelerada y encauzada en nuevas modalidades por la 
propiedad horizontal; los edificios públicos administrativos, especial¬ 
mente construidos a tales fines con luz, aire, etc.; que antes ocupaban 
viejos y amplios —y también destartalados— locales edificados para 
la locación familiar, totalmente inadaptados a su nuevo destino; la 
dispersión de los domicilios privados con neta orientación a la perife¬ 
ria de las urbes donde se dispone de más espacio, aire, luz, algún jar¬ 
dín, tranquilidad, falta de ruidos, independencia. Buena parte de esto 
ha sido logrado por la mejora de los servicios de transporte — los tran¬ 
vías eléctricos, primero, y ahora los ómnibus y trolley-bus. El aumento 
increíble de los vehículos motores a consecuencia de la proliferación 
de los buenos caminos y mejores pavimentos, son factores que han 
creado los barrios residenciales alejando del “centro” que, en un 
principio —ya remoto— fueron sólo veraniegos, hoy se han incorpo¬ 
rado de firme a la vida regular de la urbe, dejando a la “ciudad 
vieja” muerta durante la noche, y viva y activa durante el día por 
cuanto el domicilio privado se ausentó prácticamente y hoy lo su- 


— 52 



planta en el 90 % casas comerciales, exclusivamente locales de venta, 
escritorios, oficinas públicas y privadas, bancos, etc. 

Hasta los teatros, los cines, las casas de comidas, las de bebi¬ 
das, etc., han emigrado a lo que fuera la antigua “ciudad nueva" de 
la plaza Independencia hacia el Este, donde ya hay bastante propie¬ 
dad horizontal y casas de departamentos; pero la inmensa mavoría 
de los que han podido escapar al bullicio de la ciudad se haii enca¬ 
minado a su periferia, hermosos alrededores, donde con matic/s netos 
se alzan distintos sectores: barrios industriales —Cerro, La Teja, 
Nuevo París, Unión, Maroñas, Cerrito— los semi-residenciales —Agra¬ 
ciada, Paso del Molino, ídem de las Duranas, Prado, Sayago— y los 
residenciales por antonomasia —Carrasco, Pocitos, y sectores de Bu¬ 
levar Artigas, Parque Batlle y Ordóñez, Parque Rodó, Punta Carretas, 
etc., son en éstos donde proliferan más concentrados la habitación tipo 
medio y tipo mayor que reúnen los mayores adelantos constructivos en 
el de vivienda individual que es la que realmente nos interesa. 

Uno de los peligros más grandes que pueden sufrir nuestras 
casas-medias residenciales es el disponer de poco terreno para levan¬ 
tar el edificio que se procura siempre disponerlo aislado. Se trata el 
caso como los cuadros, sean óleos, acuarelas, o simples dibujos: exigen 
marcos. Y el marco es el jardín, los verdes aledaños inmediatos que 
dan prestancia al volumen edificado, permiten el destaque de sus lí¬ 
neas, aísla del ruido a sus moradores, de esos molestos de la radio, 
elimina el reiterado ladrido del perro, la conversación del vecino 
en la vereda, y hasta suelen alejar los olores molestos. El uruguayo 
ha heredado del peninsular su amor a la libertad en todo, v al levan¬ 
tar su casa busca su independencia, pero todo esto suele perjudicarlo 
el alto costo de la tierra a lo cual las disposiciones municipales deberían 
providenciar el antídoto, que en el caso serían ordenanzas que limita¬ 
ran la mínima extensión de los solares en razonable límite. 

El parcelamiento excesivo causa gravísimo daño a la estética y a 
la comodidad personal del integrante del núcleo, la daña, y las ba¬ 
rriadas y la autoridad debe poner límite y coto al deseo excesivo de 
lucro de los propietarios de tierras que en su afán de obtenerlos 
mayores parcelan sin ton ni son, poniendo a la venta áreas reducidas. 

Si el ejemplo de Mar del Plata en la Argentina, que perdió ca¬ 
tegoría de manera vertical al parcelar los jardines que rodeaban sus 
antiguas residencias, no sirviera de escarmiento, la excesiva subdivi¬ 
sión de ciertas barriadas montevideanas y de ciertos pueblitcs vera- 


— 53 — 



niegos existentes a lo largo de nuestras playas, debe poner un agudo 
toque de alarma. En todos esos lugares, inevitablemente, fueron levan¬ 
tadas edificaciones de valor mínimo y, como consecuencia inmediata 
¡a pérdida de categoría resultó fulminante. Este es otro matiz del 
exceso de parcelación. No es posible ir contra corriente. El uruguayo 
gusta de amplitud en torno de su casa y en las zonas balnearia^ y 
suburbanas a ello debe irse para no contrarrestar la inclinación natu¬ 
ral que tanto favorece al individuo como a la colectividad, y que 
a todos beneficia en lo estético como en lo no banal. 

Felizmente, algo tardía en ciertos casos, la subdivisión inteligente en 
localidades surgidas a lo largo de nuestro litoral atlántico, ha evitado 
el exceso de fraccionamiento de extensa superficie por la antiesté¬ 
tica parcelación en damero, otro escollo que en materia urbanística 
se debe evitar. Fue ella posible por el mencionado afán de lucro que 
confió la tarea de ciertos planeamientos de localidades balnearias a 
manos inexpertas, muchas veces, simples agrimensores sin la menor 
noticia de las reglas que deben presidir esas planificaciones. 

De esto mucho se ha escrito y, personalmente, más de una vez 
interpuse mi influencia desde el lugar oficial que detentaba. —Admi¬ 
nistración de Turismo— señalando a los Municipios costeros la ne¬ 
cesidad impostergable de legislar con acierto sobre ese particular. 
La sanción en los casos que no tuvieron en cuenta esos saludables 
principios se tuvo bien pronto, pues el retraimiento de los comprado¬ 
res de inmediato marginó el error inicial de manera inconfundible, y 
puso de manifiesto que estas fallas son de tal manera orgánicas y fun¬ 
damentales que, al no poder paliarse sus inconvenientes, procura el ine- 
\'itable desinterés de los compradores. 

En Punta del Este, Carrasco, Punta Ballena, La Paloma y otros 
lugares, existen planificaciones magníficas cuyos beneficios no sólo se 
extienden a lo dicho sino que afectan el funcionamiento de esos 
núcleos de población de manera más profunda, tanto en sus facilida¬ 
des para el transporte de vehículos como el de peatones, asegurando 
a la vez su seguridad dentro de los términos posibles —sino que con¬ 
centrando los servicios comerciales, etc., de una manera lógica y 
razonada. Pero, cuidado con las exageraciones. 

También a este respecto mucho se ha hecho para asegurar, en 
el presente y con mucha mayor razón en el futuro, las vías de trán- 


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sito rápidas y las demoradas que aseguran la vida de las familias con 
sectores de tránsito más tranquilo. (^) 

Respecto al alzado, el cuidado actual realmente es halagador. 
Se tienen en cuenta los innúmeros factores encaminados a la obten¬ 
ción de una cosa hermosa, elegante, de cuidada línea, de equilibra¬ 
dos volúmenes y de examinado color. Se tiene muy en cuenta entre 
otros aspectos fundamentales, la división en el guarnizado de las pa¬ 
redes exteriores teniendo presente las reglas básicas, por ejemplo que 
las divisiones horizontales vuelven bajo el edificio y que toda divisio¬ 
nal hacia lo alto, acrece visualmente la altura y, sobre todo, al reali¬ 
zar el proyecto, en cada caso se busca la expresión natural evitando 
y huyendo de la artificiosidad. Infelizmente antes estas preocupacio¬ 
nes para nada incidían en la elaboración de la casa propia y mucho 
menos en la simple renta, que no son del caso tratar, pues lo que 
procuro analizar es la casa propia en la que el sentimiento del propie¬ 
tario queda al desnudo. Respecto al logro, apolíneo diríamos, de esta 
finalidad, el matiz que antecede no cuenta: es la expresión del pro¬ 
pietario o del arquitecto cien por cien la que predomina o debe pre¬ 
dominar. 

El rol de éste es tan importante que lo considero —redundancia 
quizá sea decirlo— decisivo en la inmensa mayoría de las interpreta¬ 
ciones. Por su cultura y, especialmente, por su especialización, es el 
maestro por antonomasia y debe serlo a todo trance, pero, no todos 
están tocados por la mano de Dios, del Dios de la belleza, de la sim¬ 
plicidad, de la practicidad. Algunos hay que hacen y aconsejan hacer 
verdaderos horrores. ¿Cuán difícil es su función y cuántos pocos son 
los que saben interpretarla? Por eso es que al escoger al guía, el 
realizador fundamental, debe tenerse sumo cuidado en acertar pero, 
para un hombre de cultura sedimentada la elección no es difícil en 
lo que respecta al aspecto artístico por cuanto las realizaciones ante¬ 
riores del plasmador a la vista están. Y son la mejor credencial, pero 
como ha dicho recientemente un ilustre arquitecto de allende los 
mares “en una tierra donde muchos de los que leen no perciben y 
los que perciben no leen*'... 


(1) Punta Ballena, iirhani/ada por el Arqiiiteelo Bonel, es raso típico. 


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Otro aspecto cuidado y difícil de la casa uruguaya es el de la 
ventilación. Nosotros no estamos ni en tierras frías ni en las calientes 
y, de ahí, las dificultades. Tenemos una temperatura general extraor¬ 
dinariamente favorable, pero también tenemos muchas variantes ines¬ 
peradas y profundas y, como si esto fuera poco, días muy fríos en el 
desapasible invierno y muchos calientes en el rigor de la canícula. 
Y hay que precaverse sobre todo esto, pues estas variantes siendo 
tan profundas, son tanto más difícil de contemplar, máxime en el día 
donde la noción de la vida al aire libre impera soberana. 

Los dispositivos de la calefacción central, a base de agua ca¬ 
liente han tomado amplia carta de ciudadanía, de una manera tan 
apreciable que, para las residencias de ciertas categorías, es indispen¬ 
sable. Pero está el verano, tan ameno, tan acogedor, tan buscado, en 
el cual la mansión modesta o suntuosa rinde al máximo sus beneficios 
o sus contrariedades. En estos casos, en los estilos modernos, creo ver 
el exceso de vidrio, que procuran mucho calor en verano y mucho 
frío en invierno. Pero es evidente que, pese a todas las dificultades, la 
meta alcanzada es altamente halagadora y, tanto más lo es, cuanto 
sus beneficios se evaden de las posibilidades de la construcción de 
precio y alcanza a los más modestos planos explotando la distribución 
y la expo^iición que, al respecto, son factores decisivos consideradas las 
dificultades a vencer en una planificación general. 

Desde luego he recorrido muchos ambientes de la vieja Europa 
y he podido observar las metas logradas en esos ambientes fáciles 
para el logro de los máximos adelantamientos, y considerada la vi¬ 
vienda nuestra en el plano general, es altamente reconfortante poder 
decir que hemos podido alcanzar planos superiores, quizás no logrados 
aún por nacionalidades de más potente y vigorosa economía. Por algo 
es que somos un país joven atento a todas las sugestiones de mejora¬ 
miento colectivo, patente en nuestro núcleo social y en nuestra manera 
de vivir, sin prejuicios que contemplar, ni antiguallas que predominar. 

Lo más notable y reconfortable es la contribución nacional a 
estas manifestaciones artísticas. El azulejo criollo que, tímida y 
exitosamente, en su expresión artística, iniciara en Maldonado en los 
primeros tiempos de la patria don Francisco Aguilar, ha tenido sus 
continuadores en sus últimos tiempos y, hoy, los cuadros de composi¬ 
ción de tema nativista están a la venta con calidades remarcables. 

Fue Carlos Castells, el feliz dibujante de temas criollos, prema¬ 
turamente fallecido, quien, 40 años atrás hizo quemar en Sevilla las 


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primeras baldosas por él pintadas, que incorporó el tema nativista 
a esta manifestación artística. Se trataba de catorce motivos de la 
doma del potro que, si bien presentan algunos defectos de dibujo, son 
agradables de color y bien documentados. El paisaje nativo lo incor¬ 
poró de la misma manera, vale decir, con azulejos españoles, César 
Gutiérrez, en su estancia de la Meseta de Artigas. Allí colocó dos inten¬ 
cionados cuadros decorativos reproduciendo el histórico promontorio y 
el no menos conocido Salto del río Uruguay, no distante del lugar, in¬ 
troduciendo así el paisaje nacional al azulejo. Hoy todo se hace en 
el país y las escenas campesinas se ven felizmente logradas. Estimo 
que su porvenir es promisor por cuanto es un factor de belleza que 
avalora con cosas nuestras satisfactoriamente logradas y en franco 
tren de perfeccionamiento la casa uruguaya. Es de desear que la orni¬ 
tología sea tratada cuanto antes ya que la ictiología la he visto tra¬ 
bajada recientemente por López Lomba de manera feliz, aunque no 
coloreada. Nuestros pájaros, con su brillante plumaje, se prestan a 
maravilla para paneles decorativos, ya que estimo hay que mati¬ 
zar las escenas de la vieja Europa con las nuestras, de tanto vigor y 
atractivo como aquellas y mucho más cercanas a nuestro íntimo 
sentir. 

Hay un trabajo muy interesante de Vicente Nadal Mora, — 
“El azulejo en el Río de la Plata. Siglo XIX”, publicado por la 
Facultad de Arquitectura y Urbanismo de Buenos Aires donde se esti¬ 
ma en más de 150 los azulejos, en sus variantes, de origen francés, 
conocidos por el autorizado autor. Al cabo de lo por él publicado 
—desde luego, esmeradamente y a pleno color— y conociendo las 
colecciones uruguayas, creo que llegan y pasan los 200 tipos de la 
producción francesa de las bocas del río Ródano y del paso de Calais 
las que existen aquí. El aporte galo de fines del XIX fue enorme, 
como lo fue en el tipo de teja y en las famosas baldosas Sacomán 
con las que se cubrieran cientos de miles de azoteas y millones de me¬ 
tros cuadrados de pisos, hoy realizadas en el país, con la consiguiente 
economía y las conveniencias del caso, aunque debo reconocerlo, con 
alguna desventaja aún, en esta parte de la evolución de la i)roduc- 
ción nacional, por ser el producto francés más liviano y quizá no tan 
poroso. 


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Otras variantes en la decoración de la casa-habitación que nos 
ocupa es el matizado de los paramentos con dichos azulejos. 

Otrora, en los primeros tiempos en que la arquitectura uruguaya 
comenzó a emerger saliendo lentamente, del rancho rústico, luego de 
la casa elemental de piedra o de ladrillos, fue la utilización de los 
azulejos, que ocuparon primeramente los vanos de las ventanas o los 
frisos interiores y hasta exteriores de las residencias de mayores pro¬ 
porciones arquitectónicas, lo primero que entró en la decoración. 

El azulejo francés y el español, y también, en más reducida es¬ 
cala, el portugués, algo tuvo que ver en estas manifestaciones indica¬ 
doras de las preocupaciones artísticas de sus dueños; pero, al princi¬ 
pio, fue todo muy esporádicamente, por cuanto su aplicación exigía 
inversiones más o menos altas, no reproductivas ya que los frisos de 
las encaladas paredes se tornaban prácticos disimulando las injurias del 
salpicado de tierra de las lluvias —en los exteriores— y del lavado 
reiterado de los pisos —en los corredores y patios interiores— apli¬ 
cando un color sufrido, a la cubierta de blanca cal que generalmente 
los cubría. 

Dije que hubo incipiente ensayo criollo en Maldonado, a prin¬ 
cipios del XIX, a iniciativa de aquel progresista vecino que fuera 
don Francisco Aguilar, acerca de lo cual, a mi pedido, Francisco 
Mazzoni redactó un trabajo para la Revista de la Sociedad Amigos de 
la Arqueología, tomo I que en 1927 publiqué, (’) al término del to¬ 
mo II de “Civilización del Uruguay'’, conjuntamente con algunas de 
las buenas baldosas que más tarde fabricaran y que imprimí en color. 

En la cúpula de nuestra vieja Catedral el revestimiento era de 
esas baldosas de cerámica francesa a base de motivos azule> sobre 
fondo blanco, que hoy, al reconstruirse totalmente, se han cambiado 
por nacionales de idéntica ornamentación y características y de exce¬ 
lente factura. Debo agregar que es bastante común en el XIX, a sus 
fines, esta decoración de las cúpulas de edificios religiosos. 

También, en las jambas se excusaba las huellas de roce con 
franjas de azulejos de distinta coloración que alcanzaba a los dinteles y 
también a las cornisas, encuadraba los \entanales, cubría ciertos mol- 
duramientos, pilastras y remates, decorando de azul sobre fondo 
blanco, o salmón, rosa y amarillo —ocres variados— los exteriores 


(1 ) “La industria dr la cprámica en Maldonado”. 



poniendo nítida notas de tono uniforme en las pinturas —verdes, 
brun Van Dick, por lo general— de las puertas y las ventanas. 

Erróneamente se cree que el azulejo tuvo un franco predicamento 
durante el período colonial, siendo su aplicación rarísima; y este error 
predomina en el vulgo a tal punto que se califica como “coloniales" 
el azulejo francés que recién entró al país hace cien años, a mediados 
del XIX, teniendo una enorme difusión en los frisos, en los incipientes 
cuartos de baño, un predominio casi total en el recubrimiento de las 
paredes de las cocinas, y en los breves recintos de los servicios higiéni¬ 
cos, en el decorado de los brocales de los aljibes y hasta llegó a cubrir 
por completo los exteriores de algunas fachadas de casas urbanas, 
como ya lo dije en mi “Civilización del Uruguay'’, tomo I, publicando 
un documento gráfico probatorio en el tomo II. 

Las cerámicas que tan triunfalmente irrumpieron en nuestro 
medio, producen, casi totalmente de los establecimientos productores 
sitos en las Bocas del Ródano o en la región del Paso de Calais como 
dije y lo atestiguan sus marcas. Hechas a base de blanco, predominando 
casi totalmente el dibujo azul, y algo el marrón, solo o con aquel 
combinado, y excepcionalmente, aparecen en la decoración otros co¬ 
lores y es indudable que ponían una nota amable en los sitios refe¬ 
ridos como también en los antepechos de las ventanas, frente de es¬ 
calones y en las mentadas cúpulas de iglesias. Todos ellos con figuras 
geométricas, de zig-zag, entrelazadas, articuladas, cuadradas, que 
ahora, salvados escasas unidades de las demoliciones, decoran los pa¬ 
ramentos de numerosas residencias, poniendo una nota brillante y 
colorística sobre los vastos enjabelgados, aplicando manchas de poli- 
crc ma luminosidad sobre los álbeos conjuntos rematados por el rojo, 
soberano dominador de los tejados, o recubriendo brocales y pilastras 
e\'ccadores del tiempo ido. 

Pero hoy el azulejo español esmalta porciones apreciables de las 
residencias, procediendo de las más diversas localidades pero predo¬ 
minando Sevilla, y de éstos Triana. También los de Castilla, los de 
Talavera de la Reina, hermosísimos, como los de Italia, los de Portugal, 
los de Alemania y de Inglaterra, aunque éstos en menores aportes. 

Pero en todo este material decorativo no campean dominadores 
como otrora en el azulejo francés, las decoraciones geométricas. El 
elemento vegetal, los heráldicos, la figura humana, los cuadros de com¬ 
posición formados por innúmeras baldosas, los elementos astronómicos, 


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la ictiología, etc., todo concurre a su variación y a su mayor hermo¬ 
sura. 


Uno de los detalles iniciales en el planeamiento de casa-habita¬ 
ción dotada de jardín o levantada en los suburbios, contándose con 
espacio, en que se demuestra el afinamiento del gusto colectivo, es 
que se ha abandonado la preocupación de otrora de nivelar el te¬ 
rreno, modificando la topografía. Esta ahora se respeta en sus movi- 
iuientos que le restan la monotonía propia de los espacios muy planos 
y, hasta se insinúan ondulaciones artificiales por lo regular a base 
de la tierra sacada de los cimientos y demás excavaciones propias de 
toda construcción, lo que presta vida y variación una vez oculta por 
tepes de gramilla, que luego se cuida, manteniendo cortada a ras de 
la tierra la vegetación. 

Así ha entrado una de las características del jardín inglés a base 
de céspedes bien cuidados, bien regados, completados con los sende¬ 
ros más o menos sinuosos de losas de piedra que han eliminado los 
antiestéticos carriles térreos de los lugares frecuentados por vehículos 
—camino de garaje,— y el no menos feo sendero de los peatones. 
Las losas espaciadas colocadas con cierta displicencia, a más de evitar 
los trillos de los peatones producido por el reiterado tránsito, da una 
agradable nota de color y evita las antiestéticas sendas enlosadas 
regularmente, simétricas, —casi siempre en recta— y los sucedáneos 
más económicos cubiertos de gravilla, menos feos pero igualmente 
indeseables que estuvieron en boga en los viejos jardines. También 
puede ser, indirectamente, una vocación, alterada, de la “pelouses'" 
francesas. 

Al respecto, aún en campaña se mantiene otra característica: la 
pésima costumbre del barrido de “los patios" de simple tierra, sin 
gramilla, por lo general, para peor. Esta costumbre debe comba¬ 
tirse y eliminarse de raíz no sólo porque no es hermosa, sino por¬ 
que en verano, o en las épocas de seca, es un constante factor de 
producción de polvo levantado por el viento y trasladado por las co¬ 
rrientes aéreas al interior de las habitaciones, cubriendo muebles y 
produciendo otros inconvenientes. A más, los días de lluvia y los sub¬ 
siguientes, se tornan los patios en un barrial con todos los inconve¬ 
nientes propios de tales lodazales y, a la postre, la erosión forma 
zanjas y el mantenimiento de la superficie más o menos lisa resulta 


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onerosa en extremo. Pero a :su profundo arraigo en chacras y en 
estancias, ya se apunta la reacción operada en las construcciones de 
las mayorías de los jardines que se mantienen en los aledaños de las 
ciudades y se desplaza lentamente esta característica del “patio rural” 
uruguayo. En el pasado, era clásico, y a puntillo de honor el estar 
bien barrido. 

Los jardines de hoy van ganando en belleza con otros mil detalles 
y, entre ellos es de destacar la eliminación de los canteros limitados 
por muretes de ladrillos conteniendo la tierra, siempre a mayor nivel 
que los senderos, muchas veces recubiertos por dibujos obtenidos a 
base de la inscrustación de conchillas en la capa de mezcla que recubre 
los ladrillos, de piedras de color, de cantos rodados, de residuas de 
mármol, cuando no el múrete de contención se formaba a base de 
fondos de botellas colocadas verticalmente, de vidrio o de barro, que 
suplantaron a las viejas borduras de boj que, venido de España, fue 
el primer borde. 

Felizmente hoy los canteros emergen del tapiz verde con o sin 
muros fijos con borduras vegetales, que lo suplantaron, por lo regular en 
planos levemente más altos que el de los caminos y contornos, agru¬ 
pando macizos florales en los que campea el buen gusto y la buena 
disposición de los colores. También, afortunadamente, los árboles se 
disponen en bosquetes imitando la dispersión natural de la natura¬ 
leza, ocultando edificios y paredes sin belleza, muros lisos, combinan¬ 
do altitudes y manchas de color o de volumen en que la infinita va¬ 
riedad de la gama verde de los follajes, se matiza con especies que 
dan flores y con palmas que emergen entre los conglomerados de 
coniferos y de variedades forestales de hojas perennes o caducas, 
obteniéndose aspectos artísticos con sus formas y la policromía de 
sus colores. 

En estos espacios verdes, por reducidos que sean, se ve a las 
claras las tendencias estéticas de los dueños extendiéndose a estas ma¬ 
nifestaciones, tan personales, la aplicación de la vieja conseja por la 
que se juzgaba al individuo por las características dominantes de su 
indumento. Ahora, la formación y el decorado del jardín informa al 
visitante de los kilates que calza el dueño en cierta materia. 

Una de las mayores preocupaciones de quienes construyen “su 
casa” no sólo en la ciudad, sino muy especialmente en las de 
“fin de semana”, las de los balnearios, y las de las estancias, es la 
chimenea, ya que adopto (orno más típica la denominació/r de estufa. 


— 61 — 



como ya lo he hecho presente en otro capítulo mío. Su importancia es 
muy considerada y sobran razones para ello, no sólo estéticas sino las 
más importantes de hacer grata la temperatura del interior durante 
nuestros cortos pero irascibles inviernos. 

En éstos y en los días desapacibles de todas las estaciones, en 
su torno se congrega y se desenvuelve el buen existir de toda la fami¬ 
lia y, en verano siempre resulta uno de los detalles más ornamentales 
del estar, del comedor o del recinto agraciado con su presencia. No 
es por tanto de dudar la detención con que se le examina antes de 
determinarse a dar el visto bueno para llevarla a la práctica, ya que 
también ella representa casi siempre algo muy personal del cliente o 
del arquitecto, desde que el que sabe ver en ella, aprecia más de una 
de las modalidades de quienes intervinieron en su concepción. 

Y también, aunque en grado menor, la chimenea al exterior, y su 
veleta, obra arquitectónica por antonomasia, en parte mínima define las 
calidades del arquitecto, siendo por demás archisabido que una her¬ 
mosa concepción de línea y de volumen del edificio relacionado con 
su tubo o, vice-versa, puede echar a perder una de esas chimeneas 
cuando no todo el conjunto. De ahí el cuidado con que se le examina. 

El gusto actual desestimó hace mucho tiempo las antiguas concep¬ 
ciones de las que se usaron con frenesí en las ciudades en el período 
llamado Romántico, a base de mármol de Carrara casi siempre sin 
excluir otros mármoles blancos o de color de otras procedencias como 
tampoco las de alabastro o de historiada madera de roble o nogal. 
Las de madera con o sin campana —las de mármol urbanas y rurales 
nunca las tuvieron— también han sido desechadas y hoy acaparan 
toda las simpatías las de tipo rústico, casi siempre de piedra, otras 
veces mezcladas en volúmenes bien distribuidos con los ladrillos sin 
revocar, y, otras con viga de madera rudimentarias pero voluminosas 
que sostienen las cajas de las campanas muchas veces en acertadí¬ 
simas disposiciones. 

El hogar, siempre amplio, dando preferencia a la utilización de 
los grandes leños, índice de un mayor confort para los más, pero de¬ 
talle que deja de serlo si se examina bien los costos de la manutención 
del fuego puesto que los gruesos troncos resultan a la postre más du¬ 
raderos y rendidores que el uso de astillas más o menos gruesas ya que 
su trozado demanda jornales demorados y aquéllos no, y a éstas, por 
su inconsistencia, el fuego las liquida rápidamente. 

La variedad de formas a este respecto es inmensa y a los arqui- 


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tectos se les asedia con cuanta revista cae a las manos donde figu¬ 
ran los ejemplares más distintos de todos los países, especialmente los 
nórdicos, donde el rigor de la temperatura hace indispensable ese 
detalle que deja de serlo porque torna amable y confortable el hogar. 
Esta es otra característica nacional: la adversión al tipo standart. 
En Europa, en Inglaterra por ejemplo, se busca el tipo repetido no 
sólo por ser el de menor costo. Con la inusitada aplicación de las 
estufas a todos los ambientes, han desaparecido hace mucho algunas 
preocupaciones que la gente de antaño solía tener para ellas, errónea¬ 
mente desde luego, al suponerlas que podrían perjudicar la salud por 
inesperados enfriamientos, pues dando más calor que los braseros, las 
suponían perjudiciales, y su triunfo ha sido tan completo, que aún en 
las viviendas en que se dispone de calefacción central, la estufa 
existe y debe existir, por cuanto la atracción que ejerce en la psiquis 
del ser humano, en las largas tardes de invierno —y en todas las 
horas —la contemplación de su hogar donde los leños van siendo 
lentamente consumidos, es tan grande y depara un tan inmenso pla¬ 
cer, que su construcción se justifica por este solo título, ya que es 
sedante para el espíritu, sobre todo los de kilates artísticos y extraor¬ 
dinariamente apaciguador de los nervios tan necesitados siempre de 
reposo en el torbellino de la manera agitada de vivir que nos deparan 
los tiempos modernos. 

A estos respectos el cambio ha sido tan brusco, el cuerpo añora 
la vida patriarcal de antes de una manera tan evidente, que precisa¬ 
mente la casa de ahora, nuestra casa de hoy, debe ser a estos fines reali¬ 
zada a manera de una especie de sanatorio donde el sistema nervioso 
se aquiete y recupere energías. Y de ahí que al concebirla intervenga 
también no sólo el artista sino que en grado igual el psicólogo, junto al 
higienista y a los demás especialistas cuya contribución es reclamada 
y buscada para la realización de algo hermoso y práctico, placer del 
cuerpo y del espíritu, aspiración no fácil de lograr. 


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CAPITULO III 


El amoblado. — Sus estdos. — Lo visto en otros medios, en museos 
y colecciones. — Atisbos y consideraciones sobre el arreglo y la 
decoración de interiores uruguayos. 


Trazar una perspectiva de la evolución habida en el mobilia¬ 
rio del viejo mundo desde que, como lo expresara precedentemente, 
el alhajamiento de la casa uruguaya dependió del usado por los 
distintos pueblos origen de la nacionalidad; y siendo éstos comple¬ 
tamente europeos, como es notorio, las influencias de otros medios 
allende los mares, apenas si se hicieron sentir en detalles venidos 
precisamente, cosa curiosa, por intermedio del mismo origen occiden¬ 
tal. Estas leves excepciones se refieren a la influencia china llegada 
a través de ciertos estilos ingleses y también, en no menor grado, 
en el mueble portugués aportado por el contrabando, al principio, 
que se hacía por la Colonia del Sacramento y aledaños y, luego 
sin cortapisas aduaneras, libremente, sin reparos, por la decena de 
años que la antigua Banda Oriental fue, casi por mitades en el tiempo, 
portuguesa y brasileña, políticamente. 

Esta influencia asiática se circunscribió al tipo de pata que los 
franceses llamaron “cabriolé” —“pata de cabra”— indistintamente 
utilizada en sillas, sillones, y mesas de arrimo y aún centrales, estas pese 
a su extrema rareza por ese entonces. 

Pero el mueble inglés, que entró desde principios del XIX, 
continuó importándose durante todo ese siglo en similar grado de 
intensidad, como hasta el presente, y las copias hechas en lo que va 
corrido del siglo XX son importantes, siempre realizadas en nobles 
materiales, maderas de primera, caoba, ya que el jacarandá hace años 
agotado, es imposible de obtener, negro o habano. El guindo con 
preferencia suele ser buscado en ese mobiliario. La razón de esa per- 



sistencia y de su auge se explica por su color y grano elegante y unido, 
por su practicidad y también por la importancia de la colonia inglesa 
que, si bien no numerosa, casi siempre ha sido de relieve en estas 
y otras modalidades, por su holgada posición económica: comercian¬ 
tes, estancieros, hombres de negocios, altos empleados de los ferroca¬ 
rriles, aguas corrientes, gas, tranvías, sin contar con el factor de los 
diplomáticos que tanto en esta nacionalidad, como en la francesa, 
italiana y aún norteamericana, en la materia siempre cuenta. Es de 
recordar la importación libre del pago de derecho del mobiliario y 
demás de su uso personal de que gozan y que, al término de sus 
misiones no se lo llevan, pues los liquidan en públicas almonedas, a 
precios siempre remuneradores ya que la no oblación del derecho adua¬ 
nero tiene efectos ad posteriore. 

Entrando en materia cabe recordar que la modestia del moblaje 
europeo persistió, con las variantes fácilmente comprensibles, sin ma¬ 
yores adelantamientos hasta el siglo XV, pero desde sus postrimerías 
el progreso fue vertiginoso. Es que advenía el Renacimiento en que 
la renovación de los valores estéticos fue total y tan grande, que hasta 
la fecha no ha sido igualada por lo menos en el ritmo ascendente tenido, 
aunque el mejoramiento ha sido continuo en los aspectos de facilitar 
la mayor comodidad, y a su higiene y belleza, pero lo cierto es que 
las aristas artísticas no han sido superadas por lo menos en ciertos 
aspectos. Se han empleado nuevos materiales, se han utilizado las lí¬ 
neas, se han adaptado a los nuevos métodos de vida las viejas uni¬ 
dades, o apareciendo otras nuevas, pero la ebanistería, el arte de los 
ebanistas y de orfebres, el perfecto trabajo de los metales, etc., gene¬ 
ralizando, es meta que se añora y se busca igualar, en la mayoría de 
los casos, infructuosamente, con las líneas simplificadas y la extrema 
sencillez de la ornamentación. 

Por la centuria XVI llegó a un nivel de suntuosidad tal, que cier¬ 
tos gobiernos hubieron de dictar reglamentaciones que contraria¬ 
ran los inmensos dispendios que se sucedían de una manera loca, 
rivalizando los potentados occidentales en inversiones que hoy 
parecen fabulosas, tanto en el moblaje como en el atuendo de hom¬ 
bres y mujeres, así como en las telas que se empleaban en la confección 
de los vestidos como en la decoración. 

Hubo una dama inglesa, la duquesa de Salibury, que invirtió 
catorce mil libras esterlinas en la confección de la cama matrimonial 
de una de sus hijas, siendo de advertir que los inmensos palacios que 


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produjo el Renacimiento con sus enormes proporciones dedicaban de 
preferencia casi al dormitorio los locales más espaciosos semejantes en 
proporciones y riqueza de decoración, a los más decorados salones de 
fiestas. En Francia, por ejemplo (pero no en España) el rey se vestía 
y desvestía en público, rodeado de lo más empingorotado de su corte. 
La pintura contemporánea a esa manera de vivir ha legado al pre¬ 
sente las escenas consiguientes, completadas por las viejas crónicas, 
donde se relatan las ceremonias desarrolladas de acuerdo al protocolo 
imperante, para nuestros días, inverosímil. 

Las camas de pabellón, también llamada “cerradas” desaparecen 
poco a poco, pero quedan en muchos estilos, las columnas como ele¬ 
mento de decoración. Antes de eliminarse el dosel, los varales y los 
pesados cortinajes, éstos, como ya dije, se tornaron más livianos lle¬ 
gando a ser transparentes, de tul, de encajes, de muselina, y con esas 
características es que llegaron a nuestras playas. 

También su recio esqueleto de los años pasados, de madera rica¬ 
mente trabajada, tuvo sus variantes y se empleó el hierro y el bronce. 
Con esta modalidad, este fue uno de los tipos de cama, de una, —ra- 
rísimamente de dos plazas,— que más se usaron en la última mitad 
del XIX en el país. 

Las de hierro eran delgadas y huecas, para hacerlas más livianas, 
con un cielo que mediante una simple combinación de caños, termi¬ 
naba en cúpula cóncava rematada por un aro y también per una 
corona. Había pues ahí un tiraje de aire que, en el verano actuaba 
entre las cortinas entreabiertas y el aro superior, y que era práctica, 
lo sé por experiencia, pues solía dormir en ellas en casa “de mis 
abuelos. Las había también de bronce, con las mismas características 
constructivas y de ornamentación de las de hierro que, dicho sea de 
paso, eran de menor costo. La muselina también solía entrar en la 
decoración, y puede decirse con verdad, que el gusto femenino sabía 
formar unos conjuntos encantadores, con los encajes y con los colo¬ 
res que la tornaban muy hermosa. 

Pero tenían dos serios inconvenientes. El menor, la tierra que 
juntaba ese gran volumen de telas livianas o no, por lo cual, se 
utilizaban, casi siempre, telas lavables. El mayor, tremendo, era el 
peligro de incendio, porque todavía no había advenido la luz eléctrica, 
ni tan siquiera el gas —que también presentaba sus riesgos— y que 
al final llegó. Se vivía en plena época de la vela o de la lámpara 
de aceite o de kerosene y la costumbre de leer por la noche data 


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de mucho atrás, aunque, desde luego, se realizaba en escala inferior 
no sólo por la menor intensidad lumínica sino por el peligro del 
fuego, y la consiguiente falta de costumbre. Creo indudable que la 
de leer por las noches, ya acostado, se produjo por el aumento lumí¬ 
nico que procuró la luz eléctrica. 

Pero antes de desaparecer las camas de pabellón ya dije que en 
algunos estilos quedaron las columnas, prestándose admirablemente 
para trabajos de ebanistería que les daba un realce y una prestancia 
especial, al actuar a manera de historiados blandones, desde luego, 
cuando el artista acertaba, pues, de lo contrario, evocaba la macabra 
escena lumínica de la noche final. . . 

En otros desaparecieron las columnas y los varales, pero quedó 
el dosel y los cortinados de la cabecera, ampulosos y ricos unas veces 
y otras más sencillos, que sólo tenían un rol decorativo por demás 
discutible, pero siempre receptáculos de polvo. Esta modalidad tam¬ 
bién tuvo una gran difusión en el país durante todo el período final 
del XIX y eran obligadas, imprescindibles, tanto en los estilos Renaci¬ 
miento como en los demás franceses, italianos, etc. Por ese entonces la 
cama libre de esos chirimbolos no se concebía ni siquiera en las 
de una sola plaza, donde poco a poco fue este tipo la vía eliminato¬ 
ria, pero en los lechos matrimoniales durante largos años fue de rigor. 

Los respaldos de camas, de tela tratados en almohadillado, vale 
decir “capitonée” se usaron poco. Eran franceses pero hubo hasta 
artísticos “boudoir” como el que publico. 

En nuestro medio la cabecera de la cama siempre se adosó a la 
pared, salvo algunos tipos galos, de gran lujo Luis XV, XVI y casi 
todas las Imperio que se colocaron lateralmente adosadas a lo largo 
de los muros, de la que pendían el dosel descendiendo pausadamente, 
a los lados, recogidas al extremo, los cortinados de manera más am¬ 
plia por la mayor longitud de los largueros. He indicado excepciones 
entre las que figura la de dos plazas, existente en el Museo Histórico 
Municipal, que publico, sin dosel por no haber obtenido el original —si 
lo tuvo—. Se colocaban en el centro de la pieza, sobre una tarima de un 
solo escalón, y presentan la particularidad de los dos respaldos de igual 
altura y esculturados por ambos lados, natural disposición ya que 
ambos eran frentes. 

El dormitorio, evolucionando, sin perder sus características, fue 
disminuyendo el volumen, ocupó departamento más reducido, se 
tornó más íntimo, alejó toda espectacularidad y, como consecuencia 


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inmediata de esto, su suntuosidad disminuyó y los cortinados elimi¬ 
nados fueron de brocados de uno o de dos pelos, de terciopelos y tam¬ 
bién de telas de lino o de encajes, siendo, como es fácilmente de supo¬ 
ner dada la ingerencia femenina en su decoración, sumamente elegante, 
coqueta y acogedora. Aquel rincón también, no hay que olvidarlo, era 
la posada del amor, supremo desiderátum de la vida. 

Se considera como creación del mobiliario inglés otro tipo bien 
distinto, “la cama de día”. Por su utilidad, fácilmente se propagó 
por todos los países y, en el nuestro, estuvo en boga desde media¬ 
dos de la pasada centuria y aún en nuestros días perduran en algunos 
ambientes sibaritas o conservadores. Pero el nombre francés predomi¬ 
nó por lo menos aquí: se trata de los conocidos “chaise longue” que 
tomaron las líneas de los estilos galos generalmente, sin descuidar 
los de su país de origen y algunas otras modalidades no tan prepon¬ 
derantes en esos modelos de antaño. 

Este tipo de cama, lugar de reposo para el día, pasó el canal 
de la Mancha y se extentió prácticamente por medio mundo, en 
especial en Francia donde al generalizarse, recibió el bautizo más 
atrás citado, y también en el Río de la Plata a fines del XIX. 

Y ya que he citado a Francia, debo mencionar la gran influen¬ 
cia que en el desarrollo de su mobiliario, así como en su expansión 
al exterior, tuvo la creación del gran Colbert, el poderoso ministro 
de Luis XIV al crear la “Manufacture royale des Muebles de la Cou- 
ronne” que en su función de casi dos siglos, procuró adelantos posi¬ 
tivos a favor del grado muy subido de aptitud, para la creación pro¬ 
pia del espíritu francés, así como, de su buen gusto indiscutible. Un 
organismo rector de estas actividades de tanta resonancia universal 
artística y económica no podía dar más que beneficios como los daba 
su similar la Manufactuie Real de Sevres, en faiences y porcelanas 
como las daba igualmente en Madrid la Real Fábrica del Buen 
Retiro destruida ignominiosamente durante la invasión francesa a la 
península por la pérdida del secreto de las pastas, nunca más lo¬ 
grado pese a los esfuerzos realizados para la obtención de porcelanas 
y biscuit que se han venido haciendo casi hasta el día. Hoy, otra simi¬ 
lar madrileña de otra industria de selección que he visitado, anotan \o 
magnífica realizaciones continuadoras de una producción centena¬ 
ria plena de éxitos, es la Real Fábrica de Tapices, en donde uno 
duda si dar la prelación a los tapices o a las alfombras, siendo muchos 
los aciertos habidos tanto en estos como en aquellos. 


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Posteriormente, en plena mitad del XX, han aparecido en el 
país otras “camas de día" apropiadas para el camping y en especial 
manera difundísimas en nuestras playas. De indudable influencia 
norteamericana unas, europeas otras, ejecutadas en los más di\ersos 
y flexibles materiales todas —tejidos, colchonetas extra livianas, de 
goma otras, que en segundos se inflan a voluntad del utilitario-— son 
lechos de reposo que se utilizan como suele hacer el gaucho con su 
recado y el hombre de la ciudad con su manta: se extienden en el 
suelo, en el lugar y posición más apetecida, brindando una comodidad 
difícilmente superable con el empleo de medios mínimos. Es una 
variante de esas “perezosas”, como se suele llamarse aquí, constituidas 
a base de un doble juego de marcos de madera, fuerte y liviana, 
que con el aditamento de dos metros de lona, procura una posición 
de descanso ampliamente satisfactoria y que integra, como luego se 
verá, uno de los elementos del mobiliario occidental que se utiliza 
en las excursiones campestres o en los jardines, de gran desarrollo por 
la utilidad que reporta, y el bajo costo de su adquisición y facilidad 
de su transporte y almacenamiento. 

En los museos europeos pueden verse actualmente ejemplares de 
camas que, a la vez que son obras monumentales, de verdadera ar¬ 
quitectura, suelen ser maravillas de ebanistería, plenas de colgaduras 
de los más ricos tejidos —incluso de plata y oro— conjuntos en que 
la vista del visitante se detiene estupefacta algunas veces ante la ri¬ 
queza y las combinaciones felices. Pueden verse en los museo? espe¬ 
cializados y en las colecciones particulares libradas, con mayores o 
menores restricciones, a la vista pública, así como en los antiguos 
palacios reales. Constituyen visitas en extremo educativas y refinan 
el gusto en quienes se esfuerzan por aprender y sienten lo hermoso. 

Inglaterra, que siempre se ha destacado por su firme sentido de 
conservación del pasado en todo, presenta en sus viejos castigos feu¬ 
dales, y también en los más modernos, y en sitios reales como Hampton 
Court, Windsor, etc., ejemplares notables. Las he visto, empenecha- 
das y magníficas en el primer lugar, como en el museo Victoria y 
Alberto; notables son los ejemplares principalmente de camas de pa¬ 
bellón. En Francia los hay también junto a otros estilos —Lu’s XIV, 
Luis XV, Luis XVI, Imperio, etc.,— y también en España en los 
sitios reales, como ejemplares de las dos últimas centurias fuertemente 
influenciadas por los estilos franceses —en Aranjuez hay un lecho 
notable— pues en los anteriores — Carlos V, Felipe II, etc., el fortí- 


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simo ascetismo de una raza que guardaba toda la expresión de la ri¬ 
queza y del arte para el adorno de las iglesias, nos presenta ejemplares 
sencillísimos del amoblado usado en la vida privada, que dice elo¬ 
cuentemente de las preocupaciones dominantes en esos medios de 
vida espartana, donde la suntuosidad se reserva al adorno de las 
armas y a las mencionadas expresiones de religiosidad. 

Durante el avasallante imperio del Renacimiento, España no 
escapó a la oleada de suntuosidad que se esparció por toda la Europa 
civilizada, pero el extremo lujo desbordó los renglones de armas y 
de los retablos y, si bien no se extendió mayormente al mueble, al¬ 
canzó a los tejidos. Llenas están las páginas de los libros especiali¬ 
zados, de los inventarios y del comentario de las canastillas de bodas, 
comenzando, cronológicamente, con la de doña Elvira Herrera al 
casarse con don Pedro Fernández de Córdoba —1443 citando unas 
de las buenas, al azar,— (los progenitores del gran Capitán) y 
siguiendo por el de los bienes dejados por el Marqués de Priego en 
1528. El costo del ajuar montó a más de medio millón de maravedíes 
y una de las camas del marqués “la de los penachos” fue avaluada 
en 254.608 maravedíes, y Lafora —de quien tomo estos datos— acla¬ 
ra, textualmente: “Los 254.608 y medio maravedíes equivalen a 
1.877.12 pesetas valor de aquel tiempo”. Y añade: “para compren¬ 
der el valor actual (habla en 1950), sirva de punto de comparación 
que en la misma casa se valora una muía en 12.000 maravedíes, es 
decir, en el valor de entonces, 88.23 pesetas. Como esa misma muía 
tendría ahora un valor de 8.000 pesetas, la cama representa una esti¬ 
mación de 169.739”. Y sigue: “El menaje de la casa del marqués se 
tasó en 7.893.620 maravedíes, incluido el valor de los esclavos y 
las esclavas, blancos y negros, que se estimó en 294.250 maravedíes. 
Cada una de estas almas se estimó en 12.000 maravedíes”. . . 

Los comentarios huelgan. Y para meditar sobre las “cosas de 
aquellas duras épocas retornando a 1411, al testamento de una pa- 
rienta precisamente de la ya aludida madre del Gran Capitán, la 
citada doña Mencia de Mendoza, al morir disponía en su testamento 
que a su hija María la pusieran monja en Santa Clara de Toledo, 
al cumplir los diez años, por haber prometido a Dios cuando se la 
pedí. “Cosas veredes”. . . 

Volviendo al tema diré que esas camas de pabellón, cuya mo- 
numentalidad he puesto de manifiesto al tenor del gusto de la época, 
estaban vestidas con espesos cortinados, con techo de terciopelo, de 


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raso, etc., conocidos por “cielos” y la riqueza de esos cortinados —mu¬ 
chos de tela de oro y plata— colgados, a veces, de varales de este 
último metal, corría pareja, con los cobertores, sábanas, toallas. Telas 
costosísimas, hechas a mano desde luego, rematadas por blondas 
y encajes de sutilísima labor. 

Estas camas monumentales iban colocadas, generalmente, so¬ 
bre tarimas y ocupaban sitios a voluntad del propietario en el vasto 
aposento tapizado de brocados o con los paramentos ocultos por 
magníficas tapicerías. Fueron esos años los del apogeo. 


Líneas atrás expresé que el Renacimiento significó el auge del 
mobiliario alcanzado en forma insospechable en los siglos anteriores. 
Y paralelamente a la monumentalización de la casa, ingresó a este 
departamento varios muebles, entre ellos el “bufete”, o “confidente”, 
de dos o más cuerpos con cajonería en la parte superior y cerrado 
por un par de hojas dobles, en la inferior. Allí guardábase lo íntimo 
—de ahí quizá la explicación etimológica de “confidente”, — y en 
realidad venía bien en los amplios dormitorios de los castillos de 
aquella época de renovación material y espiritual, cercano al amplio 
lecho, donde cerradas las cortinas, el cuerpo se recoge y donde el 
espíritu se aísla del aire y de la luz, del “mundanal ruido”, piara 
soñar o para dormir. Fue también indudablemente el antecesor de la 
“caja fuerte”. 

En la península ibérica, en España especialmente, había hecho 
su aparición una sustitución de este mueble pues el bufete fue más 
bien italiano, alemán, francés o inglés. Me refiero al bargueño que 
era un confidente alzado sobre torneadas patas dotado de una incon¬ 
table serie de cajoncitos en la parte superior, formado por un solo 
cuerpo que se cerraba, generalmente, por un tablero que se abría 
hacia abajo pues las bisagras lo unían por la parte inferior y se clausu¬ 
raba por la parte superior por sencillos herrajes. A este tablero o puerta 
de caer le aplicaban una serie de hierros a veces muy trabajados, 
que solían representar uno de les mayores atractivos. 

Estos barqueños,. “confidentis” en Portugal, en sus formas modestas 
también llegaron al Plata, pero en muy escaso número, dieron mo¬ 
tivo para exponer sus habilidades a la artesanía foránea, tanto en los 
trabajos de taracea —con maderas de distintos colores, con el hueso, el 
marfil, la plata, el carey, etc., — como en los forjados de hierro mos- 


71 _ 



trando algunas piezas acabado tal que las dejaban convertidas en verda¬ 
deros primores. Con posterioridad al período colonial se han importado, 
auténticos los menos, copias o variantes de originales los más, verda¬ 
deras maravillas algunos, que contribuyen a la formación del buen 
gusto. Siempre lo he tenido por un mueble un poco inútil a no ser 
por la contribución que hace a la buena decoración que sí reconozco 
presenta altos valores, por la destreza de la artesanía y feliz acierto 
del diseñador, pues en un ambiente apropiado, hispánico, juega a ma¬ 
ravilla con los sillones fraileros, y las mesas españolas recias v forni¬ 
das las más, con sus tensores y adornos de hierro de forja en la parte 
inferior las más livianas. Los hay portugueses también muy hermosos 
como es posible verlos en los repositorios de Lisboa y en algunos sitios 
reales que pertenecieron a la dinastía de los Braganza. 

El arca, el arcón, subsistió pero más amplio y ornamentado, 
invariablemente en madera, no aquellos forrados de terciopelo 
tachonado de clavería de bronce y los más primitivos de cuero crudo 
trabajado en las buriladas maravillas de la refinada Córdoba de Espa¬ 
ña, de las que advinieron algunos ejemplares a nuestro suelo. Evidente¬ 
mente era poco práctico pese a lo cual tardó en ser suplantado por la fe¬ 
liz creación de las cómodas, que si queda justificado su nombre —de 
incontrovertible origen francés— pues no obligaba a las forzadas po¬ 
siciones imprescindibles para sacar la ropa. Es mueble que hizo las 
delicias de nuestras abuelas americanas y sigue siendo de gran utilidad 
como práctico y también de grata presencia ornamental a las gene¬ 
raciones de hoy que lo utilizan a porfía en todas sus muchas moda¬ 
lidades, que responde a sus diversos estilos. 

El taburete de uno o dos escalones para subir a la alta cama 
de pabellón, subsistió pues su vieja alcurnia le venía de lejos 
—de Grecia y hasta los hay egipcios de cuatro peldaños— y su uso, 
como consecuencia de aquella acendrada costumbre, le aseguró por 
largo tiempo el supervivir. Pero, las camas bajas lo desterraron y, 
achicándose, reduciéndose a un solo plano, se convirtió en el csmodo 
escabel en que las damas apoyaban los pies, con una elegante displicen¬ 
cia, en aquellas tertulias que comenzadas en siglos pasados al co¬ 
mienzo de la era de la amable sociabilidad, perdura en las actuales 
pero ya sin los escabeles de antaño que desaparecieron al fmal del 
siglo XIX. Eran de formas varias: cuadrilongos, cuadrados, rendon- 


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dos, hasta triangulares, tapizados de telas y también de “peti^ poit*’ 
y otros tipos de tapices hechos a mano. 


En el viaje que hice a Europa, hace algunos años, la Intenden¬ 
cia Municipal me encomendó una misión de estudio en los distintos 
repositorios museísticos en los cuales pudiera captar detalles de insta¬ 
laciones, antecedentes sobre el pasado montevideano, examen del 
material acopiado en los mismos y posibles vinculaciones con lo nues¬ 
tro en sus más variados aspectos desde el amoblado a la decoración y, 
tratando de vulgarizar las impresiones recogidas, es que vengo expo¬ 
niéndolas cada vez que corresponde como se ha visto, y se continuará 
observando cuando venga al caso. 

Considero útil para las personas inclinadas a estos estudios, v a las 
muchas preocupadas por el buen alhajamiento de sus casas, las su¬ 
marias impresiones de esas exposiciones toda vez que pueden poner al 
alcance de los que no han podido visitar los museos europeos, el cono¬ 
cimiento de lo que allí se guarda que pueda tener relación con lo 
nuestro, así como, las citas bibliográficas donde puedan ocurrir para 
la ampliación del panorama. Serán impresiones sintéticas de Ingla¬ 
terra, Francia, Italia, España y Portugal, donde el alto índice cultural 
de esos medios ha venido guardando de muchos años atrás, una 
parte considerable de un inmenso acervo, verdaderos tesoros, que 
comprenden todas las manifestaciones de sus civilizaciones, buena 
parte del cual es el nuestro, desde luego modesto, se ha perdido por 
despreocupación verdaderamente censurable. 

En algunos, el volumen de lo almacenado es tan inmenso, que 
se necesitarían meses para una razonada visita, especialmente el Mu¬ 
seo Victoria y Alberto, Museo Británico y la Galería Nacional de 
Londres, el Louvre de París, el del Vaticano y muchos o^ros en 
Roma, tanto en diversas ciudades de Italia como en los que hay 
en Madrid. Otros, más seriado el material que guardan, es posible 
recoger impresiones más concretas en breves visitas toda vez si se 
hacen metódicamente, no sólo por e^as características de buena or¬ 
denación del material sino porque ayudan las guías ilustradas, facili¬ 
tando su conocimiento, como diversas madrileñas y portuguesas y en 
Inglaterra, especialmente, dende verdaderos volúmenes de compulsa úti¬ 
lísima son sus católogos. En Italia, es más difícil la selección porque es 


— 73 — 



tal la cantidad de material disperso de modo por demás heterogéneo 
en los más distintos medios, desde las galerías oficiales a las coleccio¬ 
nes particulares, que no es posible considerar con cierta concisión 
el inmenso caudal acumulado a menos de disponer de mucho tiempo. 
Por otra parte, las impresiones recibidas son tan innumerables que 
producen una especie de aturdimiento aun cuando se recurra a vi¬ 
sitas ordenadas, a medidas compulsas de material bibliográfico, li¬ 
bros de arte, guías y manuales sobre el tema. Llamo la atención sobre 
este riesgo a posibles noveles visitantes. 

En muchas partes y, en nuestro medio, timidísimamente, en 
el Museo Nacional de Bellas Artes y en la Galería de Arte Muni¬ 
cipal, hace tiempo vienen formando algunos pequeños conjuntos de 
obras clásicas, de escultura sobre todo, cuyo examen, para los intere¬ 
sados que no pueden viajar, pedagógicamente es vital y sería de 
provechosa consulta, más si se extendiera en volumen, sin timidices, 
y también hacia otros aspectos de las bellas artes. Por ejemplo, nues¬ 
tro Municipio con el David de Miguel Angel, el Discóbulo y otras 
estatuas y variadas representaciones, vasos, clásicos ejemplares roma¬ 
nos y griegos, y el ecuestre Colleone, emplazados en los jardines y en 
la vía pública, por el solo acto de presencia, estimo que ha prestado 
una contribución positiva a la cultura montevideana. De completarse 
esa tendencia educacional, ampliando la serie de buenas reproduccio¬ 
nes y colocándolas en los paseos públicos, desde luego sin excederse, en 
límites discretos, sería mucho mayor el fruto a recogerse, en el bien 
entendido que se trataría de buenas inversiones del dinero público, 
con eficaz impacto en la sensibilidad de las masas. 

Y lo mismo puede decirse respecto del amoblado con copias de 
piezas representativas que discretamente intercaladas mejorando los 
museos de bellas artes, ilustrarían a las masas sobre el alhajamiento ade¬ 
cuado de la casa orienial —del Uruguay— y sería mayor la conve¬ 
niencia, si se tratara de ir mostrando la evolución con piezas autén¬ 
ticas más fáciles de obtener desde luego, de los años más cercanc^^, 
sobre todo si se presentaran seriadas, con valor didascálico positivo (^). 
Las artes decorativas han alcanzado en todas partes un auge que 
ampliamente justifica su divulgación. 

Un plan similar de otros alcances esbocé cuando me hice cargo 


(1) ('.onseniente con este criterio intercalo en las notas gráficas algunas re¬ 

producciones típicas de amoblado Tudor, Clarolino, Fernandino, Portugués, etc. 


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del Museo Histórico Municipal en sus ya lejanos comienzos, cuando 
\a había dado el primer paso aquel benemérito compatriota, don 
Alberto Gómez Ruano, pero causas ajenas a mi voluntad, me han 
impedido desarrollar de manera integral el acariciado propósito de 
la primera hora, no obstante lo cual, en este Museo Municipal mon¬ 
tevideano, como en los que comencé a formar en los Parque de 
Santa Teresa y en el de San Miguel, en Rocha, en la casa posta del 
Chuy del Tacuarí, en el Cerro Largo, y en el proyectado en el Molino 
de agua de Malvín como en los desgraciadamente fracasados en la anti¬ 
gua capilla de las Huérfanas y en la más vieja casona de Juan de Nar- 
bona, en Colonia, he puesto mi por demás modesta contribución de 
ciudadano al fomento de ese aspecto de la cultura nacional. 

En el curso de esta contribución se verá algo de lo mucho al 
respecto cosechado, en estos descuidados aspectos de la enseñanza 
pública. 


España, Inglaterra, Portugal, Italia, Francia, Norteamérica, y 
otros, han sido los países de origen de la casa uruguaya, así que una 
incursión compendiada sobre los distintos estilos, propios de esos países, 
contribuirá a una mejor comprensión del panorama, puesto que algu¬ 
nos de aquellos tuvieron clima y ambiente distinto, mezclado, muchas 
veces influencia indiscutida de origen foráneo. Y la apreciación del 
volumen surgirá por sí sola del cotejo, para todo aquel que dotado de 
habilidad para el saber, sepa ver y observar. 

En España pueden distinguirse el mudéjar, que es el arte de los 
musulmanes cristianizados, y que va del 1250 al 1500; el Plateresco 
que se desarrolla entre los años comprendidos hasta el 1600; el Herre- 
riano coexistió con el plateresco sobre todo en la arquitectura y 
puede considerarse como una reacción a la severidad que dominó 
antes del mudéjar durante los largos años de duración del gótico 
puro. De estos dos, así como el plateresco, el herreriano y aún el 
barroco, incluso sus variantes del Rococó y del Churrigueresco, nin¬ 
guna influencia tuvieron en la arquitectura nuestra, ni aun en nues¬ 
tro mobiliario de época, porque el país —vivimos en pleno ambiente 
primitivo,— no estaba maduro para estos refinamientos suntuarios y, 
si cabe una mención de aquellos, es porque desde fines del XVIII, 
cuando imperaba soberano el Neoclásico, en el XIX y lo que va 
del XX, se ha creado en el país, en arquitectura y también en mo- 


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blaje, muchos elementos que corresponden a esas característica... aun¬ 
que simples reflejos culturales de fuera de frontera. 

Del Mudejar y aún de los estilos puros musulmanes aparecieron 
muchos muebles —a fines del XIX— que corresponden a las líneas 
de los estilos árabe< pero que, felizmente, han desaparecido, pese a 
la labor de taraceado —no muy fina— que han presentado muchas 
mesas, sillas y sillones de vestíbulos que fueron los que en los tipos 
de amoblado más predominaron. Los muebles mayoies de otros am¬ 
bientes tuvieron muy escasa aceptación. Sin embargo de estos estilos, 
el cuero para los asientos y arcones, era notable por el trabajo de la 
estampa, repujado, dorado o pintado. Hoy en día suele llegar de 
Córdoba y Granada especialmente, a más de asientos de sillería, car¬ 
petas de escritorio, marcos de retratos, encuadernaciones, a veces, an¬ 
tes y ahora, pequeñas pero efectivas obras de arte. 

El plateresco puede verse en algunas mesas de caballetes acha- 
franadas, miembros torneados, cuadrados o no, unidos por travesa¬ 
nos de hierro finamente labrados algunos y otros sin ornamentar pero 
excelentes obras de forja. Las tapas de las mesas lo forman tablones 
gruesos de roble, castaño, cedro o nogal, dando una cierta impresión 
de tosquedad que les sientan muy bien pues tipifica con acierto, el 
mueble sólido y rústico. Las sillas, sencillas pero fuertes, rectangula¬ 
res, suelen tener brazos toscos y el respaldo, así como el asiento, es 
una franja de cuero —de suela de cuero— sujetas con clavos de 
gruesa y redondeada cabeza de bronce, cóncavos. 

A ciertos ascéticos tipos se les denomina “fraileros" por lo común 
y han gustado mucho para la decoración de los ambientes hispánicos 
de lugares de estar, vecinos a las estufas, en bibliotecas y escritorios 
de líneas severas, adustas, pero los hay suntuosos, de cuero trabajado 
y hasta de telas como puede verse en e! grabado correspondiente. 

En ciertas camas la influencia portuguesa se ha dejado sentir típi¬ 
cas en las cabeceras, en hileras de astiles, tornillados, arcos torneados, etc. 

Los bargueños de este estilo, solían usarse como escritorio porque 
la tapa volcable que más atrás cité, puede servir a manera de 
mesa de escribir, pero hoy sólo tienen un valor decorativo en los ves¬ 
tíbulos, escritorios y bibliotecas. Sus altas patas, torneadas a 
veces, otras de labor mudéjar, dobles o triples, con una columnata 
arqueada —pie de puente— cuando evocan el mudéjar son caracte¬ 
rísticas; como lo son las numerosas gavetas del piso superior por lo 
regular, tratados finamente como dije anteriormente, así como los 


76 — 



flejes, goznes y aldaba de hierro de la volcable tapa; todo trabajo a 
mano, batido a martillo, en los ejemplares buenos. 

El Herreriano, creado por el gran arquitecto de Felipe II, el 
extraordinario creador del Escorial, ideó un tipo de arquitectura 
opuesto a lo suntuoso: adusto, seco, como parece haber sido el espí¬ 
ritu de su señor. El mobiliario de los aposentos de los palacios magní¬ 
ficos que creó, a base de proporciones grandiosas, lisos paramentos, 
severas líneas, aplaudidos calurosamente en el pasado, despiertan la 
admiración al punto que hoy he visto muchas de sus características 
asomando en los edificios palaciales que se construyen en el actual 
Madrid; y en el amoblado de hoy, es ascético como no podía dejar 
de ser, en consonancia con la uniformidad externa e interna, mesas 
simplísimas, arcones elementales, sillones fraileros, bargueños sobrios, 
todo destacándose nítidamente tn el fondo de las encaladas paredes, 
todo muy hermoso, pero que ofrecieron, sin la menor duda, más que 
precarias comodidades a sus frecuentadores. En este estilo el adusto 
carácter español prima sobre todo. 

Otro gran arquitecto español, Chuiriguera, creó el estilo que 
lleva su nombre a base de elementos completamente contrarios, una 
explosión del ornamento barroco, en sí, por demás explosivo, extraordi¬ 
nario exceso de ornamentación, en suma: ondulaciones, volutas, etc., 
con lo que puede imaginarse lo recargado que es. Lo opuesto a lo 
otro. 

No obstante esta crítica, en ese estilo hay algunas portadas mag¬ 
níficas, pese al exceso de recargados elementos decorativos y. entre 
ellas sobresale, en Madrid, la que da acceso al Museo Municipal de la 
Villa, obra cumbre del arquitecto madrileño Pedro de Ribera 
(1683-1742) quizá su más destacado discípulo, vasto edificio que 
fuera hasta hace pocos años Hospicio de San Fernando y que no 
sólo se salvó de la demolición, por mejoras urbanísticas del barrio 
en que asienta, sino que fue restaurado, todo por el buen deseo del 
Ayuntamiento de salvar esa joya de la arquitectura española. Es un 
aplauso que se tributa, por esta acción, espontáneo y cálido. 

El Barroco ha dejado en toda Europa honda huella en la arqui¬ 
tectura y lógico es que el moblaje que inspiró a los artistas siguiera 
esas líneas, pero la influencia de su representación poco se ha hecho 
sentir en el país en los estilos españoles, no así en los italianos 
y aún en ciertos franceses anteriores al Imperio, a los Luises y al 
Regencia. Tampoco el Rococó español ha tenido aceptación en nues- 


— 77 — 



tro medio y, en cambio —y en mi concepto, acertadamente— el 
consenso popular ha buscado en los estilos provincianos populares 
—y especialmente de un tiempo a esta parte— la fuente de inspira¬ 
ción para la enorme producción del moblaje rústico que por millares 
ocupa —con algunas modificaciones— y seguirá ocupando por largo 
tiempo, las viviendas de las playas y de los campos nuestros. Acer¬ 
tadamente digo, porque esos estilos regionales no sólo se prestan por 
su rusticidad y sencillez al fin que aquí se les destina, sino porque 
han tenido la virtud de salvar la pureza de ciertas características ver¬ 
náculas, impermeables a las corrientes foráneas internacionales, gran 
virtud del arte popular en todas partes que la artesanía ha he¬ 
cho nacer y que adapta a la practicidad, los elementos disponi¬ 
bles, en el medio a que se le trasplanta desentendiéndose de las nove¬ 
dades de la moda y de los caprichos de los extravagantes. 

En nuestro medio, entre otros detalles, vemos sustituido el cuero 
crudo o curtido —la vaqueta— por el con pelo original vacuno a más 
de ciertos trenzados de vegetales autóctonos: “caraguatá” en primer 
término. 


Ya en mi libro “Civilización” citado, como también en esta 
monografía, tuve oportunidad de señalar brevemente la importancia 
del mueble inglés, que ha tenido y que tiene viejo arraigo en la habi¬ 
tación uruguaya. 

Dar una síntesis de los estilos ingleses no es cosa fácil en breves 
líneas. En unos casos su nombre corresponde al de las dinastías, en 
otros a los proyectistas y como si esto no fuera bastante, en otros a 
los tipos de madera empleados. Asi existe la Era del Roble, del 
Nogal, de la Caoba. Quizá la primera sea la más inglesa, pero indu¬ 
dablemente produjo los modelos más toscos, ya que abarca el período 
del gótico desde sus orígenes franceses a través de los reinados de 
Tudores y Estuardos. La del Nogal es clasificada por los especialistas 
como la representativa del barroco holandés llegado a las Islas Bri¬ 
tánicas durante el reinado de Guillermo y María y también en los 
lejanos tiempos de la reina Ana. La de la Caoba, para mí extraordi¬ 
nariamente atractiva —de ponderable selección de líneas— es expo¬ 
nente del bienestar, del buen gusto, y de la solidez consecuencia de 
la riqueza del Imperio que lo produjo bajo la dinastía de los Jorges 
de Hannover. Se considera que la diferencia de los distintos estilos 


78 — 



Gecrgianos son cronológicos, pues el nombre de los poderosos Jorges 
desaparece y se desplaza a los de los grandes ebanistas, proyectistas, 
arquitectos, artistas. Es más racional que así sea y debe considerarse 
de mejor justicia distributiva, pues los Adam y Sheraton, hicieron 
mejores modelos ingleses sobre la base de la producción autóctona 
con grandes aportes del barroco holandés, del rococó francés, del 
neoclasicismo, y hasta de los modelos chinos. Estos típicos georgianos 
es la resultancia de la indiscutible predisposición británica al cuidado 
de su home, su rara aptitud para hacer sobrio, práctico y bello su mue¬ 
ble, como también lo es para la floración del lujo, del refinamiento, 
aunque la influencia exótica china no aportó nada importante ni a la 
comodidad, ni a la estética del moblaje y menos de la arquitectura, 
apenas si un detalle estético grato a la visual: la curvada pata de 
cabra a que más atrás me referí y el empleo de la laca. 

La reproducción del mobiliario medioeval inglés, así como del 
gótico no ha tenido en nuestro ambiente la menor repercusión. El 
Tudor-Isabelino (1485-1603) está teniendo algunos cultores pero no 
en los enormes aparadores ni en las camas colosales, sino en ciertas 
mesas con influencia más o menos visible del gótico con el Renaci¬ 
miento que da por resultado muebles macizos y simples, severos, y 
muy aparentes para ubicarlos en grandes halls. Los sitiales son incó¬ 
modos; con razón no gustan. 

El Jacobiano primitivo contribuyó a un mayor confort —per¬ 
dóneseme el aceptado y elocuente galicismo— pues, dentro de la so¬ 
briedad, es más ligero y acogedor e incorporando la tapicería a las 
sillas les dió mayor comodidad e indudable belleza. En marcos de 
espejo existen Jacobeanos muy hermosos por los finos acabados y 
atractivas líneas. Este estilo ha gustado últimamente y sus modelos 
los reproduce la artesanía del país bastante bien. Del Cromweliano no 
hay nada o casi nada aquí pero del período de la Restauración, al 
advenir nuevamente la monarquía desplazada por el republicano 
Cromwel, volvió a incorporar algunos elemntos del barroco en paña¬ 
les aún, y hay sillas de este tipo y una porción de muebles que han 
tenido y tienen gran aceptación entre los cultores del mueble inglés 
por la finura de los enchapados, la incrustación de madre-perlas, las 
decoraciones pintadas, las muy atractivas aplicaciones de lacas: sofaes, 
camas, escritorios, poltronas, relojes de pie y de repisa, mesas li¬ 
vianas fácilmente portables por cualquiera, taburetes, espejos, camas 


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de pabellón. Al final de este período los expertos distinguen una va¬ 
riante: el Jacobiano Tardío. 

El estilo Guillermo y María trajo de Holanda formas aparatosas, 
rumbosas, a la vez que produjo un cambio radical de la morada en 
las clases pudientes, pues los aposentos se hicieron más íntimos y la 
magnificiencia del período anterior, donde se llegaron a hacer, para 
los departamentos reales, muebles de plata, optó por la sencillez sin 
perder altura ni en el acabado artístico ni en la gracilidad visual de 
los modelos. La sillería se tapizó con gusto y el pie holandés de forma 
de cachiporra y la pata curvilínea fue, se dice, la pata cabriola. 

Los enchapados son de una terminación cuidadosa, así como el 
barnizado de laca de tipo japonés, la marquetería llegó hasta copiar 
las algas marinas, lo que hace decir a Aronson en su “Enciclopedia 
gráfica del mueble y de la decoración” que le recuerda las enmara¬ 
ñadas creaciones francesas de Boulle. 

El Reina Ana es una de las modalidades más interesantes del 
mueble inglés fuertemente influenciado por los modelos holandeses, 
pero menos pesado, mucho más grácil. La pata cabriolé, el uso de 
las curvas y la supresión de los travesaños en algunos tipos de sus 
sillería lo caracterizan. El nogal aparece y domina, el incremento 
del uso del té provocó la creación de las deliciosas mesitas así como 
el apogeo de los coleccionistas de porcelanas creó la proliferación de la 
vitrina aparente para ello. 

El Georgian se particulariza por los pies de bola o de garra, 
por el mueble suntuoso nuevamente, el “mobiliario de arquitecto” 
como se le ha llamado, con aparatosos frontones, la declinación 
del laqueado, el auge del dorado y el uso de la caoba que derrotó 
al nogal, afirma un especialista, “porque es superior en cuanto a 
dureza, facilidad para el tallado y resistencia a la putrefacción”. Y es 
inglés, pues la aparición de este estilo señala el ocaso de las ingeren¬ 
cias de formas extranjeras. 

Aparece Thomas Chippendale que se hizo célebre en su medio 
por su libro “El guía de los ebanistas y aficionados” (The Gentleman 
and Cabinet-Makers Director), que no es el primero sobre la mate¬ 
ria, pues ha tomado de modelo a sus muchos predecesores, pero el de 
él ha tenido la virtud de hacerse comprender íntimamente por los 
especialistas y al ilustrarlo convenientemente, llegar a la médula de la 
artesanía. En los entendidos hizo una verdadera revolución de este 
ramo importante de la producción inglesa. Mediaba el XVIII. 


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El estilo que crearon los hermanos Adam, desterrando el barroco 
y el rococó, radicalmente, y dando entrada a las afinadas peculiari¬ 
dades del Pompeyano y en la construcción aportando como nuevo 
elemento decorativo el '‘citronier’', —la excelente madera de naranjos, 
limoneros y similares cítricos, clara o requemada,— le permitió crear 
modelos que son de los más disputados de entonces a la fecha en 
los gustos de los devotos del amoblado que someramente venimos 

describiendo. 

Un excelente dibujante y autor de varios libros, impuso sus 
modelos con otro, como lo hiciera Chippendale con el suyo, 

legándole su nombre a sus creaciones, de proyectista; ya era mucho 
más conocido como ebanista. Me refiero a Sheraton, autor de “The 
Cabinet Maker and Upholsterers Drawing Book'’ (Libro de dibujo 
para ebanistas y carpinteros). 

Salteando varias modalidades llegamos al Victoriano que ’mperó 
de 1837 hasta el 1900, pero al revés de que ese período del largo rei¬ 
nado señaló el apogeo del poderío inglés en el mundo, ese lapso de 
inusitado esplendor político y militar, quizá no correspondió en lo que 
a creación de tipos se refiere, a igual o parecida supremacía en el 

mobiliario. La vida inglesa del pasado culmina en esa larga adminis¬ 

tración que llena de orgullo al inglés de nuestro presente e inmediatos 
tiempos. “Era Victoriano’' dicen, ebrios de satisfacción porque, en 
realidad, no sólo su política y su poderío militar llegó al zenit en 
esa época, sino que la vida de la familia inglesa marcó el período de 
mayor felicidad de su larga historia. Hoy, quizá más que entonces, se 
señala como norte codiciable en el vivir de los pueblos el equilibrio 
de ese existir británico de otrora. Ahora, no obstante lo dicho, con el 
viento francamente de frente, pese a las fisuras que se anotan^ brillan 
las virtudes inglesas apetecibles para el bien de la humanidad y se 
olvidan las otras facetas que, como toda cosa humana, tiene sus luces 
y sus sombras. Los hombres que como yo, de la generación de 1888 
vimos —yo por lo menos— en nuestra juventud, iniquidades como la 
guerra anglo-boers y otras barbaridades coloniales semejantes, nos in¬ 
clinamos espontánea y respetuosamente ante la capacidad de sacrifi¬ 
cio y de resistencia para el dolor de ese admirable pueblo de hoy, pleno 
en dominio de sus libertades, coherente en el infortunio, disciplinado y 
congregado como un solo hombre en torno al símbolo del país, sea 
él cual fuere, en las buenas o en las malas. 

El antiguo egoísmo, que posiblemente continúe agazapado bajo 


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su epidermis por demás hermética a exterioridades, es un recuerdo in¬ 
grato pero que parece lejano, muy lejano, ante la conducta de la hora 
en la que, año tras' año, se disgrega su potencia material, lenta pero, 
al párécer irremisiblemente siguiendo la ineludible ley de las sucesio¬ 
nes. La conducta de la nación continúa imperturbable, sin que en 
la superficie de su‘ expresión normal se le mueva un músculo, pese a 
las dolorosas amputaciones que sufre en el inmenso cuerpo. Es en 
realidad el conocido tipo del gentleman corporizado en el país, que 
sabe perder con señorío; un magnífico gentleman que es de desear 
sepa extraer del dolor la enseñanza suficiente para evolucionar ele¬ 
gantemente y sin perder la atildada línea que sigue hasta el presente, 
se coloque nuevamente en plano rector para los intereses del mundo 
en un todo de acuerdo con los nuevos tiempos, desgarrando los resa¬ 
bios del viejo colonialismo incompatibles con el existir de hoy y se 
contraiga al Commonwealt, al conglomerado de pueblos libres con 
iguales derechos y deminio de su riqueza pública. 

Nuestro país debe mucho a Inglaterra que actuó, no importa la 
razón del porqué, de manera tal que dió margen a que el esfuerzo de 
nuestros patricios lograran su deseo de independencia política. Fueron 
ingleses, irlandeses y escoceses, los primeros progresistas estancieros 
que introdujeron sus ganados al país echando la simiente que, con el 
esfuerzo de todos, crearon la extraordinaria potencia ganadera —ac¬ 
tualmente por su raíz y nuestro tesón, de las primeras del mundo— 
de la cual ha vivido y vive el país; integraron los planteles de casi 
todas nuestras industrias, principalmente con sus hombres y capitales, 
factores de progreso de los primeros tiempos; fueron y son los princi¬ 
pales compradores de nuestros productos de exportación y contribu¬ 
yeron en grado importante con sus tejidos, sus aceros, su porcelana, 
su moblaje, unidades de transporte —desde carros, diligencias, a 
locomotoras y vapores,— al elevado estándar de comodidad de que 
disfruta actualmente el país de manera que, pensándolo así, no es de 
extrañar el importante espacio que en este trabajo he asignado a una 
de sus industrias más calificadas, de positiva infuencia en la vivienda 
ciudadana. 

Para terminar, y volviendo al tema, cabe expresar que uno de 
los modelos rústicos ingleses que ha tenido más franca y plena 
aceptación, ha sido el Windsor, bien patente y visible en sillas y sillo¬ 
nes y aún en mesas que, tratado siempre en roble, adorna porción de 
ambientes de nuestra vivienda de campo, de playa casi todas, como 

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otrora, pai alelamente, las sillas y las hamacas de Viena —que claro 
nada tienen que ver con los tipos ingleses— que como el Windsor ahora, 
tuvo un auge aun mayor en los ambientes de la ciudad, con sus 
asientos y respaldos de esterilla, modalidades que han desaparecido 
hace años de la casa uruguaya, mientras las de Windsor perduran, 
quizá ya algo desplazados por los tipos más rústicos, anotados prece¬ 
dentemente. 


El mueble italiano, tanto el modesto como el suntuoso, tuvo 
una demanda considerable a favor, ya lo he dicho, de la importancia 
considerable de la colonia italiana y de sus descendientes a contar de la 
mitad del XIX pues, en las postrimerías de esta centuria, la industria 
uruguaya fue abasteciendo la plaza de los primeros tiempos mejo¬ 
rando su producción al punto que ya en el XX la suplanta en casi 
todos los estilos en donde la madera aparezca sin dorados; casi to¬ 
talmente, pues sólo pequeños muebles de lujo llegan del exterior de 
marquetería, de laca o con incrustaciones de metal, marfil y nájcar. 
Las altas tarifas aduaneras protegen la industria del país con razón. 
Desde luego que toda esta producción en lo que respecta a formas se 
hace a base de los rnodelos europeos y de los americanos que más 
aceptación han tenido y que el obrero nacional, casi siempre artesano 
de origen europeo, presenta productos sobresalientes, sobre todo en 
ebanistería y escultura, pues en las lacas inglesas, y en los pintados, 
estofados, así como también en los taraceados, el acabado del nacio¬ 
nal deja mucho que desear y las finas terminaciones en los moldurados 
existen pero las buenas, distan de ser comunes. Pero soy optimista: 
lo que falta se andará si hay tesón. Entre los pintados, por ej., 
e! más difícil de realizar tan bueno como el similar francés, es el 
‘‘Vernis Martín”, aunque he visto trabajos excelentes que lo imi¬ 
tan bien, pero excepcionalmente. Los laqueados se hacen muchos 
mejores y parece acierto la goma laca disuelta en aceite de linaza 
aplicada con soplete o cepillo, sobre todo en los colores crema, 
pero hay una tendencia a aparecer el indeseable rubio color de 
caramelo, requemado, que les da un aspecto ordinario, que lo in- 
ferioriza cuando el artista no es un verdadero experto, pero como 
casi todo eso son más bien variantes relativamente no importantes 
del mobiliario inglés y francés, no se debe afirmar la inhabilidad 


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de nuestra artesanía. No obstante los muebles pintados, sobre todo 
camas y cómodas, no tienen su aceptación fuera de la ciudad, donde 
para comedores de playa suelen usarse, los gallegos. Raros en otros 
tipos, eran comunes en el Perú en su variante de “estofados” dan¬ 
do la razón de existir al cuzqueño del tiempo de los Virreyes, que 
tiene como principal detalle esa característica. 

La influencia del romano y del gótico en el mobiliario «taliano 
no interesa, está extinguida, aunque cabe mencionarla pues lo que 
llegó al país en cantidades extraordinarias fueron los distintos tipos 
Renacimientos, tratados en el noble nogal itálico con esas olvidadas 
particularidades. Con todo, suelen mencionarse algún “cassone” o 
viejo arcón que con sus líneas arcaicas quizá ha despertado el inte¬ 
rés de algún uruguayo turista viajando por Italia, por la riqueza y 
habilidad de su moldurado, así como alguna “credenza”, ropero bajo 
con puertas y cajones, pero, camas de pabellón o cerradas, son incon- 
trables, y tengo entendido que hasta en la misma Italia escasean, ya 
que eran más apropiadas a los climas fríos. 

El de Italia no era propicio a esos encerramientos; ni el nuestro 
tampoco. En los norteños europeos era justificable. 

Las sillas y sillones Savonarola, de lonjas curvas entrecruzadas, 
buena talla en los macizos respaldos, y sólidos brazos, gustaron tanto 
como las en forma de X y también las macizas y poco cómodas vene¬ 
cianas, más bien de ornamento, con sus calados respaldos plenas de 
esculturado, como igualmente las Dantescas con las cuatro patas cur¬ 
vadas así como los brazos que se disputaban, con las Savonarola, las 
preferencias de los viejos vestíbulos y escritorios. Las grandes, angos¬ 
tas pero largas, mesas florentinas y venecianas se centraban en los 
grandes halls y aún siguen haciéndolo, poniendo con su solidez y 
monumentalidad no excesiva, una nota grave, de riqueza y de buen 
gusto, encontrándose ahora más que antes por los halls cubiertos, antes 
descubiertos patios. Pero el aporte principal del moblaje italiano 
consistió en dormitorios con grandes armarios de luna de tres cuerpos 
para los matrimonios, de uno para los individuales. También en sus 
lavatorios y en los grandes amoblados de comedor con trinchantes, 
cristaleros y monumentales aparadores de varios pisos, muv moldura¬ 
dos pero de dudoso gusto, aunque siempre, ejecutados con un ma¬ 
terial de primera, con el nogal, predominando, muchas veces ma¬ 
cizos, enchapados la mayoría en los tipos más modestos, con su 
característica resistencia a la polilla, a la humedad y a las molestas 


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distensiones, menos que el nogal, que admite bien la talla y el lustre. 
También se realizan en roble preferentemente ahumado. 


En Francia su mueble ha tenido un mercado tontínuo en nues¬ 
tro medio y en el rioplatense desde el ya lejano gótico hasta nuestros 
días. Aquel estilo que se difundió entre los ambientes religiosos, ha 
dado no obstante su aporte a algunos de los refectorios y anexos fuera 
de las iglesias y de los conventos y si bien aún suele verse algunos 
bancos y reclinatorios para orar en las capillas familiares, también se 
observan en escritorios y comedores de las viejas grandes casas, inclu¬ 
sive casas-quintas y también sus líneas arcaicas pueden observarse 
en algunos arcones, “baúles”, usándose el roble casi invariable¬ 
mente en este tipo de amoblado, que no tiene aceptación en el día, 
no sólo por el cambio de gusto, sino porque los recintos actuales, re¬ 
ducidos, son contrarios a ellos que demandan gran espacio, no pro¬ 
curan la menor comodidad siendo sólo, en determinados ambientes, 
decorativos 

El Renacimiento francés, también tratado en roble, con menos 
frecuencia en olmo, también en nogal, importó al país algunos ejem¬ 
plares notables en sus diversas modalidades, pero principalmente en 
el Francisco I, subsiguiente, en comedores, dormitorios y amoblados 
de vestíbulos. El “armoire á deux corps” o aparador de dos plantas, 
en mesas —algunas redondas, menos frecuentes ovaladas— en sus 
hermosas sillerías, en perchas, etc., presenta labores destacables, casi 
siempre muy esculturados, fueron bastante del gusto de nuestias pu¬ 
dientes abuelas. 

En el Barroco galo se anotan apariciones muy vulgarizadas en 
nuestros ambientes: el sofá-cama o chaise-longue de que ya hablé, 
y el sofá que, como alguien ha dicho resultó el invento más importante 
en materia de bancos. A! principio era un canapé, casi una cama por 
su forma y tapizado; la palabra sofá aparece alrededor de 1860., En 
el Regence se anotan aciertos indudables y, entre ellos, las cómodas 
que se caracterizaban por sus agarraderas y aplicaciones de bronce 
o cinceladas siendo, durante la vigencia de este estilo, que apareció 
el de Boulle, con sus piezas características siempre buscadas y tan 
numerosas en nuestras casas de lujo, a los que el exceso de humedad 
y los bruscos cambios de temperatura pueden perjudicarlas. Nuestro 


— 85 — 



variable clima es el “cuco"' para este amoblado que debe existir en 
habitaciones donde la temperatura no se acuse mucho. 

El Rococó o Luis XV ha sido tal vez el estilo francés que más 
auge ha gozado en el país pero, pese a sus aciertos, entre ellos el tenido 
por los hermanos Martin, está en decadencia, quizá felizmente, pues 
me da la impresión personal de rebuscado con sus curvaturas por 
todas partes, sin dejar de reconocer que una selección procura fácil¬ 
mente buenos ejemplares. En Montevideo se popularizó tanto, sobre 
todo en juegos de dormitorios de no muy alto precio, tratados en ro¬ 
ble y también en juegos de sala, a veces dorados, que concluyó por 
dar una impresión de dudoso gusto, por lo común así fue consi¬ 
derado en toda cuenca platense. 

El Luis XVI se popularizó tanto como el anterior no sólo en 
amoblados y decoraciones sino en los modelos arquitectónicos conoci¬ 
dos de residencias individuales, “petit hotel '. Hay indudablemente 
una armonía de líneas elegantes, unos medallones bien ideados, un 
decorado en las paredes, fino, delicado, con fondos blancos o color 
pastel discreto, un amoblado de madera dorado o de composición 
dorada y una marquetería de primer orden, bien terminada, hermo¬ 
samente combinada ésta, en cómodas, mesas y vitrinas, aquélla en 
sofáes, sillones, bergeres y sillas que armonizan. Resumiendo, da al 
conjunto, sobre todo en salones chicos o grandes, dormitorios, pero 
no tanto en comedores o halls, una impresión de distinción natural¬ 
mente lograda pues el tapizado de los asientos y el de las paredes son 
de tapiz o seda. Las cómodas —también en el Luis XV las hay 
muy bonitas— y una porción de pequeños muebles fueron y siguen 
siendo buscadísimos, continuando la importación de ejemplares autén¬ 
ticos y copias modernas casi siempre importadas. La magnífica caoba 
y el delicado palo de rosa son sus maderas preferidas. 

El Directorio presenta algunos buenos ejemplares pero, los tuvo 
mucho mejores el Imperio, pese a su mayor simetría, macizas propor¬ 
ciones, todo en densa y pulimentada caoba, con inclusión de elemen¬ 
tos clásicos, incluso esfinges, y con proporción —quizá muy alta— 
de aplicaciones de bronces dorados, casi planas las más, patas de igual 
metal, etc. Las mesas, generalmente redondas, imponentes sofás, no 
muy confortables, sillas, igualmente recargadas, todo muy rico, in¬ 
cluso tapicería de seda, de cálido tapizado raramente ‘'faite a la 
main”. En cambio en los otros tipos la tapicería de Beaubais y Abus- 
son, predominan destacándose sobre el fondo^ denso, rojo y brillante 


— 86 



de la pulida caoba cuya potencia de colorido con tales aditamentos 
se aumenta, predominando en las sederías el verde, el naranja, el vio¬ 
leta y el amarillo, presenta una impresión positiva de suntuosidad 
difícilmente superable. Pero no hay gracia, solo riqueza; no procura 
comodidad si bien allega deslumbramiento de color; es pesado, pero, 
por lo opulento es digno de un Emperador, máxime si lleva el nombre 
de Napoleón I, en cuyo homenaje los artistas lo crearon. 

En el Museo de Artes Decorativas de Madrid y en distintos 
sitios reales españoles, especialmente en San Ildefonso y en Aranjuez, 
pueden admirarse ejemplares notables de muebles y relojes, etc., de 
este estilo que no ha tenido mayor difusión aquí quizá por la sobriedad 
de nuestro medio y su alto costo. El colocar amoblado de esas cali¬ 
dades necesita palacios pues si todo no va a escala, disuena. No se pres¬ 
ta mucho a formar el estilo Imperio, el rincón íntimo, no convida al 
reposo hogareño amable y sencillo a la vez. Exije también no sjlo 
el palacio suntuoso, pleno de luces y dorados, sino una concuriencia 
a tono: trajes *de baile y uniformes, joyas, condecoraciones, plenitud 
de pechos enjoyados, rutilantes indumentos militares, recamados de 
dorados, vestimentas de cortesanos en plena “soirée” y tal rojo cardenal 
príncipe de la Iglesia romana pleno de violeta y escarlata. Es un amo¬ 
blado que sólo estará a tono en una corte imperial que, por otra parte, 
es el ambiente que lo creó, como ya he dicho* 

Desde luego el Imperio español tiene una fuente de inspiración 
netamente francesa, pero está lejos de ser copia. Un recuerdo a vuelo 
de pájaro de lo visto en la península no me habilita para decir cuales 
eran las piezas españolas y cuales las francesas, pero éstas deberían 
ser muchas, pues en esos tiempos en que predominó —mediados 
del XIX— reinaba esos gustos (1834-1839). El Isabelino espa¬ 
ñol corresponde al reinado de Isabel II, que era española de la 
cabeza a los pies, típica madrileña que tenía a gala mostrar su españo¬ 
lismo, conducta bien distinta por cierto a la de Felipe V donde los 
afrancesados predominaron, así como, en otros reinados después de la 
fecha, 1868, en que la jacarandosa dama fue depuesta. Isabel legó 
iii nombre no sólo al amoblado sino también a determinados tipos 
de abanicos de “países’’ pintados sobre tela o papel simplemente im¬ 
preso, de varillaje de nácar con aplicaciones de oro y plata, y a algu¬ 
nos hermosísimos y otros horrorosos tipos de floreros, unos y otros 
muy difundidos y buscados por nuestros coleccionistas, recargados 


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de ornamentación incluso de pinturas. Es curioso la disparidad de 
modelos y más aún las diferencias de gusto. 

El mueble luso-brasileño, tan buscado, tan sugestivo y señorial 
en los museos y colecciones, destaca en Juan V y, tuvo su origen en 
el XVIII, predominando en toda la centuria. Se trasladó al Brasil 
donde floreció incorporándose a los ambientes rioplatenses como 
puede comprobarse, puro o con algunas variantes, favoreciéndole su 
exitosa y elegante difusión la excelencia de madera empleada en su 
construcción, tan buscada y calificada como el jacarandá. Cuando el 
Brasil se independizó y se creó el Imperio, durante los reinados de Pe¬ 
dro I y II, en la materia todo cambió, el gusto se trasmudó al Imperio 
francés como puede verse en las colecciones brasileñas, particularmente 
en el Museo Imperial de Petrópolis y de especial manera en la icono¬ 
grafía que de esos períodos, allí se guardan, así como, en el Museo Na¬ 
cional de Río, y en la bibliografía especializada. 

El colonial rioplatense puede observarse en las colecciones ar¬ 
gentinas, en mesas, sillas y algunos escritorios que son Juan V origi¬ 
nales y muchas veces nuevas realizaciones de época hechas en Buenos 
Aires y, más al norte, incluso con otras maderas, de algarrobo por 
ejemplo. También hay copias y una influencia boliviana y peruana 
que ha bajado del norte en sus piezas originales colectadas por coleccio¬ 
nistas porteños, que se acusa neta en los medios allende el río, pero 
hay que tener cuidado en la discriminación pues son modeljs más 
bien altoperuanos, cuzqueños sobre todo, policromado, ricos en marcos 
de plata de espejos y de cuadros, en altares de capillas e iglesias, así como, 
algunos estofados de aquella ciudad peruana. La plata, tan abundante 
en esos medios, fue utilizada a porfía incluso en aditamentos de imagi¬ 
nería religiosa. Las dos colecciones de los González Garaño, Alejo y 
Celina, la del arq. M. Noel, las piezas del antiguo Museo González 
Blanco, y en otras colecciones, hoy diseminados en varios sitios públicos, 
Museos de arte, muestra hasta arañas de ese noble metal, braseros, 
rayeras de cruces, y desborda, en miles de piezas, en mates y bombillas, 
no así en el apero criollo, de otra raíz. 

En lo referente a colecciones públicas, argentinas, destjco el 
colonial, las de los Barreto, Museo Cornelio de Saavedra, Musco Pro¬ 
vincial de Luján, instalado en casa del arquitecto Martín Noel —Col. 
Fernández Blanco—, etc., encierran piezas muy interesantes. Es que 
la potencia económica de nuestros hermanos del Plata les ha permi¬ 
tido reunir un conjunto muy valioso y, desde luego muy superior, al 


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nuestro que fue mucho más modesto en sus realizaciones, como 
lo fue el bonaerense referido al del altiplano. La recolección de 
material continúa y en el futuro, en sucesivas monografías, podrá ir 
develándose la verdad, respecto a todos estos aspectos, algo confusos 
aún, que son índice del grado de bienestar y de cultura alcanzado 
por los pueblos del Plata, donde otra platería, la gauchesca, imperó so¬ 
berana en los antiguos medios. Y para aclarar la realidad pocos elemen¬ 
tos más decisivos que la deposición de los viajeros que, como tales, por 
su situación comercial, social o política, frecuentaron los ambientes 
más calificados y observaron las costumbres de sus moradores; y 
sobre todo, los documentos, los fríos inventarios de las sucesiones. A 
este respecto, he comenzado en la “Revista de la Sociedad de Amigos 
de la Arqueología’’, la publicación de un trabajo, en equipo, sobre 
el tema que considero proyectará una gran luz sobre la historia. 


Feduchi, en lo que se refiere al medio español peninsular expresa: 
“En el siglo XIX son innegables las influencias de Inglaterra y de 
Francia, y sólo así renace un falso Luis XIX interpretado en palo 
santo, en purpurinas o simplemente pintado, según la importancia 
del cliente. El mueble se va industrializando; la finura y delicadeza 
de los viejos modelos, es substituida por tallas y ornamentaciones apa¬ 
rentes, curvas y tapicerías opulentas, líneas de silueta exagerada que, 
si bien dan todo el carácter a los muebles isabelinos, no tienen va nada 
de aquellos modelos perfectos del XVIII francés. También el Luis XV 
deja sentir su influencia en muchos modelos del XIX, pero sin em¬ 
bargo, en los derivados del Lui^ XV es donde encontramos los más 
típicamente isabelinos'’. 

Mi impresión, de simple “amateur” es casi igual, como también 
la es que el isabelino español, como el anterior, el fernandino, escasa 
re onancia tuvo en nuestro ambiente, aunque, habida, debe acusarse 
porque C'> un matiz en la evolución del mobiliario montevideano “del 
siglo de las luces", que hoy quizá, con más razón, después de dos guerras 
mundiales y las horas inciertas que vivimos, con más fundamento pu¬ 
diera llamarse de la intranquilidad. El mueble francés vino en aportes 
caudalosos directamente, en la mayoría de los casos, en ese material 
“pour l’exportation” de la que son maestros en producir, entre otros, 
los “marchand'’ de las orillas del Sena. Pero es indudable que entre lo 


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malo y regular llegó mucho bueno, difícil de clasificar por los profanos, 
pues desgraciadamente los nuevos ricos, en estas sociedades de preca¬ 
ria sedimentación cultural, son los que abundan y se proveen, aún hoy, 
entre otros lugares de dudosa selección, en el famoso “mercado de la 
pulga'’ parisién donde, al decir de ciertos compradores optimistas, se 
hacen verdaderas pichinchas y, en el cual, en realidad, hay de todo 
“como en botica'’. 

Como si todo este caudal de bueno y malo fuera poco, en nues¬ 
tro amoblado del XIX y XX se acusan las más distintas tendencias 
como consecuencia natural y lógica de los aportes humanos allegados 
a la formación de la nacionalidad. Latinos y sajones, germanos y esla¬ 
vos y, últimamente toda la gama de los países superpoblados del mun¬ 
do, con facilidad de transporte hasta acá, van allegando a nuestras 
playas multitudes heterogéneas que, lograda la posición económica en 
procura de la cual vinieran, por lo general se afincan y procuran 
rodearse de los elementos que hacen amable la vida, siendo lógico 
que tiendan a formar los ambientes de donde partieran. Proceden¬ 
tes de las más dispares capas culturales, desde las más calificadas 
y selectas hasta las más rústicas, y es natural que por lo tanto lo que 
aportan es por demás heterogéneo, de clasificación más que difícil, 
más en nuestro medio en el cual los especialistas deben buscarse con 
lupa, —si es que existen— donde simples aficionados —como yo— 
pero con un gran interés y con algo de “ojito”, sin mayor base casi 
siempre, simplemente libresca, son los llamados a orientar a los pocos 
que, “con barro a mano” quieren rodearse de cosas selectas creando 
exteriores e interiores exponentes de buen gusto, riqueza y comodidad. 


Si se examinan las añagazas que se valen los vendedores de mue¬ 
bles europeos, se ve, a las primeras de cambio, en estas latitudes que 
an la materia, no es sólido el piso sobre el que se transita. Un califi¬ 
cado experto galo, Emile Bayard —en el exterior abunda literatura 
sobre el tema— en su libro “L’Art de reconnaitre les fraude ” hace 
tiempo nos ha ilustrado sobre el particular, sobre la “viveza ’ de que 
los comerciantes desaprensivos se valen tanto en la pintura, la escul¬ 
tura, el grabado, muebles, cerámicas, etc. A la verdad, que su lectura 
suele ocasionar pequeños escalofríos por cuanto si en la vieja Europa 
el ojo se puede hacer, frecuentando con asiduidad las colecciones pú- 


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blicas bien depuradas y las grandes particulares escogidas, o asistiendo 
a las conferencias de divulgación que menudean, aquí es casi impo¬ 
sible orientarse por cuanto no hay elementos precisos para ello y se 
carece del consejo alentador y desinteresado de los entendidos. Se 
marcha a tientas en plena oscuridad. No obstante una reciente visita, 
desde luego superficial, a los anticuarios ingleses, franceses, italianos, 
españoles y portugueses, procura la impresión de lo que se vende 
actualmente en el viejo continente es, en su casi totalidad, mercadería 
falsificada, imitada, y se llega a conclusiones desilusionantes. Pero sucede 
algo muy curioso: el entendido, el experto, puede hacer verdaderos 
hallazgos en nuestro Montevideo. También a estos desconcertantes ex¬ 
tremos se llega, a que al Plata ha venido de todo, y como siempre 
fue bien pagado lo importado, hay mayores posibilidades de encontrar 
bueno, en muebles, porcelanas, libros, numismática y obras artísticas. 

También es relativamente fácil encontrar en nuestra almonedas 
piezas no muy bien imitadas, ennoblecidas ya con la pátina nivela¬ 
dora de casi un siglo de existencia y de uso y a la venta, a precio ra¬ 
zonable. En lo que me es personal lo que más me interesa no es lo au¬ 
téntico, pues el símil, si está excelentemente terminado, trabajado con 
arte en noble material me produce casi el mismo impacto de belleza 
que lo auténtico: el original a veces resulta flojo. Por ejemplo, en es¬ 
cultura las buenas copias son tan hermosas, como las duplicas de los 
cuadros célebres, y en no pocas oportunidades, pese a las reparaciones, 
lo auténtico da una impresión de decrepitud que si a veces la avalora 
más, en otras no. Lo viejo, admirado sólo por tal, nunca ha despertado 
mis entusiasmos, ni creo que pueda ser de utilidad, salvo en lo que 
se refiere a otros aspectos de la arqueología distintos a los que nos ocu¬ 
pan en estos momentos. 

Si se piensa, por ejemplo, que Italia ha sido visitada en 1952 
por seis millones de turistas, buena porción de ellos adinerados, muchos 
con tendencia a mejorar su casa y deseosos por tal de adquirir objetos 
de arte aún al simple título de recuerdo; si se considera que esa pro¬ 
porción es igual, numéricamente, para Francia y relativamente, decre¬ 
ciente para el resto de Europa, puede considerarse el monto del 
“saqueo” que en los viejos repositorios librados a la demanda del pú¬ 
blico se causan año a año. Y excede el panorama pensando en lo que 
es una verdad como tal inatacable: en que ese “saqueo lo viene re¬ 
cibiendo Europa hace más de un siglo, al punto de haber emigrado 
hacia América, hacia el norte de ella sobre todo, buena parte de las 


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colecciones de arte reunidas en el curso de los años en sus más diver¬ 
sas manifestaciones. Y aún edificios enteros, castillos y abadías lleva¬ 
dos allende el Atlántico, piedra por piedra, para ser reedificados en 
el nuevo continente, en el llamado “del porvenir” antaño, en el 
“presente", en la actualidad, el mejor, pues el centro del mundo viene 
desplazándose hacia este lado del océano de mucho atrás, tant:. en lo 
político como en lo material, repitiéndose el fenómeno que trasladó a 
Europa el antiguo poderío asiático, indudable cuna de las grandes 
civilizaciones. 

Se ha vuelto a reproducir el fenómeno que las mejores coleccio¬ 
nes europeas, como también las formadas por los antiguos objetos pro¬ 
ductos de las más antiguas culturas del Asia milenaria —China, India, 
están en Europa y no en los países de origen y que ahora lentamente 
pasan a Norteamérica. Una visita a vuelo de pájaro de los museos 
londinenses, alemanes, franceses, italianos y aun españoles y portu¬ 
gueses, acusa nítidamente como verdad irrebatible esa realidad que 
confirman los catálogos de las colecciones públicas y privadas. Los 
dominios coloniales de otrora han procurado ese material acopiado 
por los funcionarios cultos que tuvieron función en el exterior. Feliz¬ 
mente, ese desplazamiento ha sido beneficioso para el estudio de aque¬ 
llas antiguas civilizaciones. La literatura inmensa que los expertos eu¬ 
ropeos, y ahora norteamericanos, los ha venido enumerando y descri¬ 
biendo y analizando, es la que ha salvado de la dispersión total esos ele¬ 
mentos inapreciables de las antiguas culturas y ello permite a las gene¬ 
raciones estudiosas del presente, avalorar en toda su extensión su mag- 
nificiencia, su opulencia de formas, su riqueza artística e intrínseca. Lo 
contrario quizá se hubiera perdido de quedar en los países de origen. 

La artesanía europea en los siglos anteriores ha sido extraordi¬ 
naria y la calidad de los artistas del Renacimiento, descuella y puede 
apreciarse en toda su inmensa vastedad, pero se comprueba ahora, en 
estos últimos tiempos, un ritmo decreciente en las formas y casi en 
las calidades, a favor de un confusionismo que contribuye a agravar 
las nuevas tendencias artísticas que, salvo positivas excepciones, se 
acusan en todos los medios de las artes, salvo en el trabajo de los 
metales y en la cerámica especialmente, donde se continúa una tradi¬ 
ción superviviente que la mecanización y el alto costo de la vida ame¬ 
naza, produciendo innegables desniveles que pueden perjudicar la no¬ 
bleza de sus facturas, por lo que el porvenir no se presenta promisor. 

Se va rápidamente a una época de estandarización de todo. La 



pieza única se desplaza en un compás por demás desconsolador. Se 
vive en una era de transición en la cual no se sabe en qué irá a 
parar, y es de esperar que la tumultuosa hora del presente en estas 
materias, arribe a soluciones que sería de desear termine en realiza¬ 
ciones más en consonancia con los enormes adelantos que en otros 
renglones se han alcanzado, evidentes superiores, muy superiores a los 
del pasado. Contrasta este adelanto tan magnífico como espectacular, 
la crisis en que creo ver han entrado ciertas manualidades, pero, opti¬ 
mista, espero no será para empeorar el cambio a venir. 

En materia de lozas y porcelanas, es peor y más caótica la 
situación presente, pues el hombre de cultura media, se pierde en un 
verdadero mar de confusiones al pretender guiarse por las maicas de 
fábrica que casi todas presentan, pero es tal la cantidad de las adul¬ 
teradas, más o menos tan perfectas las imitaciones en muchos casos, 
que pese a la compulsa de los muchos libros que se han publicado 
en el exterior sobre la materia, no hay brújula eficaz para orientarse 
en ese verdadero océano de dificultades, pues hasta las maicas de 
fabricación se suelen imitar con despreocupación. Pero, felizmente, 
en materia de muebles, para mí, por lo menos, el coleccionista amante 
de las buenas piezas debe guiarse, fundamentalmente por la pureza 
de las líneas, por su buen acabado sin olvidar lo arcaico y rústico 
en lo primitivo, las aristas pulidas, pero hay un sentido de orientación 
que poco falla. . . 


De los muebles españoles del XVI, XVII y XVIII no hav mu¬ 
chos en España. El uso en primer término, su lejana edad, la des¬ 
preocupación que en muchos ambientes —en el castellano sobre todo, 
parco de comodidades— ajeno al refinamiento, y el hecho que todo el 
esfuerzo artístico se concentraba en el alhajamiento y fastuosidad de las 
iglesias, en la confección de las armas, salvo uno que otro sitio real, 
han sido factores decisivos para que lo llegado a la fecha, no ha sido 
tan cuantioso como debiera haberlo sido ya que, pese a estas rostum- 
bres, el oro americano afluyó durante siglos en cantidades fabulosas 
creando por fuerza medios propicios para dar al español mejores 
comodidades en la vida, lujo y fausto en su existir. 

En los sitios reales —Aranjuez, la Granja, el Buen Retiro o el Esco¬ 
rial— fueron amoblados en fechas distintas y si bien en el palacio real 
madrileño se había concentrado mucho y valioso mobiliario de esas 


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dictantes épocas, el incendio del viejo alcázar de 1734 los eliminó, 
salvándose sólo de esos lugares reales, contadas piezas, llegando a 
nuestros días, lo que muy parcamente —en absoluta coincidencia con 
su personalidad— había hecho colocar en sus habitaciones del Esco¬ 
rial aquel monarca Felipe II sólo atento al mejor servicio de dios. 

En las colecciones —con sastiíacción me adelanto a decirlo— 
que se guardan en un estado de limpieza, clasificación y cuidado 
impecable, debe reconocerse esta característica, pues salvo una doce¬ 
na de casos similares, en el resto de los museos europeos hay mucho 
descuido y desidia en la exposición, cargo que alcanza a la mayoría 
de las iglesias de España, Francia e Italia. No obstante el polvo y 
la oscuridad, puede verse como el severo mobiliario español, del gó¬ 
tico, va evolucionando hacia el barroco —casi siempre en arco- 
nes— hasta hacer muy historiado, más adelante en muchos ejemplares; 

\ se observa cómo la línea y el severo color imperante se altera, se 
recarga a favor de las influencias extranjeras, europeas y orientales. 

El francés de los Luises tiene su réplica en los Carlos; el de las 
formas imperio galo en el Fernandino que, en cierto modo, radica el 
Renacimiento Hispano-isabelino, ya, esto último, en el XIX, se produce 
sin la finura de aquellos tipos franceses, aunque con una positiva sen¬ 
sación de solidez y riqueza, donde infelizmente lo grácil y la elegancia 
leve suelen estar ausente. 

También individualizado como mueble de las primeras épocas, 
los bargueños llegados de la península sin pretensiones, por la divul¬ 
gación que han tenido aquí en muchas copias, algunas malas, otras 
excelentes, los típicos bargueños se han adentrado en la reconstitu¬ 
ciones de nuestro español primitivo. Su gama va desde los Renaci¬ 
miento, austeros, algunos sobre mesitas con el clásico “pie de puente” 
italiano; los dorados, los policromados, muy españoles, estofados 
otros con singular maestría, quizá consecuencia de los altos quilates de 
que merecidamente gozaba la imaginería de esos tiempos; los tara¬ 
ceados; los incrustados de madre perla, marfil, bronce y aún de 
plata, carey y otras materias valiosas de los que existen en Europa 
ejemplares sobresalientes y, en los museos españoles y americanos, una 
colección numerosa y selecta. 


El Museo Nacional de Artes Decorativos de Madrid es uno de 
los mejores lugares en el cual el estudioso de nuestro medio puede 


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rastrear en los orígenes nuestras posiciones en la materia, pues reúne 
cueros, muebles, cerámicas, porcelanas, vidrios, bordados, encajes, 
tejidos y demás antecedentes. Representa las modalidades hispanas 
en el alhajamiento de las antiguas casas de la península, muy bien 
seriadas. 

Dentro de la historia del mueble español, ya clásico en la expo¬ 
sición museística, no nos muestra el batiburrillo sino que entre el 
conjunto hay clasificados convenientemente, como corresponde, mue¬ 
bles del XVI, XVII y XVIII donde la artesanía española ha hecho 
en conjunto, tanta cosa hermosa: mesas, sillas, bancos, bargueños, 
armarios, etc. Ya he dicho que la casa montevideana recién comenzó 
a alhajarse en los últimos años del XVIII y comienzos del XIX, 
pues antes era de una rusticidad casi general, no obstante lo cual 
no deja de tener su interés pues se usaron muebles elementáis como 
los conocidos, a excepción de tal o cual arcón y quizá de algún bargueño 
procedente del equipaje de empingorotado funcionario virreinal, mi¬ 
litar o religioso ya que, entre éstos, había positivos gustadores de lo 
bueno. Existen dentro de España muchas colecciones interesantísimas, 
habiendo visto varios y en Barcelona algunos conjuntos de piezas, como 
en el Museo de la Virreina, artesanas pero se encuentran disper¬ 
sas en todos los ambientes provinciales tanto en las colecciones públi¬ 
cas como en las particulares. También conjuntos bien orgánicos, se han 
reunido en algunas “cocinas” donde en estrecha y armónica aparcería, 
se ven bancos, sillas y sillones rústicos con asientos de madera, de cuero o 
de consistentes fibras vegetales; el herraje extraordinariamente variado 
de todos los menesteres propios del arte del fogón, incluso ollas, sar¬ 
tenes, cucharones, cucharas, trebejos variadísimos, tratados en hie¬ 
rro, cobre, bronce, latón. Están la loza, la cerámica y aún la por¬ 
celana, en jarros, jarrones, fuentes y platos, y la alfarería en ejemplares 
típicos igualmente variados pues van desde las grandes tinajas para 
guardar el agua, y los menor^es con el mismo uso, en jarras y botellones, 
ollas, recipientes para aceite, etc. Sin olvidar los “pellejos” para el 
vino, los candiles para el alumbrado. Los orígenes de ^nuestras viejas 
cocinas inclusive todo el XIX debe buscarse en ese complejo utilaje 
no sólo en sus orígenes hispanos, sino italianos, ingleses, portugue¬ 
ses, etc., dado que todos esos medios se fueron acumulando en nues¬ 
tros ambientes si no con la profusión de los originales —debe acla- 
ranse— por lo menos en muchas de sus representaciones. 

Pero tampoco podemos desentendemos del mobiliario del XVII 


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porque en el XIX y aún en la actual centuria, mucho ha venido y 
es y ha sido usado, tanto en originales —las menos— como en copias 
—las más — porque el gusto por el alhajamiento de la casa feliz¬ 
mente se ha difundido muchísimo en los años que van corriendo, 
como una consecuencia de la mayor cultura, de las mejores posibili¬ 
dades económicas. Esa marcada predilección debe destacarse dándole 
la entidad que merece, ya que la antigua sobriedad y despreocupa¬ 
ción del pasado es cosa ida hace mucho. También debe acusarse que 
esta afloración artística ha recibido un gran impulso, en las casas 
de verano sobre todo, las que por millares se han construido y siguen 
vigorosamente levantándose en el país, comenzada en la vecindad de 
las playas pero que van adentrándose en el resto del país. Es una noble 
y silenciosa emulación, afán de superación que ha dado nacimiento 
a la industria del mueble rústico con evidentes ventajas para el común. 
pues así vive, y prospera, el artesano: mueblero, herrero, broncero, 
ceramista, inoculando elementos de vida desconocidos antaño y 
procurando beneficios para todos Destaco que el Estado no ha estado 
ajeno a este movimiento promisor que acertadamente lo ha impulsado 
y mantiene con la creación de las escuelas industriales que iniciara en 
gran escala el pionero que fue el Dr. José Arias y a la que no estu¬ 
vieron ajenos antes, artistas de la calidad del Dr. Pedro Figari, en 
la escuela industrial, el ilustre pintor, y nuestro compañero el Arq. Sil¬ 
vio Geranio, recordando también a los primeros ceramistas de los al¬ 
bores del XIX, cuyo embrión plantó en Maldonado don Francisco 
Aguilar, el progresista fernandino, y siguieron otros. 

Desatados los vínculos políticos que nos unían con la madre 
patria, llegados ya a la mayoría de edad, el Uruguay tuvo un movi¬ 
miento similar casi al habido en la península. Me refiero a !a etapa 
Romántica tan bien tratada y expuesta en el Museo Romántico ma¬ 
drileño cuyo existir se debe al marqués de la Vega Inclán, adquiriendo 
el antiguo palacio de los condes de la Puebla del Maestre, típico edi¬ 
ficio madrileño evocador, en su intimidad acogedora y sin magnificen¬ 
cias, y donándolo al Estado a su muerte, después de desarrollar una 
labor de fino captador, generoso y capaz, en el mobiliario y acceso¬ 
rios convenientes. 

Ya en anteriores tareas, como Comisario Regio de Turismo, o 
como creador de la casa y Museo del Greco, en Toledo, y del Museo 
y casa de Cervantes, en Valladolid, había demostrado el dominio que 
en las artes suntuarias tenía. La colección abarca desde los primeros 
años del XIX hasta pasado el medio siglo, vale decir, las épocas Fer- 


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nandina e Isabelina, de indudable influencia, sobre todo la última, en 
nuestros ambientes, más tal o cual pieza anterior pues fue su domici¬ 
lio y de innato coleccionista, hasta su lamentado deceso. 

Me detendré algo en ellas porque, en realidad, sigue en nuestro 
ambiente a los modestos comienzos de los estilos españoles diecio¬ 
chescos, al inglés de las invasiones del 1806 y al más poderoso, de 
los estilos portugueses, en especial el Juan V, que se filtraron, como 
ya llevo dicho, durante las postrimerías virreinales para asentarse 
más firmemente en la Cisplatina. 

La influencia de los neoclásicos de fines del XVIII, en especial 
divulgado por las modalidades inglesas, ocuparon todo el primer ter¬ 
cio del XIX, sin desconocer la poderosa infiltración francesa, todo 
ello prosperando merced a la mejor situación económica y el abur¬ 
guesamiento de nuestra comunidad. 

El Fernandino es el producto español del estilo Imperio y, a la 
caída del corso Bonaparte, vuelven por sus fueros los gustos por los 
Luises. He visto en varios sitios reales de España mucho mobiliario 
Fernandino, de fábrica española unos y otros no, directamente im¬ 
portados de Francia, fabricados de acuerdo con los gustos peninsula¬ 
res, según se me ha dicho. En aquellos, pese a la actuación de eba¬ 
nistas galos, hay cierta tosquedad en la producción siempre rica, or¬ 
namentada y esculturada prolijamente, pues la finura de los tipos fran¬ 
ceses —hablo generalizando— suele estar ausente. 

Al respecto una contemporánea autoridad peninsular, Luis M. 
Feduchi, ha escrito con razón: “En el fernandino nacional las líneas 
son más toscas, la silueta menos estudiada; el bronce muchas veces 
es sustituido por la talla dorada, que se trabaja con otras característi¬ 
cas (se refiere al mueble netamente francés) por la distinta calidad y 
técnica del material, de hojas más carnosas y figuras menos delicadas, 
aunque tal vez, más graciosa desde el punto de vista de nuestra mano 
artesana nacional. Los últimos años de Fernando VII, los de la Reina 
Gobernadora y los primeros del reinado de Isabel II, señalan aún 
más el aburguesamiento del estilo, sobre todo en los muebles corrientes. 
La riqueza y ostentación del Imperio, sedas en las paredes, oro y 
bronce en los muebles, son lentamente sustituidos por los papeles pin¬ 
tados que cubren las habitaciones, por tallas, por marqueterías claras, 
y el artesano, ya en plena época romántica, estiliza aquellos temas 
imperiales, cisnes, esfinges, palmas, dando origen a unos deliciosos 


— 97 — 



scfás, canapés, camas de góndola, que tanto abundan aún en nues¬ 
tras viejas casas y palacios provincianos”. 

Es una visión, clara y sintética que en parte tiene su aplicación 
a nuestro medio suntuario todavía en embrión, pero muy cercano a 
la eclosión y los ejemplares que ilustrarán la segunda parte de este 
trabajo así lo comprueban aportando al efecto algunas piezas que he 
legrado reunir en el Museo Histórico Municipal a mi cargo y más 
adelante quizá lo haré con las de mi colección particular, formada desde 
mi ya lejana juventud en la que ya había apuntado el gusto por esas 
manifestaciones artísticas. 

Tengo la impresión que el auge romántico en Montevideo, cro¬ 
nológicamente, perduró mucho más que en España y en los otros am¬ 
bientes rioplatenses que imperara soberano, pero al final, la inevitable 
y bienvenida evolución propia de todas las cosas humanas, lo fue ma¬ 
tizando, alterando así los sillones, sillas y sofás tapizados de ter¬ 
ciopelo, de raso o de brocados, “capitonée”, “moteados” o “bouto- 
né”, fueron perdiendo terreno y advinieron nuevos gustos, entre ellos 
los tapizados característicos de esos muebles terminados por flecos de 
“borlitas” que con indudable ironía destaca en párrafo transcripto 
más adelante, al tratar del estilo Romántico, el Director del Museo 
Romántico de Madrid, y que aquí ya apuntaron antes. 

Y llega el mármol para las superficies lisas de consolas y mesas 
centrales de las salas y hasta tmbién algunos caprichos moriscos que, 
como ya anotara, no supervivieron, pero se siente la influencia cono¬ 
cida en España por “filipina” a través de uno de sus más destacados 
elementos: los negritos, chicos o grandes, de pasta de madera, que 
sirven como sostén único a soportes de luz, al parecer, agobiados por 
el peso que sostienen, figurando de sostenes de aquellas mesas ple¬ 
nas de arabescos dorados y azulados que se destacan sobre fondos 
negros o marrón tratados sobre composición. Se estaba entonces, tam¬ 
bién, en la era de los mobiliarios de sala de madera negra teñida, casi 
siempre macizos y pesados, y de los no menos densos cortinados de ra¬ 
meadas telas, brocados y sederías ricas con que se decoraban el interior 
de puertas y ventanas, tamizando la entrada de la luz solar en verano, 
y dificultándola del aire frío en los inviernos. 

Por ese entonces casi todo el moblaje liviano —pequeñas mesas, 
sillas, sillones— tenía sus minúsculas ruedecitas “locas” —vale decir 
que giraban en todas direcciones,— de bronce, lo que facilitaba su tras¬ 
lado, de aquí para allá, sin perjudicar las alfombras y demandando. 


— 98 — 



con el mínimo esfuerzo de los concurrentes, la formación de las ani¬ 
madas tertulias que reiteradamente los utilizaban. La sala central con 
arañas de cristal y bronce y los brazos de los mecheros de gas, dis¬ 
positivos que se repetían en las salitas menores, de existir, presentaban 
dibujos en los historiados globos muchas veces muy elegantes y casi 
siempre muy bien en esmerilados y trabajos de “calados”, “al agua” 
desarrollados con gusto. Interin las consolas permitían la suplanta¬ 
ción del decorado, variando del clásico atuendo del reloj central flan¬ 
queados por los candelabros de rigor que se usaban en aquellas, así, 
como, en las repisas de las estufas, con floreros o alternando con el 
cóncavo fanal de cristal que resguardaba tanto la antigua imaginería 
de tema religioso, como los relojes de repisa, o los ramos de flores 
de trapo, muchos de ellos verdaderas obras de arte que se guardaban 
así al abrigo de los estragos del polvo y aún de la polilla traicionera y 
destructiva. 

Otro detalle que tenía una antigua tradición eran los pedestales 
de mármol o de columna de madera maciza esculturados y dorados 
que servían de altos soportes a los grandes jarrones de Sevres, de por¬ 
celana de la Granja o del Buen Retiro, a los bustos de mármol —colo¬ 
cados sobre igual base— y a las esculturas de bronce, reproducciones 
de los modelos clásicos de la Grecia inmortal, de la Roma imperial o 
de la escultura contemporánea, mientras grandes o pequeños cuadros 
en marcos dorados de ornamentación abundante, alternaban con los 
finos grabados en negro o en color de esos años pasados en que reina¬ 
ba, muy al contrario de hoy, en esos recintos, una discreta media luz 
durante el día y, por la noche, una no menos escasa difundida por 
les mecheros y arañas de gas o por las lámpara de aceite, algunas con 
pedestales verdaderas obras de arte. En materia de estantes de madera 
sostenes de obras de arte, los había también más livianos, calados, de 
dos tramos casi siempre y, más antiguamente, fueron comunes caladas 
esquineras de nogal o de caoba. 

Otro elemento integrante de esos ambientes fueron las cajas de 
música estratégicamente distribuidas en las salas o en el vestíbulo. 
1 ambién los grandes centros de mesa en los comedores, de plata o 
de metal, de dos y tres plantas, generalmente trabajados en Cristofle 
francés y similares buenos metales ingleses y alemanes. Los palilleros 
de metal en uso en esos días que tenían una vieja ejecutoria pues 
muchos venían del virreinato —pavos reales con la cola esplendorosa 
abierta acribilladas de mondadientes con su carga completa de made- 


— 99 — 



ra, —o de la Cisplatina—. Trabajos de orfebres, de plata de alta calidad 
muchos eran criollos, españoles y de la Lisboa europea, con figuras 
de indios guerreros con el carcaj repleto de esos adminículos, campesi- 
no> cargándolos en sus agobiadas espaldas a guisa de frutos rurales. 
Los aros también de esos metales eran típicos en las mesas de ese en¬ 
tonces, custodiando enrolladas servilletas. Otra costumbre pero de mal 
gusto eran las salivaderas de porcelanas, a derecha e izquierda flan¬ 
queando los sofás. Completaban el atuendo de vestíbulos, patios y 
escritorios, bastoneras de porcelana o de cerámica, y aún de “cloiso- 
née”, custodiando el entonces infalible adminículo masculino, rema¬ 
tado en trabajos de marfil, oro y plata, y en donde la fantasía huma¬ 
na ha derrochado inventiva, bastando decir que en colección parti¬ 
cular tengo más de cien diferentes. Todo se completaba sin olvidar 
“sahumadores” pequeños y artísticamente tratados en plata —por lo 
general 900— hechos a mano, en que entre otras esencias olorosas 
se quemaban pastillas de benjuí, entre brasas de leña dura. 

Corriendo los años desde principios del XIX hasta 1860 o algu¬ 
nos más, la industria vino produciendo una modalidad que inspirados 
en los modelos franceses, excepto el Imperio: los Luises, Regencia, 
Luis Felipe, —en cuanto a formas se refiere— respondía mejor al 
género de vida imperante, dentro de una gran sencillez, poco mol¬ 
durado, exclusión absoluta del dorado y de las aplicaciones de bronce, 
con la base de maderas más bien oscuras, prefiriéndose el jacarandá 
y la caoba en los ejemplares de más alto precio; como también el no¬ 
gal, el palo santo de lo mejor que produjo el noble vegetal: me refiero 
a los juegos de sala típicos de sofá, sillones (dos o cuatro) y doce 
sillas. También los había de vestíbulo, industria alemana e italiana. 

Fue una tendencia general extensiva del vestido al amoblado, 
esencialmente burgués, íntimo, cómodo, práctico, que también recibió 
no poca inspiración de los modelos ingleses. De él se desprende algo 
poético, encantador; me refiero a las modalidades de todo lo referente 
al Romántico, en sus variadas creaciones, en sus infinitos aspectos. 
A más de los nombrados, sillas, sillones, sofá, caracterizó no sólo el 
mueble sino también la indumentaria de las clases de más desahogada 
posición económica, que se desarrolló a base de pantalones anchos y 
entubados, frac y levitas entallados, bastón y “galera de felpa” los 
hombres, y también ajustado indumento de cintura arriba las damas, 
amplísimas y descomunales polleras sostenidas a base de “miriñaques”. 
Fue la época del absoluto dominio del abanico, en grandes “pericotes” 


— 100 — 



durante el día caluroso y, por la noche, en reuniones de etiqueta, más 
pequeños, los normales, de varillaje de nácar con incrustaciones de 
oro y plata, carey y demás ricas aplicaciones incluso marfil y hasta 
espejitos. Concretando: los famosos Isabelinos, los de la reina guapa 
y jacarandosa que fue el ídolo del pueblo de los madriles, aunque 
terminó en el exilio, quizá por aquello de que hay amores que matan, 
y por razones que no vienen al caso mencionar, de carácter esencial¬ 
mente político desde luego. 

Un experto de este período, don Mariano Rodríguez de Rivas, 
destaca sus particularidades explicando: “su solidez para resistir el 
duro embate del uso, del trasteo de las clases medias, del apogeo de 
la institución de la “visita”, de la boga de la velada. . . y al mismo 
tiempo cumpliendo la necesidad de mostrarse con una vitola oportuna 
para entonar en el conjunto de una casa que tenía de antiguo en lo 
que quería imponer, y de lo moderno en lo que tenía que resistir”. Y 
abriendo un paréntesis, expresa: “Verdad que este criterio útil abría 
después de ser arrollado por el desenfrenado decorativismo del mue¬ 
ble de 1870, o algo así como “el éxito de las borlas”. Otra modalidad 
de los ruedos de los tapizados de sillas y butacas, que han resurgido 
hace poco”. 

Y más adelante, espigando en su enjundioso estudio, prólogo al 
Catálogo del Museo Romántico que dirige “Naturalmente el mueble 
romántico adivina otros tiempos. La falda se amplía, las telas pasan de 
ser nada a ser todo, con su pesada caída y sus fuertes dibujos. Los mis¬ 
mos caballeros siempre más discretos no se intimidarán al uso excesivo de 
levitas de caderas ampulosas, de chalecos rameados y abultadas corba¬ 
tas de plastrón de tonos brillantes. Todos estos personajes han de ser aco¬ 
gidos por estos muebles, que han de ser más vividos y exhibidos que nin¬ 
gún otro. Las casitas del XVIII eran de “mírame y no me toques”; las 
del siglo anterior, eran “tócame, utilízame, pero no me mires mucho”. 
Estas están para ser usadas, sobadas, vividas y además exhibidas: la 
tertulia, la velada, el visiteo, la recepción, la fecha forzada de recibi¬ 
miento, va a tener en la época romántica su auge dichoso”. 

Todas las modalidades de esta época tan plena de recuerdos, im¬ 
peró en Montevideo de m.anera absoluta, desde el mueble, las cos¬ 
tumbres, la decoración hasta el vestido. Todo el vivir ciudadano se 
subordinó a sus caprichos, y hoy se añora esos años con nostalgia, 
porque significó, en la vivienda montevideana, la incorporación a la 
vida burguesa de la ciudad de todas las comodidades, transplantadas 


-- 101 — 



de Europa al minuto, como las modas de hoy día, tan distintas por 
cierto a las de entonces. 

Quedan muchos ejemplares en los viejos hogares montevideanos 
de este existir venturoso, auténticos como ninguno, sobrios, casi todos 
de empaque señorial, discreto e íntimo, cómodos, donde el arte está 
presente de manera tan velada como positiva. ¿Qué diferencia con la 
suntuosidad aparatosa y un tanto pueril de los estilos creados a base 
de la talla dorada y las aplicaciones de bronce tratadas al mercurio? 
Todo ido como las antiquísimas cajas de rapé, de carey, plata, oro y 
esmalte, las pastilleras femeninas con similares materiales construidas, 
los esencieros de las bellas —y de las feas— en que, al exterior, los 
orfebres de esos años desparramaban buen gusto, habilidad y fantasía 
en oro y plata, en carey, solo o incrustados de nácar o de metal y 
en decoradas porcelanas primorosamente tratadas por los pintores. 
Eran los tiempos en que redondos sombreros de entrecasa, con borla 
pendientes o sin ella, todo suntuosamente bordado, cubría, a veces, en la 
más recoleta intimidad, las cabezas calvas de los jefes del hogar o de 
les abuelos: en que los pies de los ancianos, sentados en amplios y 
acogedores butacones, se enfundaban en los días de invierno en 
confortables calentadores fabricados a base de pieles que forraban el 
interior, y que cubrían las rodillas o de mullidos endredones de tutela 
efectiva. Toda una inmensa cantidad de adminículos contraídos a la 
mayor comodidad del hogar se distribuía por los amplios recintos, sin 
olvidar las clásicas “mecedoras’' en que mesuradamente se balancea¬ 
ban los mayores o en las que, amorosamente acunaban las madres a 
sus bebés; sin olvidar los “pajes"’ que los barbados usaban, mirán¬ 
dose en sus balanceadores espejos al resurarse día tras día, con su 
clásico cajoncito donde se guardaban navajas, jabones y cosméticos 
utilizados para mantener erguidos los bigotes, previamente tratados 
con las torturantes “bigoteras’’ de los Don Juanes de otrora. . . 


Con lo dicho he tratado de dar, desgraciadamente en manera 
por demás precaria, una visión externa e interna de nuestra vivienda, 
trayendo a colación lo visto en el exterior que puede tener relación con 
el tema, así como una por demás somera perspectiva bibliográfica, 
respecto a los tópicos abordados, de forma de habilitar su conocimiento 


— 102 — 



con un horizonte amplio, con un dominio mayor, lo que completará 
con una segunda parte. 

No se me oculta que para intentar que la visión sea más total 
en la materialidad del recuerdo del pasado del hogar montevideano, 
faltan otras pinceladas matrices al cuadro retrospectivo que intento 
hacer, cosa que ambiciono colocar en sucesivos aportes en que trataré, 
el vestido, los objetos accesorios, las armas, el trasporte, las costumbres, 
y los demás detalles propios de evocaciones de esta naturaleza, lo más 
ilustrada posible. 

Pero adelanto que es un esbozo, amplio sin duda, pero fragmen¬ 
tario. Las reminiscencias que ahora ensayo, es la obra de varios años 
de labor, de manera que este es un primer paso, demasiado ambi¬ 
cioso quizá, pero imprescindible para que la tradición y la vida ciu¬ 
dadana del país en su pasado en la urbe no se pierda, se evoque al 
unísono de los temas políticos y militares que es una parte importante 
de la historia, pero que no es toda, premisa que sentara al principio, 
tarea que la proseguirán otros con más tiempo y más capacitación. 


Horacio Arredondo, 




DOCUMENTACION GRAFICA 


ARQUITECTURA 




Primera representación gráfica de la casa de ladrillos montevideana, aislada, 
—junto con el matadero y el pisadero de barro— impresa en Londres en 
1799 y 1800 en la obra de William Gregory “A visible Display of Divine 
Providence”, etc. 



Primera representación gráfica del rancho. Estancia ‘'San Pedro” —hoy Co¬ 
lonia— Acuarela de E. E. Vidal, grabada en Londres en 1820 por R. Acker- 
mann. (En “Picturesque illustrations of Buenos Ayres and Montevideo”, etc.) 

(Iconoteca H. Arredondo). 










Casa primitiva dcl tiempo de la dominación española, calle Camacuá, dibujo 
de Masquelez. Litografía de 1892. 

Publicada por la Comisión conmemorativa del IV descubrimiento de Ame¬ 
rica en el número '‘Montevideo-Colón”. 



Portada principal do la ‘‘Cindadela ' 
Dibujo d(‘ Masquelez. Litografía de 1892. 


(Idem). 


































“Iglesia de San Francisco' . 1764 (demolida), dibujo do Mascjuelez, 
publicado en 1892. 

(Idem). 





“Primer molino de viento que se construyó en el país. Montevideo. 1823. 
Se ven sus ruinas en el camino de la Unión". Dibujo de Masquelez 

de 1892. 


(Idem). 


















La capilla de la Caridad a principios del siglo pasado. 
Acuarela de Leonie Mathis de Villar. (Col. H. Arredondo) 



La Catedral al comienzo de la pagada centuria. 

Acuarela de Leonie Mathis de Villar. (Col. H. Arredondo) 






Ituzaingó entre 25 de Mayo y Cerrito. Oleo de Juan Carlos Montero. 

(Museo y A. H. Municipal) 


Wáshington entre Colón y Pérez Castellano. Oleo de Juan Carlos Montero. 

(Museo y A. H. Municipal) 














CONSTRUCCIONES RURALES SUMARIAS 



Habitación mínima, accidental, que inveteradamente levantan, siguiendo 
depurada tradición, jornaleros y “mensuales”: Monteadores, carboneros, 
alambradores. Se suele nombrar “aripuca” —río grandísimo— en algunos 
sectores de la frontera del Este. 

(Foto Arredondo de 1905) 



Tipo de rancho de ramas, embarrado y encalado, de vieja tradición. Posta de 
Cal en la serranía de José Ignacio, en el antiguo camino nacional 

San Carlos - Rocha. 


(Foto Arredondo de 1905) 









Antigua estancia en Vichadero (Rivera). Obsérvese cierta analogía en techo 
y baranda, con la acuarela de Vidal de 1821 de la similar en San Pedro 

(Colonia) (Foto Arredondo). 



Costumbres rioplatenscs. Interior de la habitación gaucha, 
acuarela de Juan León Palliére. 1862. 



COSTUMBRES RIOPLATENSES 



Acuarelas de Juan León Palliére. El gaucho en la intimidad. 

Fotos tomadas de los originales que pertenecieron a la Sra. María Luisa Morales de Quartino 



CASA DE LOS MARFETAN EN SANTO DOMINGO SORIANO 



Frente Este. Edificio de mediados del XVIII al que so lo ha raído 
totalmente ol re\'oquo. 

(Foto Arredondo do 1925) 



Perfil del frente Norte que muestra las rejas voladas y las largas gárgolas 
por la que desaguaba la azotea sostenida por tirantería de palma paraguaya. 

(Foto Arredondo de 1925) 






CASA DK LOS AíARFI-yrAN 




Chimenea de la cocina hace años derruida, cuya duplica, exterior e interior, 
se realizó al reconstruir la similar —también totalmente destruida— de la 
(asa di(‘cioches('a de Juan de Narbona en las Viboras. 

(Foto Arredondo de 1925) 


Patio intc'rior también con las paredes al desnudo por la caida de los revoques. 

(Foto Arredondo de 1925) 



CAPILLA DE LA CALERA DE LAS HUERFANAS (Colonia) 



Construcción dcl siglo XVIII antes de su con:olidación. 

(Foto Arredondo) 



Bocas de los dos hornos de la calera explotados durante la centuria XVIII. 

(Foto Arredondo) 






Magnífico ejemplar de cama colectiva, estilo Tudor, tipo usado en 
Inglaterra de 1500 a 1600 tanto por las más modestas como por las 
más altas clases sociales. Museo Victoria y Alberto, Londres, citada 
en el texto, pág. 29 



Casa de los Artigas, en el Sauce (Canelones) antes de la mala restauración, 
donde según una versión, y al parecer infundada, de 1894, el prócer nació. 

(Foto de La Alborada, 1902) 











“NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS", estancia jesuítica, 
barra dcl Arias en el Santa Lucía. (Florida). 



Al extrañamiento de los jesuítas ( 1767) y en la \’enta forzosa de sus bienes, la 
adquirió Tomás García de Zúñiga quien también siguió explotando la calera 
anexa. En la Cisplatina fue recompensado por sus servicios al Imperio con el 
título nobiliario de Barón de la Calera. 

(Foto Arredondo de 1926) 



Carpintería y herrería de algunas aberturas (Siglo XVIII) 

(Foto Arredondo de 1926) 






“NUESTRA SEÑORA DE EOS DESAMPARADOS” 



Corredor orientado hacia S. E. que muestra la media agua original sostenida 
por tirantería de palmas paraguayas. 

(I'oto Dr. C. Basabe Castellanos de 1957). 



Extremo del mismo corredor visto do frente con la media agua alterada, 
entro otras cosas por el cambio de la teja por el zinc. 

(Foto Dr. C. Basabe Castellanos de 1957). 








CHACRA DE SANTA COLOMA EN QLTLMES (Buenos Aires) 



Obsérvese la analogía con el corredor de la de Zúñiga. (En esta chacra pernoctó 
el general Whitelocke antes de atacar Buenos Aires en 1807). 



Restos del palomar de la histórica casona. Detalle de la instalación 
de la costumbre rioplatense de fines del XIX sobre cría de palomas 
buscada como ave de mesa, fuera del tipo común, circular. 





PALOMAR EN LA ANTIGUA CHACRA DE CAVIA EN LAS TRES CRUCES 




Al exterior y al interior. Oleos de Juan Carlos Montero Zorrilla. 

(Museo y A. H. Municipal). 




CONSTRUCCIONES HISPANAS 



Portada dcl histórico cuartel de Dragones de Maldonado, que proyecta res¬ 
taurar la Comisión Nacional de Monumentos Históricos. 

(Foto Arredondo de 11)40) 


LA FORTALEZA DEL CERRO AL TERMINO DE SU RESTAURACION 



Aspecto general con la ubicación de las dos más viejas placas que presenta 
y los detalles de la “Casa del Vigía” marcadas sus extremos las esquinas 
y mostrando dinteles y jambas de sus aberturas, todo en sillería; núcleo 
aquitectónico en cuyo derredor, posteriormente, se levantó el fuerte. 

(Foto Arredondo) 



EPIGRAFIA ILUSTRATIVA DE LAS VICISITUDES ARQUITECTONICAS 
DE I.A FORTALEZA EN SU SIGLO Y MEDIO DE VIDA 



Inscripción en piedra pro\’eni('nte d('l coniien/o d(' la constrinción 
por España, en 1801, del edific io d('I Faro. 



Idem de las reformas del fuerte de 1882. Estas dos inscripciones sa¬ 
lieron a luz, la primera al picarse el revoque que ocultaba el dintel 
de la puerta, y, la otra, semi oculta por la galería de madera colo¬ 
cada en el frente S. E. para protección del viento que se eliminó. 



Idem, placa de bronce, de la restauración definitiva del fuerte termi¬ 
nada en 1930. Aquel fue proyectado en 1808 y ejecutado en 1809-1811 

(Fotos Arredondo) 


















Casa de la chacra de Berro —padre del ex-presidente don Bernardo,— 
puntas del arroyo Manga, de principios del XIX mostrando al exterior, 
la chimenea de la cocina y el reloj de sol colocados en un ángulo esqui¬ 
nero, hoy en el Museo Municipal, donación de Alejandro Gallinal. 

(Foto Arredondo de 1925) 



Casa colonial de la estancia de Esteban Artigas, alterada, hoy del todo, 
pero subsistente en el camino a Maldonado, 300 mts. adelante, mano dere¬ 
cha del puente sobre el Manga, originariamente (arroyo) de los Artigas. 
(Puede observarse el palomar —la línea puntuada— en la cornisa superior). 

(Foto Arredondo de 1904) 





CONSTRUCCIONES DE LA EPOCA HISPANA 



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Casa fortificada que fue de la estancia del general de la Llana, 
en el camino Aiguá - San Carlos. (Maldonado) 



Muestra de la actual adaptación a casa de campo del Sr. Campomar, pudién¬ 
dose observarse las aspilleras de la azotea, a la derecha, iguales a las del 
“tambor” bien visibles a la izquierda. 

(Foto Arredondo) 



El parapeto de la azotea aspillado visto desde la misma. Es construcción que 
debe provenir de 1840 a 1850 o de fecha muy inmediata. 

(Foto Arredondo) 




Casa - Comercio fortificada en Cerro Largo 



Paso de la Tía Lucía del arroyo Frayle Muerto. (Tiene más aspilleras 
accidentalmente tapiadas por el reclame del jabón Bao). 

(Foto Arredondo) 



Edificio que ocupó oficinas del Gobierno de Oribe, en el Buceo, 
Guerra Grande. 


(Foto Arredondo) 





Ccnstrucción rural mitad colonial, mitad fines XIX. 









Trentb oe i .as casas de la EsrAÑCiA úelSr, Don dosé Horacio Arredondo, 

EL AUTí<SUO CAMfNO Real entonces PE LAS tropas 
Í ''LASPfEORiTAS'* PAmO-CANELONES. t905 -J907. , . 


ÑtNCÓN DEL PATfO CON LA ANTfGUA CONSTRUCCfON, 
PRfMfTtVA CONSTRUCCfÓN PE LA estancia ^ 


Se conservaban en 1904, año de la foto base de este dibujo, la carpintería 
primitiva de las aberturas, de tableros a cuarterones, no así el techo sustituida 
la vieja teja por la del tipo francés. (Camino de las Tropas Toledo-Pando) 

(Iconoteca H. Arredondo) 
















Los pueblos de la antigua jurisdicción montevideana y su edificación. 
Muestra de los d? Maldonado. 



Calle de 18 de Julio en 1890, en San Carlos, mostrando la edificación 


predominante en la época. 

(Foto de la Escuela de Arte; y Oficios: atención del Oral. .Aníbal Pérez) 



Casa típica de San Fernando de Maldonado, posiblemente levantada 
de 1835 a 1855. 


(Foto Arredondo) 









Paso de la Cadena del arroyo Toledo. (Límite de Montevideo y Canelones, en el actual camino del Andaluz). 




En este edificio pulpería del Andaluz se cobraba el peaje que oblaban quienes Edificio de piedra pudiéndose ver la abertura por donde pasaba la cadena y 

utilizaban la vieja calzada —hoy hay puente— de piedra construida sobre el mostrador enrejado pues era, a la vez, “pulpería conocida por 

del Toledo. del Andaluz probable nacionalidad del usufructuario. Muestra detalles inspi- 

(Foto Arredondo de 1906) rados en casa que fuera de la reina demente española Juana la Loca. (Suce¬ 
sión Dr. Juan José Amézaga). Arredondo). 









Interior de la “pulpería"’ de Talcón, de 1856, posta del camino Monte- 
video-Melo, en lllescas (Florida). Obsérvese las aplicaciones de tierra 
cocida —costumbre toscana, región de donde provenía Falcón— que 
flanquean la ventana de la planta alta. 

(Foto Arredondo) 



Sistema de ventilación de galpones rurales — abertura triangular formada por 
tres ladrillos, común en los servicios higiénicos aislados. Existe en la “char¬ 
queada” de Avila, de aquella le viene el nombre al lugar — sobre el río Ce- 
bollatí. (Treinta y Tres) hoy en la sucesión del Dr. A. Valiño y Sueiro. 

(Foto Arredondo) 




VIEJAS PULPERIAS DE REJAS 



Pulpería en Puntas de Godoy (Lavalleja). 

(Foto H. Arredondo de 1935) 



Pórtico de la pulpería de Falcón en Illescas sobre el antiguo camino nacional 
Montevideo-Melo. La placa de mármol luce la fecha de 1856. 

(Foto H. Arredondo de 1936) 



Ingenuas pinturas —azul sobre blanco— a ambos lados del pórtico de la 
pulpería de Godoy (Lavalleja) 




Barco a vapor y a vela. Rústico balbuceo artístico de un marino desertor 

(Foto Arredondo de 1935) 



PULPERIAS ANTIGUAS CON REJA 




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ANTIGUAS PULPERIAS SIN REJAS 



Pulpería en Illescas en el camino nacional Montevideo - Nico Pérez - Meló. 

(Foto H. Arredondo de 1936) 



Pulpería de Rebolcdo en el camino nacional Montevideo-Casupá-Cerro Colorado. 

(Foto H. Arredondo de 1935) 


OLEOS DE JOSE CUNEO 



Edificios de una chacra de Maldonado de mediados del siglo pasado 

(Col. H. Arredondo) 



Edificios de una chacra de Maldonado de mediados del siglo pasado 

(Col. H. Arredondo) 


Datas de construcción. 



^ETDE mavo 4.2.8 


Dib. do P. Füssoy. 


Ca a de Montero, 25 de Mayo einre Misiones y Zabala, hoy Sección del 
Museo Histórico Nacional. í El recuadro de la portada, incluso chambranas, 

(‘n mármol blanco). 

(Museo y A. H. Municipal). 

























































































































































EDIFICIOS MONTEVIDEANOS CON 
FECHAS INDICADORAS 
DE CONSTRUCCION. 


Dibujos do Pierio Fossey 


Casa de renta de Juan María Pérez, 
Sarandí entre Juncal y Bacacay, lleva en 
el balcón superior la indicación de 1842. 



Lleva en lo alto do la fachada sobre* Cindadela h'yenda que figura en el 
dibujo de P. I'ossey: 1836-18bH. 

(Museo y A. H. Municipal). 
































































































ANTIGUAS ESTANCIAS 



Frente principal de '‘La Concordia’', adquirida en 1863 por los señores 
Franges. Abarcaba 24.000 hectáreas sobre la margen izquierda del río Uruguav 
entre los pueblos de Dolores y Nueva Palmira. 

(Foto Arredondo) 



Fieme posterior. Unas diez mil hectáreas fueron destinadas a la agricultura 
parceladas por el Instituto de Colonización en 1929. Una fracción de 93 lo 
fue a Escuela Agraria por la Universidad del Trabajo en 1949 donde está 

el presentí' edificio. 


(Foto Arredondo) 






Tipo de casa quinta con verja y puerta cochera a los costados, frente a la 
calle, bastante común por 1900 en la periferia de la entonces ciudad nueva. 
De José Horacio Arredondo, levantada en 1897 en Garibaldi entre 8 de 
Octubre y Monte Caseros (demolida). 

(Foto .Arredondo) 


Casa de principios de la segunda mitad del XIX, techo a dos aguas de teja 
francesa adornada con piñas de tierra cocida, probablemente de origen italiano 
(Toscano). Monte Caseros entrt* Garibaldi y Cibils, vista tomada desde el te¬ 
rraplén de la vía férrea que entonces unía la estación Central con la del 
Manga, vía Cordón, Unión. 

(Foto Arredondo de 1904) 













ANTIGUAS CASONAS MONTEVIDEANAS 



Ccrrito y Maciol. Acuarela de P. Fossey. 

(Museo y A. H. Municipal). 



Guaraní v \Váshington. Acuarela de P. Fossey 

(Museo y A. H. Municipal). 


























Tipo de casa quinta con verja y puerta cochera a los costados, frente a la 
calle, bastante común por 1900 en la periferia de la entonces ciudad nueva. 
De José Horacio Arredondo, levantada en 1897 en Garibaldi entre 8 de 
Octubre y Monte Caseros (demolida). 

(Foto .Arredondo) 



Casa de principios de la segunda mitad del XIX, techo a dos aguas de teja 
francesa adornada con piñas de tierra cocida, probablemente de origen italiano 
(Toscano). Monte Caseros entre’ Caribaldi y Cibils, vista tomada desde el te¬ 
rraplén de la vía férrea que entonces unía la estación Central con la del 
Manga, \’ía Cordón, Unión. 

(Foto Arredondo de 1904j 










ANTIGUAS CASONAS MONTKVTDEANAS 



Ccrrito y Maciol. Acuarela de P. Fossey. 

(Museo y A. H. Municipal). 



Guaraní y Washington. Acuarela de P. Fossey 

(Museo y A. H. Municipal). 





























25 do Agosto c Ituzaingó. Acuarela de Fierre Fosscy 

(Museo y A. H. Municipal). 



Fachada de Musco Romántico de Madrid, Palacio del siglo XVIII 
Obsérvese la analogía de la balconada y rejas con las de nuestro Cabildo. 




















































Angulo del edificio del Hospital de Caridad, según un grabado de 1883 de la 
Escuela de Artes y Oficios. 

(La Ilustración Uruguaya). 



Cocinas del Hospital de Caridad. Acuarela de P. Fossey. (Un fuerte paren- 
tezco emerge de este recinto con lo típico similar de un Convento Castellano) 

(Museo y A. H. Municipal). 


















El actual edificio de la Universidad del Trabajo en la calle San Salvador 
cuando se comenzó a construir, 1884, para la Escuela de Artes y Oficios. 

(La Ilustración Uruguaya, grabado de época de este establecimiento). 



El Asilo de Expósitos y Huérfanos en 1883. 

(La Ilustración Uruguaya, grabado de la Escuela de Artes y Oficios). 








Edificio construido durante la Administración cicl Oral. Santos por el Sr. Jai¬ 
me Mayol en la manzana de San Salvador —Estanzuela— Minas y Magalla- 
ne, hoy Universidad del Trabajo. 

(La Ilustración Uruguaya) 



El teatro Solís inaugurado en 1856 antes de su última reforma en que fue¬ 
ron eliminados los cimborrios de las alas laterales que no figuraban en el 
plano primitivo del arq. Garmendia de 1841. 

(La Ilustración Uruguaya) 




















Esquina de Pérez Castellano y Yacaré. Acuarela de Guillermo Bazzoni 

(Museo y A. H. Municipal) 


Depósitos de la Aduana montevideana, Administración Santos. Acuarela de 

Guillermo Bazzoni. 

(Museo y A. H. Municipal) 










Proyectos de frentes y secciones de la Escuela Normal —Colonia y Cuareim— ejecutados en la época, sin modificacio¬ 
nes en el día. La sección que da a la rinconada de la Plaza Libertad la ocupa el Museo y la Biblioteca Pedagógica. 
(Grabado de la E. de A. y Oficios, publicado en su revista con motivo de la colocación de la piedra fundamental el 

19 de Abril de 1884). 

(La Ilustración Uruguaya). 






















































































































La casona do don Antonio Lussich cuando cnipc/.ó a realizar el parque 
forestal de Punta Ballena. 

(Foto de La Alborada de 1902) 



Torre de la antigua chacra de Sánchez Viamontc, antes del Dr. Manuel 
Herrera y Obes, que, al sanear su título la bautizó “La Redención’’, como 
se ve en el grabado, denominación que pasó al camino frontero, abolida hace 
poco. 

(Foto Arredondo). 




Los festejos del 25 de Agosto de 1902 



El edificio dcl Cabildo iluminado a gas. 

(Foto de La Alborada) 



La función de gala en el teatro Solís 

(Foto de La Alborada) 






Quinta clol general Juan An'onio Lavalleja, en la falda oeste del Cerrito. 
(Parcelado el predio aún subsiste la casa muy modificada). 

(La Alborada 1902) 



La “azotea del padre Alonso”, posta colon'al de diligencia en camino Mon- 
tevideo-Melo, a fines del XVIIL Sobre el dintel principal luce la fecha, 
en piedra, de 1820 (Arroyo Fraile Muerto, Cerro Largo). 

(Foto de La Alborada de 1904) 





CASAS DE ESTANCIAS DE PRINCIPIOS DEL XX 



Estancia dcl coronel José María Painpillón (arroyo de la Virgen, Florida) 

(La Alborada Marzo 16 de 1902) 



Estancia de Guillermo Pede, en Guaycurú (San José) mostrando el 
tipo clásico de disposición de edificios de fines del XIX. 

(La Alborada 1902). 




CASAS DE DEPARTAMENTOS 



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Almacén de “Los mil yuyos” (preparados en caña), Larrañaga y Cubo 
del Norte, (Atahualpa). Acuarela de Marcos Fainstein 

(Museo y A. H. Municipal) 



La Aduana de Oribe en la playa del Buceo, lugar de comunicación al exterior 
del ejército sitiador de Montevideo durante la Guerra Grande. Témpora 

de Roberto Castellanos. 

(Museo y A. H. Municipal) 





Lü-spital italiano, en parte realizado, en el cruce del boulevar Artigas y avenida 8 de Octubre. 

(Grabado de la Escuela de A. y Oficios. 1884. La Ilustración Uruguaya). 










Quinta de Berro, después, y desde hace largos años, sede de la representación 
diplomática argentina, habiéndolo sido antes de la francesa. 

(Grabado de la locuela de A. y Oficios de 1881 j 



El Asilo de mendigos en 1883, grabado por el Sr. Arduino, del personal 
docente de la Escuela de Artes v Oficios. 























Casa de pescadores inmediata a la playa Mansa, Punta del Este, a principios 
del siglo (hoy ciudad). Oleo del pintor húngaro L. Nagy. 

(Col. H. Arredondo) 



‘‘Vendedora de naranjas mitad siglo pasado” (Brecha, al fondo el templo 
Inglés en su primiti\’a ubicación). Oleo de autor desconocido. 

(M. y A. H. Municipal) 






Cliiareini ciilre (Bolonia y Mercedes. Oleo de Juan Carlos 
Montero Zorrilla. 

(Museo y A. H. Municipal) 



Zabala esquina Reconquista. Oleo de Hermann Meisner. 

(Museo y A. H. Municipal) 







La actual Casa de Gobierno antes de las grandes refaccionen efectuadas en su 
interior (originalmente edificio para renta con dos departamentos por piso), 
cuando tenía casi a su frente el monumento a Joaquín Suárez, actualmente en 
de Agraciada en el solar que ocupaba la casa del patricio. 



El histórico edificio del Cabildo, hoy sede del Museo y Archivo Histórico Mu¬ 
nicipal, con el escudo nacional —trasparente en colores a gas iluminado— que 
ostentaba al frente cuando lo ocupaba la Representación Nacional. 

































Quinta de José María Márquez construida por el arq. Juan Tossi en 1888 en 
San José y Paraguay. Subsiste el edificio. 



Villa residencial levantada en Colón por Juan Idiarte Borda por el 1900 

en el camino Lezica. 








^ por don Clodomiro de Arteaga Residencia particular construida en 18 de 

^ Julio, luego del Dr. O. Crispo Julio y Daymán en 1896 por el arq. Bloiz, 

Brandis, hoy escuela pública. fallecido en una caída en dicha obra. 























Villa Sara, residencia veraniega de propiedad de don Clodomiro do Arteaga 
en Pocitos, en 1897, levantada por el constructor Sr. Botinelli, actualmente 
alterada principalmente en ampliaciones. 



Casa-quinta de Starico construida en el camino Burgués por el arq. Antonio 
M. Seguí a principios de siglo, estilo art noveau. 








Quinta de Rubio, 8 do Octubre 333 —hoy demolida— primer edificio 
construido en 1899 por el arq. Emilio Boix, de estilo semi árabe. 



Edificio construido en 1895 por el arq. Carlos Ccsccino por orden de Clodomiro 
de Arteaga en 8 de Octubre y Presidente Berro, adquirido por el Gobierno para 
Parque Nacional a principio del siglo. 

























Edificio construido para el Banco Inglés en 25 de Mayo y Zabala por el 
Ing. Luis Andreoni, luego del Banco Español, alojando sucesivamente, en la 
planta alta distintas oficinas públicas. 



Casas de renta conocidas por de Vilaró, en 25 de Mayo y Juncal, comenzadas 
por el arq. Emilio Boix, terminadas por Boix y Raffo. 
















Casa clc’ la quinta ele Hugues (demolida) — Agraciada y Cuistro, inmediata 
al lugar que oc upa el monumento a “La diligenc ia" de Belloni. 



1 ipo dc' c orrc'dor c ubierto f|U(‘ ponía cmi c omuiiieacicSn las habitaciones de 
servicio de esta quinta con c‘l edific io principal, dispositivo arquitectónico 
que también tenía la traslindera quinta de Sierra, hoy secc ión de Arquitectura 
del Museo. (Museo y A. H. Municipal). 









UNA ESTANCIA DE PRINCIPIOS DEL SIGLO 



“Santa Clara” de Alejandro Gallinal Hebert (Florida) construido en 1904. 
Arquitecto Joaquín Uranga. 

(Foto Arredondo) 



Frente con el portón de entrada de la verja que circunda el cuerpo principal, 
verja de un desarrollo perimetral de 700 metros. 

(Foto Dr. Gallinal) 






















Edificios de una chacra en el Buceo de fines del XIX. 

Oleo de Carlos Roberto Rúfalo. 

(Col. H. Arredondo) 



Edificios de chacra dcl 1900, inmediaciones de La Paz. Oleo de Alfredo Sellazo. 

(Col. H. Arredondo) 







Entrada dcl Mercado Central sobre la calle Reconquista. 

Acuarela de Roberto Carino. (Museo y A. H. Municipal) 



Torre de agua de la diacra de Costa conocida por ‘‘Molino" en la barriada 
sita entre la Unión y Maroñas. Oleo de Zoma Baitler. 

(Museo y A. H. Municipal) 




Camino que dejó la desaparecida \ía férrea Central-Cordón Unión-Manga 
al cruzar bajo la calle Sierra. Oleo de Eugenio fVldman VVagner. 

(Museo y A. H. Municipal) 



Caballeriza y cochera de Carlos de Castro, pabellón suizo en su quinta 
—hoy demolidos sus edificios— de Castro y Millán. 

Oleo de Elia Laporte de Rivierc. (Museo y A. H. Municipal) 





Portada del Mercado Central hacia la calle Soriano. 

Tempera de Roberto Castellanos. (Musco y A. II. Municipal) 



El hotel .sobre la playa de los Pocitos poco antes de su demolición. 
Oleo de César Pesce Castro (Museo y A. H. Municipal) 









Cerro Largo y Juncal. Oleo de Andrés Fcldman. La torre de San Francisco antes de su última reparación. 

Oleo de Zoma Baitler. 

(Musco y i\. H. Municipal) 





La apertura de la avc'nida Agraciada a la altura de Galicia y La Pa/ 
—1943-44—. Oleo de Zoma Baitler. (Museo y A. H. Municipal) 



El ensanche de la rambla de los Pocitos a la altura de Pereira. 

Oleo d(‘ Zoma Baitler. 

(M useo \ /\. I i. M u n i c i pa 1). 





Puente sobre el antiguo paso del Molino del arroyo Miguelete —hoy 
a\’enida Agraciada—. Oleo de Willy Marchand. 

(Museo y A. H. Municipal) 



Instalaciones de la C'onipañía de Gas y Dique Maná, conjunto tomado desde 
la Rambla. Oleo de Zoma Baitler. 

(Museo y A. H. Municipal) 





Callejuela, al fondo la Iglesia del Reducto. Oleo de Zoma Baitler. 

(Museo y A. H. Municipal). 







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AMOBLADO 



EL AMOBLADO Y SUS RAICES PENINSULARES: MOBILIARIO REAL 



Típico carolino. Dormitorio de la reina en Aranjuez (España) 



Típico portugués: Palacio de Pena, Cintra, Portugal 
Dormitorio de la reina Amelia 










ARANJUEZ 



Gabinete de la reina 



Tocador de la reina 













MUEBLES HISTORICOS 



Sillón de las Asambleas de San José, al parecer también de la Elorida, con 
el relieve del sol naciente, símbolo de la libertad, en lo alto del respaldo. 
(Existían varios en la sacristía de la iglesia de 
Santa Lucía hace 40 años). 

(Eoto Arredondo) 



Cómoda donde en la vecina orilla se guardaron los dineros para sufragar los 
gastos de la expedición de los Treinta y Tres, entonces en poder de 

la familia Trápani 

(“La Alborada” Abril de 1902) 




EL AMOBLADO OFICIAL 



Mesa del Consejo de Ministros en la Casa de Gobierno, administración Santos. 
(Grabado de la Escuela de Artes y Oficios de 1883. I.a Ilustración Uruguaya). 











Sillón frailero citado en el texto 
(Museo y A. H. Municipal: Col. A. Rosscll y Rius) 



Cama con lo.s dos tableros esculturados en todas sus caras (citada en el texto) 

del Gral. Brito del Pino 





Lavatorio y armario de la cama antecedente (también en negro) que perteneció al 
General Brito del Pino. (M. y A. H. Municipal) 







Cama ele pabellón de dos plazas, que perteneció al Tte. Gral. Máximo Tajes 
tratada en jacarandá (color natural). (M. y A. H. Municipal) 


















Tocador y lavatorio dcl dormitorio dcl General Tajes 

(Museo y A. H. Municipal) 









Mesa de luz del dormitorio del Oral. Tajes Mesa de luz del dormitorio del Gral. Brito del Pino (en negro) 

(M. y A. H. Municipal) 




Armario dcl dormitorio dcl Ttc. Gral. Pianoforte fabricado en Hamburgo por 

Máximo Tajes Baumgardten & Hcins (Caja en caoba) 

(M. y A. H. Municipal) (M. y A. H. Municipal) 






PIANOS VERTICALES 



Piano hamburgués fabricado por H. Kohl. (Caja en caoba) 
M. y A. H. Municipal) 



Piano Klcinjaspcr fabricado (n Paris (Caja en caoba) 
(M. y A. H. Municipal) 



PIANOS DE MESA 



Piano hamburgués de George Joachim Heyn (Caja en pluma de caoba) 
(M. y A. H. Municipal) 



Piano fabricado en Paris principios del XIX, tratado en madera teñida 
de negro. (M. y A. H. Municipal) 




Mesa española con tensores de hierro (siglo XVIII) Col. A. Rossell y Rius 

(M. y A. H. Municipal) 



Idem. El dintel con taraceado en madera y hueso. Col. A. Rossell y Rius 

(M. y A. H.Municipal) 








Bargueño (español, cerrado y abierto,) con aplicaciones de hierro al exterior y cajonería 
con taraceado de hueso. Siglo XVIII. Col. A. Rossell y Rius 

(Museo y A. H. Municipal) 








Bargueño español siglo XVIII, cerrado y abierto. Col. A. Rossell y Rius 
(Musco y A. H. Municipal) 












Bargueño esculturado también con pie de puente. (Siglo XVIII) 
Col. A. Rossell y Rius (Museo y A. H. Municipal) 



Cómoda taraceada, principios del XIX, últimamente perteneció al 
constituyente Turreiro (M. y A. H. Municipal). 










Antiguo cofre esculturado con aplicaciones de piedra de color. 
Col. A. Rossell y Rius. (Museo y A. H. Municipal) 



Cama Imperio en caoba con aplicaciones de bronce Col. A. Rossell y Rius. 
(Museo y A. H. Municipal) 





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Ti¡x)s de sofaés de fines del XVIII tratados en caoba 
(M. y A. H. Municipal) 




Escritorio portátil rn caoba con aplicaciones ele bronce 



Cofre en caoba 



Escritorio portátil en marquctcric 
(Museo y A. H. Municipal) 









Sillón portugués en roble, perillas y cla\os ele broncí', Uno de los sillones de la Asamblea Nacional 

cuero repujado ejecutados en la administración Santos 

(Museo y A. H. Municipal) 



Cama de dos plazas, en caoba con aplicaciones de bronce. Col. Rossell y Rius 

(Museo y A. H. Municipal) 








Biblioteca-vitrina en caoba que perteneció Cómoda escritorio en caoba 

al General F. Rivera 

(Museo y A. H. Municipal) 




Mesas 


centrales cié 
(M. y A. 


sala, período Romántico 
H. Municipal) 


MOBILIARIO OFICIAL 




Mesas de la Presidencia y Secretaría de la Asamblea Representativa de 
Montevideo, creada por la Constitución de 1917 
(M. y A. H. Municipal) 











Sillones correspondientes a las mesas de Presidente y Secretario de la Asamblea 
Representativa de Montevideo de 1917. (M. y A. H. Municipal) 




Pequeños tocadores portátiles (se colocaban sobre cómodas por lo general), tratados 
en caoba. (M. y A. H. Municipal) 







Toilette francés tapizado en seda, capitonée 
Antiguo lavatorio ejecutado en caoba (^useo y A. H. Municipal) 










Tocador-cómoda en caoba 







Cama de una plaza Luis Felipe en caoba 
(M. y A. H. Municipal) 





Armario colonial fines del siglo XVIII 
(M. y A. H. Municipal) 































Armario Colonial, taraceado, fines del Siglo XVIII. (Ultimamente perteneció 
al constituyente Turreiro). (M. y A. H. Municipal). 




Armario Renacimiento en roble. Siglo XVIII Armario en pluma de caoba de mediados del siglo XIX 

(Musco y A. H. Municipal) 








Armario de tres cuerpos de pluma de caoba de planos curvados (bombee) 

(M. y A. H. Municipal) 




Armarios en caoba, siglo XIX 
(Musco y A. H. Municipal) 






Armario ele tres nuM pos clr 4.50 cir alto x 5.01 (!(' aiu lio, fiiir perteneció 
a la Sra. Teresa Mascaró ele Santos ( uvas inic iales (4'. S.), entrelazadas lucen 
los motivos qu(’ lo snrmontan. (La inusitada altura la explican los |:)ercheros 
de que está provisto donde sc' colocaban los trajc's femeninos de cola) 

M. y A. H. Municipal) 














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Cómoda-escritorio en caoba 
(Museo y A. H. Municipal) 



Cómoda de marqueterie y aplicaciones de nácar. Col. A. Rosscll y Rius 
(Museo y A. H. Municipal) 









Cómodas en caoba, principios del XIX 
(Museo y A. H. Municipal) 





Cómoda en caoba siglo XIX